LO NECESARIO En la oficina, todo seguía con el ritmo de siempre. El zumbido de los procesadores, el correr del aire acondicionado, las voces suaves al teléfono. Jandro se había pasado toda la mañana dudando si pasar por el despacho de Elena o esperar a que ella lo llamase. Finalmente, se decidió y tocó a su puerta entreabierta. —¿Tienes un momento? Elena alzó la vista de la pantalla, sonrió. —Siempre para ti, Jandro. Pasa. Cerró tras de sí y se sentó frente al escritorio. La mujer lo observó unos segundos, apoyando la barbilla en su mano, como si ya supiera lo que iba a decirle. —Acepto —dijo él—. Iré a Lisboa contigo. Elena asintió, sin triunfalismo. —Bien. Lo suponía. Gracias por tu interés. —Solo quería que supieras que me lo tomé en serio. Y que… bueno, quería aclararte que m

