El edificio de Ele-trading era todo cristal, moqueta y luz artificial. Las mañanas olían a café de máquina, y las voces bajaban el tono al pasar por delante de los despachos. Maribel ya conocía los pasillos, los gestos rápidos, los buenos días huecos. Aquella mañana, sin embargo, se detuvo al ver a Jandro apoyado junto a las ventanas del fondo. Miraba la ciudad como si necesitara confirmarla. Ella dudó. Luego caminó hacia él. —¿Tienes un momento? Jandro asintió. Le señaló con la cabeza una sala de reuniones vacía. Entraron. Cerró la puerta con suavidad. Se quedaron de pie. Por un segundo, no supieron qué decirse. —Ana me ha hecho cambiar —empezó él, sin rodeos. Maribel levantó una ceja, sin cinismo. Esperó. —Con vosotras... con Ciudad Sur... —continuó él, escogiendo las palabras como

