Samira Me rehúso a moverme de mi lugar. El orgullo puede más y no quiero darle el gusto de llegar así como así y acabar con la diversión. La impotencia recorre cada fibra de mi cuerpo. ¿cómo se le ocurre insinuar semejante idiotez? Yo no ando por la vida dándole besos a cada hombre que se me atraviesa, además, si lo hice con Felipe fue porque de esta manera lo quise, lo desee y lo disfruté a decir verdad. —Samira, mi paciencia se está agotando —dice muy cerca de mí—, vámonos ya de este lugar. —Lo siento, pero yo no te pedí que vinieras —me planto de brazos cruzados mirándolo con altivez. Erick respira profundo mirándome con esos ojos dilatados, ya sea por la rabia o por el deseo de llevarme a su casa. Sus ojos me escudriñan, sopesa sus opciones y si es inteligente, sabe cuál le conviene

