CAPÍTULO VEINTICINCO Darius estaba de pie en la noche del desierto, con la luz iluminada por la luz de las antorchas y observaba con orgullo el mar de caras. Allí, desplegados ante él, había miles de antiguos esclavos, ahora hombres libres, no solo de su aldea sino de todas las aldeas próximas. En todas direcciones, rodeándolo, había más rostros de los que podía contar, todos mirando hacia él con esperanza. Su revolución se había extendido como el fuego, de una aldea de esclavos a la siguiente, ahora fuera de sus manos y expandiéndose por sí sola. Ahora no podía controlarla aunque lo quisiera. Los esclavos liberaban a los esclavos, las aldeas liberaban a las aldeas y estas, a su vez, liberaban a otras. Mataban a los capataces, se sublevaban por su libertad, juntando a más y más gente a su

