Enfrentamiento silencioso

1036 Palabras
El estadio vibraba aquella tarde. Los reflectores iluminaban la cancha y el rugido del público hacía temblar las gradas. Scott Alonso Bianchi corría con energía renovada, esquivando defensas, lanzando pases perfectos, anotando con una fuerza y destreza que le valieron varias ovaciones. Ese año era el suyo. —¡Bianchi Caruso! —gritó su entrenador, dándole una palmada en la espalda—. ¡Eso fue increíble, muchacho! ¡Las grandes ligas ya están preguntando por ti! Scott sonrió de medio lado, secándose el sudor de la frente. Sentía la adrenalina en cada vena. El esfuerzo de años finalmente comenzaba a rendir frutos. Nada podría arruinar ese momento… O eso pensaba. —¡Michael! —escuchó una voz masculina cercana. Se giró apenas, reconociendo esa voz familiar... y ese nombre maldito. Allí, a pocos metros, vio a Michael Barrientos, con su típica chaqueta elegante, rodeado de algunos jugadores y periodistas deportivos. Hablaba animadamente, como si fuera el dueño del mundo. Scott entrecerró los ojos, acercándose disimuladamente, como quien no quiere la cosa, sólo para escuchar de qué se trataba la conversación. —...Sí, ya nos mudamos a Boston —decía Michael, sonriendo como un triunfador—. Julieta está increíble, adaptándose a la vida de casados. Y Aura Anaís, mi princesita, está creciendo tan rápido... Scott sintió un pinchazo en el pecho. Aura Anaís. La niña que pudo ser de él y de la mujer que amaba ahora esa suerte le tocó a otro maldito hombre. Sus dientes crujían y sus nudillos quedaron blancos al apretar los puños. —Debes estar orgulloso, Barrientos —dijo uno de los jugadores riéndose—. Te casaste con una mujer preciosa que todos admiraban y deseaban y además tienes una hija hermosa, la vi en fotos en un anuario deportivo...supe que la revista Speed pago millones por la primicia de su carita. ¡Te ganaste la lotería! —Eso dicen todos —rió Michael—. Muchos piensan que la niña sacó mis ojos. ¿Te imaginas? —bromeó—. Pero bueno... es igualita a su madre, me conformo con que sea una buena chica y yo simplemente ser un buen padre ¿no? Todo el mundo lo cree, y yo... no voy a decepcionarlos. Scott sintió como si una bomba explotara dentro de él. Michael lo sabía. Sabía que no era su hija. Y aún así, jugaba esa farsa... Lo presumía...de aprovechaba de los medios y sus conexiones. Se adueñaba de todo lo que sospechaba que quería Scott. Scott tuvo que morderse la lengua para no armar un escándalo allí mismo y desencajarle la quijada. —Tranquilo —se dijo a sí mismo en silencio, dándose media vuelta y alejándose a pasos largos. El entrenador lo vio pasar como una exhalación. —¡Bianchi! ¿A dónde vas? —A correr unas vueltas —gruñó Scott sin detenerse—. Necesito liberar energía. Esa noche, en su pequeño departamento, Scott golpeaba el saco de boxeo instalado en la sala, con furia desbordada. —¡Maldito Barrientos! —gritaba entre golpes—. ¡Te robaste mi vida! Recordó los momentos con Julieta. Sus risas, sus abrazos, sus sueños compartidos. Y luego, el dolor. El rechazo. La soledad. El supuesto engaño. Ahora, Michael disfrutaba de todo lo que él perdió o dejo escapar. Y Julieta... ¿qué pensaba ella? ¿De verdad era feliz con Michael? ¿O simplemente prefería la comodidad de esa mentira? Se dejó caer al suelo, respirando agitadamente. —No... —se prometió en voz baja—. No dejaré que esto me destruya. Se levantó, secándose el sudor de la frente. Si algo sabía hacer, era luchar. La temporada siguió avanzando, y Scott brillaba en cada partido. Su nombre comenzó a sonar con fuerza en los medios deportivos. —¡Scott, el mariscal de campo del año! —anunciaban los comentaristas—. ¡Imparable, letal, un titán en el campo! Fue convocado a pruebas especiales. Representantes de equipos profesionales lo observaban de cerca. —Prepárate, hijo —le dijo su entrenador, abrazándolo—. El próximo año estarás en las grandes ligas. Scott asintió, con su mandíbula tensa. El éxito sabía amargo en su boca. ¿Qué era la gloria si el amor de su vida estaba en brazos de otro? Pero no iba a detenerse. No otra vez. No por ella. Un mes después, firmó contrato con uno de los equipos más importantes de la liga profesional. La noticia explotó en todos los medios. Scott sonrió para las cámaras, levantando su camiseta con el número de su nuevo equipo. Pero por dentro, sentía un vacío que ningún trofeo, ningún contrato millonario, podría llenar. Esa noche, mientras firmaba autógrafos en una gala de bienvenida, volvió a ver a Michael. —¡Scott! —dijo este con una sonrisa cínica, acercándose con su copa de champán en mano. Scott lo miró con frialdad. —Barrientos. —Escuché las noticias —dijo Michael, fingiendo entusiasmo—. Felicidades, hombre. Grandes ligas... no todos llegan tan alto. Seguiré apoyando a tu equipo con una buena inversión. Scott apretó los dientes. —Algunos preferimos ganarlo todo limpiamente —dijo, con voz baja pero cargada de veneno—de esos temas puede hablarlo con el entrenador y los ejecutivos. Michael entrecerró los ojos. —¿Algo que quieras decirme? Scott sonrió sarcásticamente. —No. Sólo disfruto ver cómo algunos se conforman con robar lo que no pueden conseguir por sí mismos. Michael se acercó un paso más, bajando la voz. —Ella me eligió, Scott. Ella me eligió a mí. Acepta tu derrota y sigue con tu miserable vida. Scott soltó una pequeña risa amarga. —¿Ella te eligió...? ¿O simplemente no tuvo opciones? Michael endureció la expresión. —Da igual cómo pasó. Lo importante es que ahora... ella y mi hija son mi familia. No puedes cambiar eso. Scott dio un paso atrás, respirando hondo. —Disfrútalo mientras dure, Barrientos —dijo, dándose la vuelta para marcharse—. Porque algún día... las verdades siempre salen a la luz. Y esa promesa quedó suspendida en el aire, como una amenaza silenciosa. Scott había perdido la primera batalla... Pero la guerra aún no había terminado.
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