Camilla Borgia El año nuevo, 1518, había llegado sin demasiado clamor mientras el rígido invierno articulaba los grises y cortos días. El cuidado y la venta de los cerdos y de los caballos, que Giulia desde su llegada a Carbognano había llevado hasta niveles antes impensables, iban viento en popa, empleando a buena parte de los habitantes del pequeño burgo. ¡Qué bonita fortuna...!, pensó ella, apoyando sobre la larga mesa del salón un elegante saquito de suave piel que guardaba cincuenta y cinco ducados que habían sido abonados por Marco Antonio Meloni de Corchiano. Se levantó del asiento, finalmente sola, y fue hacia la alta ventana del salón con la mirada vuelta hacia el valle que se extendía ante sus ojos, girando entre las manos la carta de compromiso de pago que Meloni le había deja

