Esposas prestadas 4

1353 Palabras

La tarde avanzaba lenta, como si el reloj de aquel lugar marcara un tiempo distinto. Alfredo regresó al interior y se sentó junto a la ventana, en una mesa desde la que podía ver el camino por donde Azucena se había marchado. El cielo tenía ese color incierto entre el gris y el ocre que antecede al atardecer; en el aire flotaba un olor a lluvia seca y café recalentado. Lucía había puesto música de ambiente, canciones viejas de amor, casi todas de los años noventa. Aquella música —que en otra circunstancia habría pasado inadvertida— le resultó de repente íntima, como si formara parte de su propia memoria. Apoyó el codo en la mesa, sin beber ya del café, y se quedó pensando en la invitación de Azucena. No era nada comprometido, solo un gesto amable de una mujer que parecía acostumbrada a l

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