Maribel se sonrojó. No por el halago en sí, sino por el tono, por cómo la miró cuando lo dijo, como si además de leer sus palabras hubiera leído algo más, algo de ella. Los encuentros se hicieron frecuentes. Primero, académicos. Después, cafés fuera de la facultad. Luego, una cena. Y de ahí, al pequeño apartamento que Ignacio tenía en un edificio antiguo del centro, lleno de libros hasta en el baño, con olor a madera y a café recalentado. Allí se besaron por primera vez, una noche de lluvia. —Esto no está bien del todo —dijo él, con un susurro de culpa en la voz, mientras le acariciaba el cuello. —¿Y qué cosa buena empieza bien del todo? —respondió ella, mordiéndose el labio. La relación fue discreta. Solo algunos lo intuían. Maribel no hablaba de él con Ana, su hermana, ni con sus amig

