Mentiras y consecuencias.

1942 Palabras
La habitación olía a sexo y alcohol, impregnada de una atmósfera densa y sofocante. La madrugada avanzaba sin piedad. Scott se había sentado nuevamente al borde de la cama, con el torso desnudo, con la cabeza gacha entre las manos. Una parte de él quería vestirse y largarse. Otra... no encontraba la fuerza. Detrás de él, Pamela se estira perezosamente, como una gata satisfecha. —Mmm... —ronronea, alzando la sábana para cubrirse apenas los pechos— ¿Ya te vas, campeón? Scott no contesta. Sentía un peso extraño en el pecho, como si hubiera traicionado algo importante en su vida. Algo que no entendía, pero que dolía. Pamela se acerca arrastrando la sábana, dejando al descubierto su piel dorada. Se pega a su espalda, pasando los brazos alrededor de su cuello. —No pienses tanto —le susurra al oído, mientras desliza las manos por su pecho—. Esto... es para ti. Para que olvides. Ella lo besa y Scott cerró los ojos. Una descarga de placer mezclado con culpa le recorre el cuerpo. Ella sonríe al ver su reacción. Bajó una de sus manos lentamente, jugueteando, provocándolo. Scott gime entre dientes. —Pamela... —murmura, con un hilo de voz. —Shhh... —le ordena ella, besándole el cuello—. No tienes que hablar. Solo sentir. Scott se gira bruscamente, atrapándola entre sus brazos. La besa con furia, con rabia contenida. Maldita sea si la mujer que realmente ama está en brazos de otro ¿de que tiene que lamentarse realmente? Pamela lo devora como si se alimentara de su desesperación por segunda vez. Entonces, Scott se aparta apenas un instante, buscando su pantalón para sacar otro preservativo. Pero no tenía otro. —Yo... Pamela lo detuvo, sujetándole la muñeca con una sonrisa astuta. —No hace falta —dijo, mirándolo directo a los ojos. —¿Qué? —Scott frunce el ceño. —Estoy limpia, Scott. —le acaricia la mejilla—. Me cuido, te lo juro. Jamás haría algo que pudiera arruinar tu carrera. Jamás te pondría en riesgo. Confía en mí... solo esta vez. Scott duda. Su instinto gritaba que no. Pero la necesidad de escapar de su dolor, de olvidar a Julieta por segunda vez era más fuerte. —Déjame ser tu refugio —susurra Pamela, besándolo despacio—. Úsame si quieres... pero no te alejes ahora. Scott aprieta los dientes, luchando con su conciencia. Finalmente, se acerca y se coloca a su lado. Pamela sonríe con triunfo en sus labios. Él la tumba sobre la cama de nuevo, con movimientos rudos, desesperados. Esta vez, fue más intenso. Más salvaje. Más roto. Pamela gemía contra su oído, con sus uñas dejando marcas rojas en su espalda. Dentro de ella, Scott intentaba olvidar. Y Pamela, mientras lo sentía entregarse sin protección, cerraba los ojos saboreando su victoria. En su mente solo resonaba un pensamiento: "Ahora sí serás mío para siempre." Ella se movía con maestría, buscando su final, atrapándolo. Cuando Scott terminó, jadeante y tembloroso, Pamela lo abrazó con fuerza, como si quisiera fusionarse con él. Scott salió de adentro de ella y rodó hacia un lado, sudoroso, con el corazón golpeándole el pecho. Pamela sonríe satisfecha, acariciándole el cabello como si fuera su premio. —Tranquilo, campeón —susurra, mirándolo desde arriba y sabiendo que el alcohol aún domina un poco su mente—. Estoy aquí... siempre para ti. Scott no responde. Se sentía vacío. Más vacío que nunca. Pamela cierra los ojos, dibujando mentalmente su futuro perfecto: Ella embarazada. Scott atrapado. Y Julieta... fuera de su vida para siempre. Horas después, mientras Scott dormía inquieto, Pamela miraba el techo oscuro de la habitación con una sonrisa maliciosa. Ella sabía perfectamente que no se estaba cuidando. Y ahora solo era cuestión de tiempo. Un bebé sellaría su destino. Scott