Julieta se encontraba sentada frente al escritorio de Michael, en su nueva oficina. Desde que su secretaria se fue de vacaciones de maternidad, ella había asumido el puesto temporalmente.
Pasaba más tiempo con él de lo que había imaginado, y cada día se sentía más cómoda en su presencia. La relación entre ellos había crecido a un ritmo inesperado, pero todo parecía fluir de manera natural.
Esa mañana, mientras revisaba unos documentos, escuchó un golpe suave en la puerta. Se giró y vio a Michael, con una sonrisa que parecía iluminar toda la oficina.
—¿Cómo estás hoy? ¿Deberíamos salir a comer más tarde?—pregunta, apoyándose en el marco de la puerta, con una mirada que denotaba cariño y preocupación al mismo tiempo.
—Bien, un poco cansada, pero todo en orden. ¿Qué te gustaría comer? —respondió Julieta, sonriendo mientras terminaba de organizar unos papeles. El trabajo había aumentado desde que ella estaba a cargo de la oficina, pero la cercanía con Michael lo hacía más llevadero.
—Estoy bien con cualquier cosa, si tienes algún antojo solo dímelo.
Michael se acercó y se sentó en la silla frente a su escritorio. Los dos compartieron una mirada silenciosa, como si no necesitaran palabras para comunicarse.
—Me gustaría comer pasta.
Luego d reorganizar todo se fueron a un restaurante cercano, pero entonces, la puerta se abrió y Scott entraba al local con uno de su compañero de practica, interrumpiendo el momento.
Scott levantó el rostro y los vió desde la entrada, su rostro refleja molestia. Julieta sintió un nudo en el estómago al verlo. No estaba lista para enfrentar esa tensión. Scott había estado distante, pero nunca imaginó que se encontrarían de esa manera.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Scott, con un tono acusador, mirando a Julieta como si ella fuera responsable de todo lo que había sucedido—¿Ahora tengo que encontrarme los en todos lados?
Michael se levantó inmediatamente, poniéndose entre Scott y Julieta, como una barrera protectora.
—Te voy a pedir que salgas de aquí, Scott. Esto no tiene nada que ver contigo —dijo Michael con firmeza, su voz sonando calmada, pero decidida—El restaurante es lo suficientemente grande para que te sientes alejado de nosotros.
Scott, por supuesto, no estaba dispuesto a ceder. Sus ojos se fijaron en Julieta, llenos de ira.
—¡Tú eres la razón por la que Pamela perdió al bebé! —exclama, señalando con el dedo hacia ella—. ¿Cómo puedes ser tan cruel?
Julieta sintió un dolor en el pecho al escuchar esas palabras. No era su culpa, pero las palabras de Scott le pesaban como un balde de agua helada.
—¡Basta! —interrumpió Michael, colocando una mano sobre el brazo de Scott para que se detuviera—. Te dije que te pierdas. Entonces ve con Pamela. Ella te necesita más que nosotros en este momento.
Scott pareció dudar un momento, y la tensión entre los tres se podía cortar con un cuchillo. Finalmente, Scott soltó un gruñido y salió del restaurante, dejando a Julieta y a Michael a solas.
Michael suspiró y se giró hacia Julieta, quien estaba visiblemente afectada.
—Lo siento —dijo él, con suavidad—. No debió haberte hablado así. No tenía idea que él venía aquí—le miente.
Julieta asintió lentamente, tomando un respiro profundo. Sabía que Michael estaba haciendo lo que podía para protegerla, pero eso no hacía que fuera más fácil escuchar las palabras de Scott.
—No importa. Estoy bien. Es solo... que a veces me duele escuchar esas cosas. Yo no lo hice, Michael. No fue mi culpa.
Michael se acercó a ella y, sin decir una palabra, la abrazó suavemente. Julieta se apoyó en su pecho, sintiendo el calor de su cercanía. Por un momento, el mundo exterior desapareció. Todo lo que importaba era ese abrazo, esa sensación de seguridad que él le brindaba.
—Te creo —dijo él, sus palabras llenas de sinceridad—. Y sé que no fue tu culpa. No tienes que defenderte, porque yo estoy aquí para ti.
Julieta levantó la cabeza, encontrando la mirada cálida de Michael. Había algo en su forma de mirarla, algo que le daba paz. En ese momento, ella entendió que podía confiar en él por completo.
Gran error.
—Gracias —dijo ella en voz baja, sonriendo tímidamente.
Michael acarició suavemente su mejilla, luego se apartó un poco, pero sin alejarse demasiado. El ambiente estaba cargado de una electricidad sutil, algo que los conectaba aún más profundamente.
