Los padres de Pamela también se alarmaron, poniéndose de pie de inmediato.
—¡Santo cielo! —exclama su madre— ¡Está sangrando!
Pamela baja la mirada y ve la sangre.
El terror se apodera de ella.
—No... no... —murmura, tambaleándose.
Scott la sujeta antes de que se desplomara.
El restaurante entero se quedó en silencio, con decenas de ojos curiosos observándolos.
—¡Abran paso! —grita el padre de Pamela, mientras Scott la cargaba en brazos, saliendo apresurado del lugar.
En el hospital, los minutos parecían horas.
Pamela estaba en una camilla, inconsciente, mientras un equipo médico corría de un lado a otro.
Scott caminaba desesperado en la sala de espera, con los nervios de punta.
Los padres de Pamela estaban sentados, pálidos, rezando en voz baja luego de llenar un papeleo de ingreso y haber pagado una cuota.
Finalmente, un médico se acercó horas después.
—¿Familiares de Pamela?
Todos se levantaron de golpe.
—¿Cómo está mi novia? —pregunta Scott, con la voz quebrada.
El doctor suspira.
—Lo siento mucho.
Hubo un aborto espontáneo.
El desprendimiento fue severo. No pudimos hacer nada.
El silencio cayó como una losa sobre ellos.
Pamela no solo había perdido el bebé.
Había perdido su carta de control sobre Scott.
—Tengo su record y dice claro que ella debió guardar reposo pero por lo visto no fue el caso. No hizo nada al pie de la letra. Esto se pudo haber evitado.
Scott apretó los puños.
Se sentía culpable. Por como la trataba tan indiferente. Por no adorar a su propio hijo cuando supo de su existencia.
Confundido y culpable.
Y, en el fondo, una semilla de duda empezó a germinar en su mente.
¿Por qué no sabía nada de esos riesgos?
¿Por qué Pamela nunca le mencionó nada?
Sin saberlo, el castillo de naipes que Pamela había construido empezaba a desmoronarse.
Y Scott, aunque aún no podía verlo, estaba cada vez más cerca de descubrir toda la verdad.
El hospital estaba en silencio, con el suave murmullo del monitor cardíaco y el eco de pasos que se desvanecían en los pasillos.
Scott estaba sentado junto a la camilla de Pamela, mirándola con una mezcla de impotencia y dolor. Su corazón latía con fuerza mientras observaba cómo los médicos terminaban de realizar el procedimiento, dejando a Pamela recostada en la cama, frágil y débil.
Pamela, con el rostro pálido y las lágrimas aún secas en sus mejillas, lo miró por un segundo antes de hablar, sus palabras cargadas de dolor, como si quisiera manipular cada emoción que pasaba por su mente.
—Scott… —susurra, con su voz quebrada—. Me siento vacía… No sé qué hacer. Nunca quise esto.
Scott se acercó, tomándole la mano con suavidad, mientras su rostro muestra una tormenta de emociones. La culpa le carcomía por dentro. Sentía que, de alguna manera, esto era su culpa, aunque no lograba entender completamente por qué.
Pamela lo mira fijamente con ojos llenos de tristeza fingida.
—Yo te lo dije…ella es la culpable —murmura, limpiándose una lágrima de la mejilla.
—¿Qué cosa, amor? —Scott la mira, sin comprender.
—Te dije que me sentía mal… desde el día que Julieta me empujó, cuando estábamos de compras. Fue esa caída… —hizo una pausa dramática, bajando la mirada—. Desde ese momento, comencé a sentirme diferente, pero no quise decírtelo porque no quería que me odiaras.
Scott queda paralizado, con sus ojos fijos en ella.
—¿Julieta? —pregunta, su voz cargada de incredulidad.
Aún sea cierto Pamela siguió su rutina como si nada, se iba de compras, a la piscina al sauna, al salón, incluso le hacía el amor cada vez que tenía una oportunidad.
Pamela asintió lentamente, fingiendo un dolor profundo en su rostro.
—Sí… fue ella la que me empujó… Desde ese momento, todo cambió. Yo no quería decirte nada, no quería que te preocuparas. Pero el dolor era insoportable.
—No… —Scott apretó los dientes, comenzando a sentirse aún más confundido y culpable—. ¿Entonces… por eso…?
—Por eso me pasó esto. Si no me hubiera caído, todo hubiera salido bien. No es justo, Scott… —siguió con las lágrimas cayendo por su rostro, mientras su mano apretaba la de él con fuerza, como si estuviera aferrándose a algo que pudiera salvarla.
Scott tragó saliva, y su corazón empezó a latir desbocado. Algo dentro de él quería creerla, pero la otra parte de su mente gritaba que algo no estaba bien. Aún así, la culpa lo estaba invadiendo. Realmente esa caída pudo haberse evitado.
—Lo siento mucho, Pamela… —murmura, sin saber qué más decir pensando que le dolía haber perdido el bebé , sin embargo a ella le dolía perder la manipulación extra que hubiera tenido—. Lo siento por no haberte cuidado más. Si hubiera estado ahí, tal vez… tal vez esto no habría pasado.
Pamela lo miró con ojos llenos de gratitud fingida, y alzó la mano para acariciarle la mejilla.
—No es tu culpa, amor… —dijo suavemente—. Pero entiendo si no quieres estar conmigo después de todo esto. Yo… yo me siento horrible por lo que pasó. Sé que querías formar una familia, y ahora… ya no podemos. No quiero que sientas que esto me arruinó. Pero… ¿podemos seguir adelante, Scott? ¿Podemos empezar de nuevo?
La vulnerabilidad de sus palabras tocó una fibra sensible en él. Scott la miró, su rostro lleno de dudas, pero también de deseo de protegerla, de remediar lo que él pensaba que era su error.
Finalmente, se inclinó hacia ella y la abrazó con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo el suyo.
—No… no te voy a dejar, Pamela. No te preocupes… —le susurra al oído—. Nos casaremos. Lo haremos bien. Podemos tener hijos más adelante, si eso es lo que quieres. Yo estaré aquí, no te voy a abandonar. Nunca lo haré.
Pamela sonrió en ese momento, pero no una sonrisa de felicidad. Era una sonrisa cargada de malicia, un plan que se estaba ejecutando a la perfección. Sabía que tenía a Scott donde lo quería. Ahora, él estaba completamente atrapado en su manipulación.
—Te amo, Scott… —le dijo en voz baja, mientras sus dedos rozaban su pecho.
—Yo... estaré a tu lado —responde él, sin saber que estaba siendo manipulado, engañado por una mujer que solo pensaba en cómo conseguir lo que quería.
Pamela lo miró fijamente, sonriendo con malicia en su corazón. Sabía que Scott no podría irse ahora, no después de haberle prometido que no la dejaría. El plan había funcionado. Todo lo que le quedaba ahora era esperar.
Y mientras Scott la abrazaba, sin saberlo, el dolor y la mentira se seguían alimentando dentro de él.