sería suyo. Quisiera o no. Luego de ese encuentro, Pamela encontraba cualquier excusa para verse con Scott. Un mes y medio después, al día siguiente luego de estar en intimidad con Scott, Pamela apretó el volante con fuerza, luchando por no llorar. La punzada de dolor en su bajo vientre era insoportable. "Debe ser por lo de anoche", pensó, mordiéndose el labio. Scott había sido una bestia, pero ella no había querido detenerlo. Cada momento con él era una oportunidad para atarlo más fuerte a su vida y le daría más oportunidad de salir embarazada. Cuando llegó al consultorio, caminó encorvada, sintiendo que en cualquier momento se desplomaría. La enfermera la hizo pasar rápido. —¿Mucho dolor? —pregunta el médico, al verla. —Sí... demasiado. —Pamela se sentó en la camilla, temblando. Le hicieron una ecografía de urgencia. El rostro del médico fue serio mientras revisaba la pantalla. —Señora... —empezó—. Está embarazada. Pamela sintió que todo su cuerpo se tensaba. ¡Funcionó! —¿En serio? —pregunta, esforzándose en sonar sorprendida. —Sí, pero... —el doctor la mira directamente— hay un pequeño desprendimiento. Debe hacer reposo absoluto si no quiere perder el embarazo. Es un riesgo alto. Pamela aprieta los puños. Eso no formaba parte de su plan. —¿Reposo? —finge estar confundida—. ¿Nada de actividad? —Nada de actividad física intensa. Tampoco relaciones sexuales —advirtió el médico, escribiendo en su hoja—. No levantar peso, no correr, no estrés emocional. Pamela asintió débilmente. Pero en su mente, ya había decidido que no le diría nada a Scott. Si dejaba de verlo, corría el riesgo de perderlo. No. Tenía que actuar como si todo estuviera bien. Ser activa y satisfacer su cuerpo. Como si ese bebé estuviera perfectamente a salvo. Así que, después de salir del consultorio, se retocó el maquillaje, sonrió para sí misma... y preparó su próxima jugada. Por la noche, en la casa de Pamela, Scott estaba tirado en el sofá revisando su celular cuando ella se le sentó encima, con una sonrisa radiante. El tomaba como siempre hasta perder el conocimiento. —¿Qué pasa? —pregunta él, mirándola con desconfianza. Pamela coloca sus manos sobre su pecho. —¿Todo bien?—pregunta él sin quitar la vista de su celular. Ella actúa como principiante. —Estoy embarazada, Scott —anuncia con voz dulce. Él se incorpora de golpe. —¿Qué? —parpadea, atónito. —El doctor dice que fue una sorpresa... —Pamela baja la mirada, fingiendo vulnerabilidad—. Siempre tuve problemas para embarazarme. Mis hormonas están locas, dijo. Parece que la pastilla no hizo lo suyo. Pero... este bebé es un milagro. Scott no supo qué decir. Una mezcla de shock, miedo y algo que no quería admitir, recorrió su cuerpo. Pamela toma su rostro entre las manos. —No quiero presionarte —susurra—. Solo quería que supieras que este bebé es nuestro. Puedo mantenerlo oculto de los reflectores y la prensa. Scott traga saliva. Ella lo abraza, enterrando su rostro en su cuello, sonriendo en la oscuridad. —Dejame pensar...esto es nuevo para mí. Ser padre así de la nada no estaba en mis planes. —Te entiendo. Tomate todo el tiempo que quieras, pero por favor no me pidas que aborte. —Yo nunca te pediría eso. Ya casi era suyo. Durante los días siguientes, Pamela y Scott se perdieron en el sexo. Ella ignoró las advertencias médicas, convencida de que el placer lo aseguraría más a su lado. Scott, aunque aún sentía dudas, trataba de convencerse de que tal vez, solo tal vez, esto era lo correcto. No la amaba, pero el amor que él percibía de ella daba para los dos. Pamela jugaba sus cartas a la perfección, llenándolo de atenciones, caricias, promesas de una vida estable. Y Scott, en su torpeza emocional, se dejaba llevar. Una