Hace doce horas llevo su anillo en mi dedo. Me ha dado su corazón, caricia, besos... miradas que me obsesionan con ser su mujer cuanto antes. Mi vida ha cambiado tanto que siento una serenidad ahora mismo imposible de irse y no pienso dejar que se escape de mi. Donde estamos ahora somos absolutamente felices. Su cuerpo roza el mío en la cama acabados de despertar y suspiro alegre, juguetona y enamorada. Me doy la vuelta y me acomodo sobre su espalda para darle besos en toda ella. Besos que le despierten, que sean poesía en su piel, que sean una canción romántica armonizada con mi boca... y cuando le veo asomar la sonrisa se que lo he conseguido y también sonrío, soy feliz así de simple. —¡Buenos días, amor mío! —dejo un pequeño mordisquito en su nuca. —Buenos días —se da la vuelta

