Sus intensos ojos grisáceos me miran. Mentiría si dijera que no producen nada en mí. En cambio, producen todo en mí. Mi cuerpo tiembla, y no por miedo, sino por la adrenalina que él produce cada vez que me toca, me mira, me habla. Pero, como yo sé lo que valgo, y él aún no se atreve a hablar lo que realmente le sucede conmigo, me hago la dura, desinteresada y hasta la indiferente. —¿Qué haces aquí? —cuestiono mirándolo a los ojos. Quito con cierto recelo sus manos de mis hombros y me cruzo de brazos esperando una respuesta —Dije que vendría por ti si no me respondías —No te respondí porque estaba ocupada con mi profesor —no le doy más explicaciones —¿Le pagan también por insinuársele a las alumnas? —abro mis labios para darle una respuesta. Por algún motivo quiero explicarle que eso no

