Chapter 1

1201 Palabras
Prefacio Queridísimos lectores, quiero agradeceros personalmente y por anticipado la atención que dedicaréis a la lectura de esta obra que la perspicaz pluma de monna1 Roberta ha sabido convertir en realidad. Quiero ser sincera, he vagado por el mundo durante muchos años, a la búsqueda de alguien que pudiese contar mi historia, la auténtica, sin dejarse influir por todas las calumnias que, a lo largo del tiempo, se han escrito sobre mí. Me encontré con Roberta en las orillas de mi amado Lago de Bolsena por casualidad, cuando ahora ya había abandonado la búsqueda de una pluma dotada de inteligencia y sensibilidad que la pudiesen mover. La primera vez creí que era un error, incrédula por el hecho de que finalmente había encontrado un alma afín a la mía. Nuestros encuentros, al principio casuales, poco a poco se intensificaron: a menudo sucedía que la veía con la mirada perdida en la Isola Bisentina, sobre cuyo polvo están dispersos mis restos mortales. De esta manera comencé a esperarla y a tener en cuenta sus visitas y caminatas. A veces se movía debajo de los contrafuertes de la fortaleza observándola de abajo arriba, a veces la he visto agacharse sobre las rocas de la Mergonara, atracadero de las embarcaciones de mi familia, hasta tener el calzado y los pies empapados, y mientras ella pensaba que estaba sola, yo escuchaba su corazón. Ha escrito varios textos: la primera novela, La larga sombra de un sueño, en gran medida ambientada precisamente en Capodimonte y en la Isola Bisentina, la segunda, que se titula Lazos, y la tercera que tiene por título Las confesiones de una concubina. La Bisentina y Capodimonte ligados a una concubina, o a una que el mundo ha creído tal… realmente no podía ser una casualidad, me repetía a menudo cada vez con mayor frecuencia. Su recorrido, sus pasos, parecían, inevitablemente, llevarla hasta mí: cuando luego, casi por diversión, ha escrito un relato sobre mi persona, y en concreto sobre mis disposiciones testamentarias, ganando premios literarios por doquier, comprendí, sin ninguna duda, que ella sería mi voz. Desde ese instante no me limité sólo a observarla, sino que la he conducido (o inducido) a repetir mis pasos: primero, en un lluvioso domingo de septiembre del Año del Señor de 2019, la he guiado hacia la que fue mi residencia en Bassanello, luego en octubre del mismo año, he hecho posible que se encontrase en Carbognano, precisamente en el único día en que los actuales dueños del Castillo permiten que se visite. Por aquellos días monna Roberta estudiaba con empeño los textos que tenían que ver conmigo y, cuando estuvo en mi última morada, estoy convencida de que consiguió comprender y asumió como suyo el mensaje que quería transmitir con los frescos que allí había hecho realizar. En esa ocasión puse en su camino a dos mujeres de Carbognano que la llevaron, a ella y a su amable consorte (un simpático muchacho que me recuerda mucho a mi segundo marido, Giovanni), por las calles del pueblo hasta la iglesia de Santa Maria della Concezione, mi iglesia. En diciembre, en ese mismo año de 2019, la he impelido para que intentase entrar en la Rocca di Capodimonte que me vio nacer: uno de los propietarios actuales, Ranieri Orlandi Brenciaglia, fue muy amable al atender su petición pero la citó al atardecer, así que, a causa de un sobrevenido (¡y fortuito!) dolor de cervicales, se vio obligada a declinar esa visita nocturna. La siguiente cita la llevó a cruzar el portón de la Rocca di Capodimonte en pleno día y a asomarse desde las ventanas y llenarse los ojos con aquella magnífica visión: estoy convencida de que ella percibió desde qué aberturas me asomaba más a menudo, ya que la vi demorarse en mi ventana preferida durante bastante tiempo. Luego contrató a su queridísima amiga y pintora Francesca Cragnolini di Udine para que ejecutase mi retrato, ya que alguien, durante esos años, se tomó la molestia de hacer desaparecer cualquier obra de arte que me representase: la pintora siguió con paciencia todas las indicaciones y las miles de correcciones que Roberta le pedía, y debo decir que estoy muy satisfecha con el resultado. Con Francesca primero y con Roberta después, me he divertido sonriendo o enfurruñándome usando el semblante del cuadro… Ya está, finalmente me siento amada y, como ya había sucedido en Carbognano, el amor más profundo y hermoso me lo regalaban otras dos mujeres. Pero, por desgracia, las personas que nos acompañan durante largos o breves tramos de nuestra vida no siempre están tan bien dispuestas: Algunos de mis semejantes, con los que me trataba frecuentemente, me hubieran plantado un puñal en la espalda tan pronto como hubieran tenido una oportunidad. Pero, si se es afortunado, se encuentran en el viaje terrenal mujeres de este tipo: solidarias, fuertes, que no conocen la envidia. He conseguido que Roberta se tropezase con madonna2 Felicita Menghini di Capodimonte, una mujer especial que ha hecho de mi familia el centro de su existencia. Luego la he puesto en el camino de madonna Patrizia Rosini da Roma, que perdió la vista y numerosos años para hallar todos los documentos supervivientes al paso del tiempo relacionados con mi tránsito por este mundo: la pobrecilla buscó mis huellas con ahínco y tenacidad en todos los archivos públicos y privados, hasta que, finalmente, fueron recogidas y salvadas del olvido y de la destrucción. Luego Roberta comenzó a escribir, pero debo decir que, después de todo aquel estudio, la veía cansada… Realmente tiene tantas obligaciones esta mujer menuda y explosiva, así que dejé que se tomase un respiro. Pero debo ser sincera, la paciencia nunca ha sido una de las dotes por las que sobresalía mi carácter. Así que al comienzo del Año del Señor de 2021 decidí despertar su pluma distraída por una infinidad de cosas. Una mañana de un domingo del mes de enero transmitían, en esa caja llamada televisor donde se pueden ver imágenes de todo tipo, una historia que tenía que ver conmigo, es más, se titulaba precisamente así, con mi mismo nombre… Giulia Farnese, la favorita del Papa Alessandro VI. Debo ser franca, ya aquel título me ponía muy nerviosa, luego cuando comenzaron a pasar las imágenes comprendí que, aparte de ser difamada ya en los primeros minutos, habían usado mi nombre sólo para captar la atención, para luego hablar de otra cosa… en ese momento ya no pude contener mi ira. Apagué aquel artilugio una, dos, tres veces: la primera vez el pobre Sergio, marido de madonna Roberta, que estaba sentado a su lado, la miró perplejo; la segunda le preguntó si había sido ella quien había puesto fin a la visión, y la tercera le dijo: «Querida, ésta es Giulia, ¿verdad?» Sí, era yo… Así que, después de aquella conmoción, Roberta retomó las riendas del manuscrito, que ya estaba casi a la mitad, desmontándolo completamente, casi con rabia, recomponiéndolo luego, parte por parte, con paciencia y enorme satisfacción. Le estoy profundamente agradecida por haber excavado entre miles y miles de palabras, por haber leído y conseguir ir más allá de las palabras, por haber escuchado lo que no podía oír, por haber devuelto la dignidad a mi alma que, finalmente libre del peso sombrío de la calumnia, podrá, ligera, abandonar este mundo e ir a la casa del Padre. Iulia Farnesia 1
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