La lámpara de la mesita de noche emitía una luz cálida, ocre, apenas suficiente para leer sin forzar la vista. En la habitación reinaba ese silencio suave que sólo se encuentra en los pisos altos cuando la ciudad ya duerme. Ana y Jandro estaban acostados, espalda con espalda, cada uno con un libro entre las manos, la colcha cubriéndoles hasta la cintura. Jandro pasaba lentamente las páginas de una novela negra. Ana leía un ensayo sobre maternidad y lenguaje. De vez en cuando, uno de los dos se acomodaba, giraba la almohada o se rascaba la pierna sin decir nada. Había entre ambos un tipo de intimidad que no exigía palabras. Pero esa noche, después de un rato, Ana cerró su libro y lo dejó sobre la mesita. — Jandro, ¿ piensas a menudo en Claudia? —preguntó. Jandro se quedó quieto. No le so

