Una flor cortada con una hoz Gregorio Bertoni, un hombre de aspecto malhumorado y pocas palabras, estaba al servicio de monna Giulia desde el día en que aquella mujer había puesto un pie en Carbognano. En primer lugar había aceptado el ser mandado por una domina, luego, con el pasar de las estaciones había podido conocer de primera mano las capacidades de aquella mujer menuda y decidida, que no abandonaba jamás una demanda interpuesta, un camino sin recorrer, una disputa sin solución. Es verdad, nunca había confesado a nadie estos pensamientos, ni siquiera a su mujer que la servía dentro del palacio, y que a menudo se enardecía en alabanzas por su señora: él la escuchaba callado y si la mujer no dejaba de parlotear y de preguntar qué pensaba él, resoplaba, y la charla acababa ahí. Pero

