Semanas después, Scott se miró en el espejo del vestidor, con el uniforme sudado pegándosele al cuerpo y las pulsaciones aún disparadas.
Acababa de firmar el contrato de su vida.
Estaba donde siempre soñó estar.
Y sin embargo, una sombra ensuciaba toda su felicidad.
Julieta.
Michael.
Aura Anaís.
Apretó los dientes con fuerza, recordando cada maldito rumor que había tenido que escuchar en los últimos meses.
—"Michael Barrientos fue un héroe para Julieta."
—"Michael esta feliz con su hija."
—"Son la familia perfecta."
Scott lanzó un puñetazo contra la taquilla de metal, haciéndola vibrar.
—¡Maldita sea! —masculló.
Para algunos, parecía obvio: Michael era el padre si a físico y apariencia de la bebé se trata.
Julieta lo había engañado.
Mientras él se rompía el alma en el campo, mientras soñaba con un futuro juntos, ella ya había encontrado consuelo en otros brazos.
Scott se pasó las manos por el rostro, agotado.
—¿Cómo no lo vi antes? —se preguntó en voz baja.
El dolor lo carcomía desde dentro.
Y lo peor de todo era que, por más que quisiera odiarla, no podía.
Cerró los ojos, recordando su sonrisa.
La forma en que Julieta se reía cubriéndose la boca con timidez.
Sus ojos brillando cuando hablaban de formar una familia.
Todo había sido una mentira.
Días después, en una rueda de prensa, Michael apareció en las noticias locales.
Scott no pudo evitar verlo en una pantalla gigante mientras caminaba por el centro comercial.
—Estoy muy agradecido por esta nueva etapa en mi vida, tenemos muchos proyectos venideros con los nuevos prospectos—decía Michael con su sonrisa de cartón—. Mi esposa, Julieta, ha sido un pilar para mí. Y mi hija, Aura Anaís... es mi motor. Por eso me siento tan positivo.
Scott sintió el estómago revuelto.
—Tu hija... —bufó entre dientes—. Que estúpido soy.
Le dolía ver cómo Michael se apropiaba de ese papel.
Le dolía más aún pensar que quizás era cierto.
¿Como es que la niña se parece tanto a él y no a barrientos?
¿Como era posible que Julieta ya había estado con otro mientras él luchaba por un futuro para ambos?
"Me traicionaste", pensó con amargura.
"Me mentiste."
Esa noche, sentado solo en su departamento, Scott abrió una vieja caja que había guardado durante meses.
Fotos de Julieta.
Notitas.
Cartas escritas a mano.
Tomó una de las notas y leyó en voz alta:
—"Siempre voy a esperarte. No importa cuánto tardes. Te amo." —la voz se quebró al final.
Apretó el papel en su mano, luchando contra las lágrimas.
—Mentiras... —susurra.
Se juró no volver a mirar atrás.
Había una nueva vida esperándolo.
Una vida donde el dolor ya no tendría cabida.
—¡Hey! —gritó su entrenador la mañana siguiente en la práctica—. ¡Ponte las pilas, muchacho! ¡Las grandes ligas no esperan a los corazones rotos!
Scott soltó una risa seca.
—No se preocupe, coach. Mi corazón ya no existe.
Se colocó los guantes, tomó el bate y se lanzó al campo con la furia de un huracán.
Cada golpe era una descarga de su frustración.
Cada anotación era una bofetada al pasado.
Iba a triunfar.
Iba a ser el mejor.
Y algún día, cuando Julieta lo viera desde lejos, tal vez lamentaría todo lo que perdió.
O eso quería creer.
Porque, en el fondo, sabía que por mucho que brillara en los estadios...
Nunca volvería a ser el mismo sin ella.
Boston estaba lleno de vida aquella tarde.
El sol brillaba sobre las calles repletas de aficionados que llevaban gorras, camisetas y banderas de su equipo favorito.
La emoción por el partido de béisbol se sentía en cada esquina.
Scott caminaba solo por una de las avenidas principales, ajustándose la gorra para pasar desapercibido.
Después de todo, ahora que estaba en las grandes ligas, mucha gente comenzaba a reconocerlo.
No tenía ánimos para autógrafos ni fotos.
Sólo quería distraerse un poco antes del gran juego.
Fue entonces cuando los vio.
Michael.
Julieta.
Y... la bebé.
Se detuvo en seco, como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.
Allí estaban, a escasos metros de distancia.
Michael llevaba un cargador de bebé sujeto al pecho, y dentro de él, la pequeña Aura Anaís dormía plácidamente, con un gorrito blanco que le cubría la cabeza.
Julieta caminaba a su lado, sonriendo dulcemente, mientras sostenía una pequeña bolsa con biberones.
Scott se quedó paralizado.
—No puede ser... —murmura.
Todo en esa imagen lo atravesó como una daga:
La manera en que Michael sostenía a la niña.
La cercanía con Julieta.
La falsa escena de "familia feliz".
Antes de que pudiera reaccionar, Michael hizo algo que terminó de destrozarlo.
Deteniéndose frente a una vitrina, Michael le susurró algo al oído a Julieta.
Ella soltó una risita tímida, agachando la cabeza.
Michael, con la mano libre, le agarró la cintura, la atrajo hacia sí y la besó profundamente.
Y como si fuera poco, antes de soltarla, le dio una palmada descarada en el trasero, haciéndola reír mientras la niña seguía durmiendo. Todo porque se dio cuenta de que Scott los veía a la distancia.
Scott sintió que el estómago se le revolvía.
"¿Eso eras tú, Julieta?", pensó con amargura.
Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
"No perdiste el tiempo... ni la dignidad", se dijo, luchando contra la punzada de celos y decepción.
Dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas, esquivando a la gente como un animal herido.
Mientras caminaba, su mente no dejaba de torturarlo.
Recordó los días en que soñaba con ser él quien llevara a su hija o hijo en brazos.
Recordó las promesas que alguna vez se hicieron.
"Mentías mientras me abrazabas", pensó, apretando los dientes.
Llegó al estadio con el corazón hecho pedazos.
Entró directamente al vestidor, tirando su mochila en el primer banco vacío que encontró.
Uno de sus compañeros, Andrew, se le acercó.
—Hey, hermano. ¿Estás bien? —pregunta al notar su rostro sombrío.
Scott traga saliva.
—Sí. Sólo... necesito ganar este juego. Nada más.
Andrew le dio una palmada en la espalda.
—Vamos a hacerlo, hermano. Hoy es nuestro día.
Scott asintió, forzando una sonrisa.
Pero por dentro, sentía que ya había perdido la batalla más importante.
No en el campo.
Sino en su corazón.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Julieta seguía caminando feliz al lado de Michael.
—¿Crees que deberíamos comprarle otro gorrito? —preguntó ella, acariciando la cabeza de Aura Anaís.
Michael sonrió.
—Claro. Y uno para ti también, por ser la mamá más hermosa de Boston.
Ella rodó los ojos, divertida.
—Eres un tonto —le dijo, dándole un leve empujón.
Él se rió y volvió a abrazarla de la cintura.
—Soy un tonto... pero soy tu tonto.
Julieta sonrió, ignorando que a pocos metros, alguien la había visto.
Alguien que la amó profundamente.
Alguien que ahora pensaba que ella no era más que un error en su vida.
La noche en Boston caía pesada, como una manta húmeda.
Después del partido, la villa privada de los jugadores era un caos controlado: alcohol, música alta, y cuerpos bailando sin sentido.
Modelos, fanáticas, y mujeres de toda clase se mezclaban en busca de una oportunidad.
Scott estaba sentado en un rincón oscuro, con una botella en la mano y el ceño fruncido.
Había jugado bien, había ganado.
Pero no sentía nada.
Nada, salvo un vacío insoportable.
Apretó la botella, deseando que el alcohol fuera suficiente para borrar la imagen de Julieta riéndose en brazos de Michael.
—¿Puedo sentarme? —preguntó una voz femenina.
Scott alzó la vista, y allí estaba ella.
Pamela.
Una mujer de figura imponente, curvas peligrosas, cabello perfectamente alisado y un vestido n***o tan ajustado que parecía pintado sobre su piel.
Sus ojos lo estudiaban con un brillo felino.
—Haz lo que quieras —gruñe él, dándole otro trago a la botella.
Pamela sonrió de lado, como una cazadora acercándose a su presa herida.
Se sentó muy cerca, tanto que su perfume floral invadió el aire entre ellos.
—Mal día, ¿eh? —dijo, rozando su rodilla contra la de Scott como si fuera accidental.
Él soltó una carcajada amarga.
—Algo así.
Pamela fingió un suspiro comprensivo, pero su mirada no era de compasión.
Era hambre.
—No deberías estar solo —le susurró, inclinándose hacia él—. No cuando hay personas que... realmente saben apreciarte.
Scott alzó una ceja, confundido.
Ella continuó, bajando aún más la voz, hasta que fue casi un ronroneo:
—Mientras tú lo das todo en el campo... hay quienes te olvidan en la cama.
Scott apretó la mandíbula.
Pamela sonrió internamente: su veneno comenzaba a hacer efecto.
—No tienes idea —murmura él.
Ella le acarició la muñeca, despacio.
—Quizá más de lo que imaginas —dijo—. ¿Sabes? Siempre te he admirado.
No sólo como jugador... —sus labios rozaron apenas su oreja— también como hombre.
Scott cerró los ojos un instante.
"Julieta ya no me quiere", pensó, la amargura apoderándose de su pecho.
"Está con otro... con su nueva familia."
Pamela aprovechó su silencio para pegarse más a él.
—Déjame ayudarte a olvidar... sólo por esta noche. No me sigas alejando.
Él la miró, y por un momento, su conciencia intentó resistirse.
Pero el dolor, el alcohol y la soledad eran más fuertes.
Scott dejó la botella a un lado.
Pamela le sonrió triunfante.
—Ven conmigo —susurra, tomándolo de la mano.
Lo llevó por el corredor de la villa, esquivando cuerpos ebrios y risas vacías.
Entraron a una habitación privada y Pamela cerró la puerta tras ellos.
Antes de que Scott pudiera pensar, ella ya lo estaba besando con desesperación, como si hubiera esperado toda su vida ese momento.
Y Scott... no la detuvo.
Se dejó arrastrar.
No por deseo.
No por amor.
Sólo por el odio que crecía dentro de él.
Odiaba a Julieta.
Odiaba a Michael.
Y en el fondo, se odiaba a sí mismo.
Horas después, mientras Pamela dormía desnuda entre las sábanas, Scott se sentó al borde de la cama, mirando la ventana con los ojos vacíos.
No se sentía mejor.
No se sentía vengado.
Sólo más solo que nunca.
—Eres un imbécil —se dijo a sí mismo en voz baja, pasándose las manos por el rostro.
Pamela se removió en la cama, murmurando su nombre como una promesa venenosa.
Scott cerró los ojos.
Sabía que aquello no había terminado.
Pamela no era una mujer que se conformara con una noche.
Ella quería más.
Y ahora que lo había probado, no lo dejaría escapar tan fácilmente.
Él, sin saberlo, había abierto la puerta a algo mucho más peligroso que el desamor.