El sol de la tarde caía inclemente sobre el campo de béisbol. El bullicio de los fanáticos llenaba el aire, mezclado con el crujido de las gradas y el olor a palomitas de maíz. Scott ajusta su gorra mientras se posiciona en el plato de bateo, concentrado, moviendo ligeramente los hombros para aflojar la tensión.
—¡Vamos, Scott! —gritan algunos compañeros desde el banco.
El pitcher, un joven fornido con cara de pocos amigos, lanza la bola con fuerza. Scott, con la vista fija, se prepara para batear... pero el lanzamiento se le va desviado, demasiado cerca, y el impacto es inevitable. La bola le golpea directamente en la muñeca izquierda. Todo por estar distraído. Nunca quiso gritarle a Julieta pero ya no había vuelta atrás.
—¡Ahhh! —gime Scott, soltando el bate que cae ruidosamente al suelo.
Los árbitros señalan base por bola, pero él apenas puede mover la mano. Camina hacia la primera base con una mueca de dolor, tratando de disimular su incomodidad ante el público y sus compañeros. Termina el partido como puede, pero el dolor persiste, palpitante, cada vez más agudo.
Cuando termina el juego, con el uniforme manchado de tierra y sudor, Scott finalmente acepta que necesita atención médica. No puede ni cerrar el puño. Algo anda mal.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Julieta corre angustiada hacia el hospital con la pequeña Aura en brazos. La bebita llora desconsoladamente, su carita roja y su cuerpecito caliente como una plancha. Una fiebre alta la consume y Julieta, sin Michael —quien se encuentra fuera del país por negocios—, siente que el miedo se le clava en el pecho como un puñal.
—Todo estará bien, mi amor —susurra Julieta, besando la cabecita sudorosa de su hija.
La sala de emergencias del hospital está saturada. Un accidente grave en la carretera había provocado un colapso de pacientes y familiares, todos esperando ser atendidos. Julieta, con Aura en brazos, busca desesperadamente un asiento libre, pero todo está lleno. La fiebre de su hija no da tregua y los minutos se sienten como horas.
En ese mismo hospital, Scott llega tomándose la muñeca, frunciendo el ceño por el dolor. Avanza por el pasillo, buscando atención, cuando la ve. Julieta. Ella, con el cabello alborotado, ojerosa, abrazando a una bebé llorando.
Un nudo se forma en el estómago de Scott.
"La culpable...de perder a mi bebé" piensa, recordando a Pamela llorando desconsoladamente. Pero a pesar de todo, una punzada de compasión atraviesa su corazón al ver la desesperación en el rostro de Julieta.
Ella intenta llamar la atención de las enfermeras.
—Disculpe necesitamos asistencia para la niña—dice la hermana de Julieta que fue de visitas días atrás, quien la acompañó al hospital porque Julieta no podía conducir en esas condiciones.
—¡Por favor, mi hija tiene fiebre muy alta! ¡Ayúdennos! —suplicaba, pero todos estaban ocupados.
—Señoras deben esperar un poco, hay personas más graves, hubo un accidente y debe esperar.
Scott no puede quedarse de brazos cruzados. Avanza hacia ella, con su presencia imponente.
—Julieta...
— ¿Tú...?¿Qué... qué quieres? —balbucea Julieta al verlo acercarse, apretando más a Aura contra su pecho.
Valentina, la hermana que la acompaña, se interpone, temerosa.
—No te le acerques —advierte Valentina, poniéndose delante como un escudo—. No vamos a dejar que le hagas daño.
Scott levanta ambas manos en señal de paz.
—No le voy a hacer nada, Valentina —dice con voz grave pero serena, su mirada fija en la bebé que llora inconsolable—. Déjenme... ayudarlas. Pueden venir conmigo...
Antes de que puedan protestar, Scott se acerca aún más. Sus movimientos son cuidadosos, como si manejara cristal. Con ternura, toma a Aura en brazos. La bebé, contra todo pronóstico, se calma apenas unos segundos después. Sus pequeños dedos se aferran a la camiseta de Scott, como si encontrara consuelo en su calor.
Julieta se queda petrificada. Su corazón late con fuerza, una mezcla de miedo y asombro. Jessica observa, desconfiada, pero sin intervenir.
—Déjenme pasar por emergencia —dice Scott, caminando con la bebé en brazos hacia la zona de triage.
Los guardias de seguridad, reconociendo a Scott —uno de los atletas más populares de la ciudad, uno de ellos era fanático y se perdió el partido por lo saturado y su relevo no había llegado por el embotellamiento del tráfico—, abren paso sin demasiadas preguntas.
—¿Es usted el pelotero?
—Si...disculpa...necesito atención urgente para la niña. Se que están saturados pero su fiebre pasa de 39 grados, realmente es una emergencia.
Aun con el hospital congestionado, permiten que entre de inmediato.
—Claro...hermano...lo que sea por ti.
La gravedad del accidente que saturó el hospital pasa a segundo plano cuando reconocen una situación crítica: una bebé con fiebre alta y una situación de fanatismo: su pelotero favorito dirigiendo les la palabra y solicitando su colaboración para resolver su emergencia.
—Muchas gracias.
Julieta corre tras ellos, con sus piernas temblorosas. Jessica la sigue.
—¡Necesito su ayuda...es urgente. Creo que le va a dar un paro!
Cuando llegan a la camilla, una enfermera toma a Aura, midiendo su temperatura de inmediato.
—¡Cuarenta grados! —exclama la mujer, alarmada—. ¡Necesitamos bajarle la fiebre ya!
Empiezan los procedimientos médicos. Scott se queda a un lado, observando, su muñeca palpitando de dolor, pero sin importarle en absoluto.
Julieta mira a Scott, llena de confusión. Aún no le ha dicho que Aura es su hija también. Y verlo así, tan protector, tan preocupado... le rompe algo dentro.
Scott, sin embargo, se mantiene en silencio. No pregunta, no exige explicaciones. Solo está ahí, presente, firme, protegiéndolas como si fuera su deber.
La doctora, tras estabilizar a la bebé, se acerca a ellos.
—La fiebre está bajando —anuncia—. Pero debe quedarse en observación esta noche.
Julieta asiente con lágrimas en los ojos.
—Gracias a Dios—murmura Valentina.
Scott pone una mano en su hombro, firme, reconfortante.
—Va a estar bien —dice en voz baja—. Tu bebé es fuerte, como su madre.
Julieta siente cómo esas palabras le arrancan una lágrima silenciosa. No entiende por qué Scott está siendo tan... bueno. No después de todo lo que pasó.
—Gracias —murmura ella.
Scott asiente, luego se mira la muñeca. El dolor se ha intensificado. Julieta, notando el hematoma, pregunta:
—¿Qué te pasó?
Él sonríe con una mueca.
—Nada grave. Un partido de pelota y una mala bola.
—Deberías dejar que te atiendan —dice Julieta, genuinamente preocupada.
Scott se encoge de hombros.
—Primero era más importante ella —dice, señalando a la pequeña Aura que duerme ya más tranquila en la camilla.
Julieta traga saliva. El peso de su secreto —el hecho de que Aura sea hija de Scott— se vuelve cada vez más insoportable. Pero no debe contar esa verdad.
Scott da un paso atrás.
—Me voy a atender. No te preocupes, me quedaré cerca... por si necesitas algo.
Julieta asiente, viéndolo alejarse. El hombre que alguna vez fue su tormenta... ahora parecía su único refugio en medio del caos.