Él la miró, tratando de descifrar si lo decía en serio o si era parte de un juego. Pero su expresión no delataba nada: ni ironía ni coqueteo. Solo una calma que rozaba lo inquietante. A su alrededor, el murmullo había crecido. Otras personas entraban, saludaban a Lucía, ocupaban mesas, se movían con la familiaridad de quienes ya sabían cómo funcionaba aquel lugar. Alfredo empezó a notar que nadie se presentaba por su nombre, que los saludos eran vagos, genéricos, casi cómplices. Azucena también lo notó en su mirada. —Aquí casi nadie dice quién es de verdad —murmuró—. Por eso lo llaman el Club de las Esposas Prestadas. —¿Así se llama? Vaya… —Entre ellos, sí. —Se encogió de hombros—. Es una broma, o eso dicen. La frase le provocó un escalofrío que no supo explicar. No era celoso por natur