—¿Te gustaría salir un rato o nos olvidamos de ese imbécil y continuamos con lo que vinimos a hacer? —pregunta él, con una sonrisa suave—Estoy pensando tomar vacaciones y secuestrar te conmigo.
Necesitaban un respiro. A veces, el peso de las responsabilidades y las tensiones del mundo exterior eran demasiado. Un poco de tiempo juntos, lejos de todo, sería lo que necesitaban para seguir adelante.
—Me encantaría —respondió, con una sonrisa más amplia.
Cuando salieron del restaurante luego de almorzar, mientras caminaban juntos, sin prisa, Michael le tomó la mano, y Julieta se sintió completamente tranquila. Sabía que aún había mucho por enfrentar, pero con él a su lado, no tenía miedo.
Al regresar a la oficina, el ambiente parecía distinto. El silencio era espeso, casi íntimo. Michael cerró la puerta tras de sí y, sin apartar la vista de Julieta, giró la llave con calma, asegurándose de que nadie pudiera interrumpirlos.
—¿Qué haces? —preguntó ella, con una mezcla de sorpresa y risa nerviosa.
Michael caminó hacia ella con paso seguro, sus ojos cargados de deseo.
—Quiero un momento contigo —respondió él, sin rodeos—. Sin el mundo, sin llamadas, sin interrupciones. Solo tú y yo… lo que necesito después de este día.
Julieta retrocedió hasta chocar con el escritorio. Michael no tardó en atraparla entre sus brazos, sus labios rozando los de ella con una promesa encendida.
—No sabes cuánto me contuve en ese restaurante, todos los hombres te miraban —murmuró él—. Tenías esa blusa ajustada… tus labios… tus gestos. Me tenías al borde, Julieta.
—Michael… aquí no —susurró ella, aunque no se movía.
—Aquí sí —replicó con firmeza, tomándola por la cintura y alzándola suavemente para sentarla sobre el escritorio—. Nadie entra, la puerta está cerrada. Y yo estoy hambriento… de ti.
La besó con una intensidad desbordada. Su lengua invadió su boca con urgencia, sus manos recorrieron su espalda con autoridad. Julieta se aferró a sus hombros, dejándose llevar… pero por dentro, algo no se sentía del todo bien.
Los labios de Michael descendieron por su cuello mientras ella trataba de concentrarse en el presente. Él la tomaba como si fuera suya, como si no existiera otra mujer en el mundo. Pero en su mente, la acusación de Scott seguía viva, como un eco molesto.
"—Tú eres la razón por la que Pamela perdió al bebé…"
Julieta cerró los ojos, intentando silenciar esa voz, pero el rostro de Scott aparecía nítido en su mente. Su mirada de ira, de dolor. No era amor lo que recordaba… era culpa.
Michael la tumbó con suavidad sobre el escritorio, acariciando su muslo mientras volvía a besarla.
—Dime que me deseas tanto como yo a ti —murmuró contra su piel—. Dímelo, Julieta.
Ella parpadeó, intentando volver al presente. Quería responder, lo intentó… pero las palabras se atoraron en su garganta.
Michael levantó la cabeza y la miró fijamente, notando que su expresión había cambiado.
—¿Qué pasa? —preguntó, con el ceño fruncido—. ¿Estás pensando en él?
Julieta tragó saliva. No podía mentirle. No a él.
—No puedo evitarlo… sus palabras, su dolor… Michael, ¿y si realmente fui la causa?
Él se separó un poco, su mirada se tornó dura por un momento, pero enseguida la suavizó al ver sus ojos llenos de angustia.
—Tú no tienes la culpa de nada —dijo con firmeza—. Scott está buscando a quién culpar, porque no puede asumir que su mundo se derrumbó por sus propias decisiones. No lo permitas, Julieta. No dejes que te ensucie.
Ella bajó la mirada. Sus manos temblaban ligeramente sobre el borde del escritorio.
—A veces me siento... sucia. No por estar contigo. Sino porque siento que todo lo que toco se rompe.
Michael la abrazó fuerte, apretándola contra su pecho.
—Escúchame bien —susurró con voz ronca—. Si algo se rompe es porque no está hecho para ti. Pero yo sí. Y no te pienso soltar.
La besó con fuerza, como si con ese gesto pudiera borrar cada sombra de duda que ella tenía dentro. Julieta cerró los ojos y dejó que el calor de ese beso la envolviera. No sabía qué era lo correcto. Solo sabía que en ese instante… se sentía viva en sus brazos.
Y eso bastaba.