Vera dejó atrás la terraza sin volver la cabeza. Caminó deprisa, con pasos que no quería que parecieran una huida, pero que lo eran. Empujó la puerta del bar y el cambio de luz la desorientó un instante: penumbra amable, música baja, ese olor indefinible a café recalentado y alcohol antiguo que tienen los lugares donde se espera demasiado. Se sentó en la barra. —Una infusión, por favor —pidió—. De manzanilla… o lo que tenga. Marita la observó con atención antes de responder. No era curiosidad: era experiencia. Le sirvió la taza sin hacer preguntas, pero no se fue. —Respira —le dijo en voz baja—. Aquí nadie te va a apurar. Vera asintió. Tenía las manos frías. Las apoyó alrededor de la taza como si pudiera absorber algo de calma a través del calor. —No conozco este sitio —dijo, más par

