Como si el mal humor de Emanuel no hubiera sido lo suficientemente grande, la llegada de aquellos extraños lo había hundido en el abismo del sarcasmo más irritante que alguna vez hubiera expresado. Estaba sentado a la mesa pero su mandíbula estaba tensa y sus ojos no podían dejar de estudiar a aquel hombre de cabello especialmente sedoso, con sonrisa eterna que hacía reír a Josie, a su Josie. No entendía el porqué pero no le gustaba que fuera otro el que curvara sus labios hacia arriba. De repente, sus bromas quedaron ridículas, sus comentarios perdieron ocurrencia y su forma de provocarla le pareció tonta. Josie se mostraba suelta, fresca y tan alegre como nunca antes la había visto. Su sonrisa se reflejaba en sus ojos como nunca antes la había visto y sus gestos lo llevaban a no qu