tarde, decidieron salir de compras para el futuro bebé. Scott, aunque incómodo, empezó a elegir algunas cosas. Ropita diminuta. Unas zapatillitas. Pañales. Pamela caminaba orgullosa, tocándose el vientre inexistente, sintiéndose triunfadora. En una tienda de artículos para bebés en Boston, mientras Scott pagaba unas cosas en la caja, sucedió el desastre. Pamela, que había estado observando desde lejos, vio a Julieta entrar casualmente al local, sola, probablemente buscando algo para su propia hija. El rencor brotó en Pamela como un veneno hirviente. Apretó los dientes. Era el momento perfecto. Se acercó discretamente al pasillo donde Julieta miraba unos juguetes. Y, sin pensarlo más, se lanzó al suelo con un grito desgarrador. —¡Ahhh! ¡Mi bebé! —llora Pamela dramáticamente, llevándose las manos al vientre. Julieta, que ni siquiera la había tocado, se queda paralizada, confundida. Ya casi ni se recordaba de ella. —¿Qué demonios...? —murmura, retrocediendo. Los empleados de la tienda se acercaron alarmados. Justo en ese momento, Scott regresaba de la caja. Vio a Pamela en el suelo, llorando, protegiendo su vientre. Y a Julieta, de pie frente a ella, pálida y desconcertada. La sangre de Scott hirvió. Corrió hacia Pamela. —¿Qué pasó? —pregunta, arrodillándose junto a ella. Pamela sollozaba, fingiendo dolor. —Ella... —señaló débilmente a Julieta— me empujó... yo solo quería pasar... Scott fulminó a Julieta con la mirada. —¿Estás loca? —gruñe, poniéndose de pie, cubriendo a Pamela con su cuerpo—. ¡¿Qué carajo te pasa, Julieta?! No me importa que me odies ¿pero meterte con ella te hace mejor persona? —¡Yo no la toqué! —defiende Julieta, temblando de la indignación— ¡Ni siquiera la vi! Pero Scott no la escucha. Su mente, nublada de furia, recordó todas las humillaciones pasadas. Recordó cómo la había visto con otro hombre. Con otro bebé. La rabia se le subió a la cabeza. —Eres peor de lo que pensaba —escupe, dándole la espalda mientras ayudaba a Pamela a levantarse. Julieta los mira irse, sintiendo que un puñal le atravesaba el corazón. —¿Están locos? ¿que mierda fue esa? Scott no quiso voltear. No quiso ver la tristeza en los ojos de la mujer que, en el fondo, aún amaba. Solo sostuvo a Pamela contra su cuerpo, cegado por la mentira. Y Pamela, abrazada a su brazo, sonrió en silencio. Su plan marchaba mejor de lo que había imaginado. Dos meses después, la vida de Pamela parecía perfecta. Al menos, en apariencia. Ella y Scott ya eran una pareja estable ante los ojos de todos. Sus padres estaban encantados, soñando con el futuro nieto. Esa noche, en uno de los restaurantes más exclusivos de Boston, cenaban todos juntos: Pamela, sus padres y Scott. El ambiente era elegante, lleno de luces tenues y música de fondo. Pamela jugueteaba con su copa de vino (que no se atrevía a beber), sonriendo como si todo estuviera bien. Pero en el fondo, algo se sentía mal. Una punzada en el vientre la hizo estremecer. Se removió incómoda en la silla, tratando de disimular. —¿Todo bien, hija? —pregunta su madre, notando su inquietud. —Sí, sí... solo un poco de cansancio —miente Pamela, forzando una sonrisa. Pero cuando trató de relajarse, sintió una extraña presión en la vejiga, un impulso urgente de orinar, mezclado con un dolor agudo. Frunce el ceño. —Disculpen... necesito ir al baño —dijo, levantándose lentamente. Scott, que estaba cortando su carne, levantó la vista casualmente. Y entonces lo vio. Una mancha oscura empezaba a expandirse en el vestido claro de Pamela, justo entre sus piernas. Su tenedor cayó al plato con un estruendo. —Amor... —Scott se puso de pie de un salto, su rostro pálido—. Estás... estás manchada de sangre...
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