Julieta despertó al sentir los dedos de Michael rozarle la espalda. No era un roce casual. Era posesivo. Lento. Intencionado. El sol apenas despuntaba por la ventana, pero él ya estaba despierto, observándola como si fuera su tesoro más valioso.
—No te muevas —ordena en voz baja, con ese tono grave que siempre le erizaba la piel.
Ella obedeció sin pensar. No por miedo, sino porque su cuerpo ya había aprendido a responderle. Michael era así: exigente, protector, envolvente. Y ahora ella no solo era suya, también le pertenecía.
—¿Dormiste bien? —pregunta él, con los labios rozándole el cuello.
Julieta asintió, sin poder hablar. Sentía el corazón desbocado. Se siente llena. Lo siente aún dentro de ella, con una ërecciön.
Michael sale de dentro de ella, la gira con suavidad, hasta quedar sobre ella. Sus brazos formaban una jaula segura, una prisión que ella no quería abandonar. Vuelve a pënëtrarlä lentamente.
—Eres mía, Julieta. ¿Lo sabes, verdad? —le susurra, rozando su nariz con la de ella—. No hay un solo rincón de tu alma que no me pertenezca ya—empuja más profundo.
—¡Ummm!...Lo sé —susurra ella en un gemido—. Lo siento cada vez que me miras como ahora.
Él sonríe con satisfacción. Le acaricia el rostro con la yema de los dedos, como si se asegurara de que estaba despierta, de que no era un sueño más. Luego besa su pecho, su cuello, cada espacio donde su piel tiembla con la suya.
—Te lo advertí —murmura él—. Entraste en mi mundo... y ahora no voy a soltarte.
Julieta se aferra a él, hundiendo los dedos en su espalda.
—No quiero que lo hagas.
Él gruñó suave, como si esas palabras encendieran algo primitivo dentro de su pecho. La tomó con firmeza, marcando el ritmo, lento al inicio, como si deseara que cada segundo se tatuara en su cuerpo.
—Dímelo otra vez —pidió él, mientras sus labios viajaban por su clavícula.
—Eres mío... —dijo ella, entre jadeos—. Solo mío.
—Y tú... —respondió con voz áspera, mientras se hundía en ella como si fuera el centro de su universo—. Eres mi obsesión, Julieta. Mi locura. Mi mujer.
Esa mañana no hubo prisa, no hubo relojes ni mundo exterior. Solo estaban ellos, con sus cuerpos entrelazados, mientras sus almas hablan sin palabras. Michael no solo la tomaba con pasión. La adoraba. A su manera, con ese amor que no sabía de medias tintas.
Cuando terminó de venirse dentro, la abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
—Te voy a proteger, Julieta. Te lo juro. Nadie va a alejarte de mí.
Ella sonrió, sintiendo el calor de sus brazos. Ahora estaba dolida y desorientada.
—Gracias por amarme.
Michael cerró los ojos. Ya no era un juego, ni una conquista. Era amor desenfrenado. Era necesidad. Era la certeza de que nunca dejaría que nadie más la tocara.
Jamás.
Al final del día luego de regresar del trabajo y cenar pizza con refresco, siente la necesidad de darse un baño.
—Me daré una ducha.
—Yo usaré el otro baño.
Cuando él termina y entra en la habitación, ella estaba en toalla.
Michael se voltea de inmediato, dándole la espalda.
—Perdón, perdón... no sabía que estabas aquí —balbucea, retrocediendo torpemente—. No vi nada, lo juro.
Julieta soltó una risita nerviosa.
—Tranquilo... —dijo, sintiendo algo cálido en el pecho al ver lo respetuoso que era—Ya me has visto desnuda y has besado cada centímetro de mi cuerpo.
Michael cerró la puerta y apoyó la frente en ella, suspirando.
—Lo sé, te daré tu espacio de todos modos, me vestiré en el baño.
—Como quieras.
—Maldita sea... —murmura para sí mismo cuando estuvo solo.
Mientras tanto, Julieta terminó de secarse, sonriendo levemente. Se puso una batita corta de algodón, cómoda y sencilla, y se acomodó en la cama, tomando un libro. Se sentía... rara. Emocionada, nerviosa. ¿Qué le pasaba?
Minutos después, Michael entró al baño. El sonido del agua de la regadera llenó el silencio.
Julieta pasó las páginas de su libro lentamente, aunque apenas podía concentrarse.
Poco después, la puerta se abrió y Michael salió. Solo llevaba puestos unos pantalones deportivos y una toalla sobre los hombros. Su cabello mojado le caía desordenadamente sobre la frente.
Se detuvo al verla.
Julieta, con la batita corta, sentada en medio de la cama, con las piernas cruzadas y el libro en las manos. Sus ojos se encontraron en un momento cargado de algo que ninguno quiso nombrar todavía.
Michael se pasó una mano por el cabello, incómodo.
—¿Quieres que prepare la cena? —preguntó, con la voz un poco más ronca de lo normal.
Ella dejó el libro a un lado y sonrió.
—Ven acá —dijo en voz baja.
Él obedeció, caminando hacia ella.
—Tu cabello —dijo Julieta, tomando la toalla de sus hombros—. Estás todo empapado. Te vas a resfriar.
Michael se agachó frente a ella, en el suelo, mientras Julieta le frotaba el cabello con la toalla. Sus dedos rozaban su cuero cabelludo con tanta suavidad que Michael cerró los ojos, disfrutándolo.
—Así... —murmura ella—. Mejor.
Michael abre los ojos y la mira.
Tan cerca. Tan hermosa. Tan suya, aunque no se atrevía a insinuarse primero.
Ella baja la toalla y dejó sus manos en los lados de su rostro.
—Gracias por ser tan paciente conmigo —susurra Julieta.
—Julieta... —susurra él, su voz apenas un eco de la emoción que sentía.
Ella se inclina primero.
Sus labios tocaron los de Michael, despacio, con una timidez que pronto fue arrasada por la pasión contenida.
Michael no se movió al principio, sorprendido, temeroso de asustarla. Pero cuando Julieta apoyó su frente en la suya, susurrando su nombre, ya no pudo resistir más.
Sus labios se encontraron de nuevo, esta vez más firmemente.
Se besaron con hambre, con ternura, con la desesperación.
Michael se levantó de rodillas, apoyando sus manos a los lados de su rostro, acariciándola con una dulzura infinita.
—¿Estás segura? —preguntó contra sus labios, su respiración agitada.
Julieta asintió, sus ojos brillando.
—Yo quiero, Michael —susurra—. Me cuidaste... me respetaste... me amaste sin pedir nada a cambio. Quiero entregarme a ti cada vez que quieras.
Michael la miró como si fuera su más preciado tesoro.
—Te prometo... —dijo, su voz temblando de emoción—. Te prometo que siempre te voy a cuidar, a ti y a nuestra niña.
Julieta sonrió, con lágrimas en los ojos, y volvió a besarlo.
Se recostaron juntos, explorándose despacio, sin prisas, dejando que sus cuerpos hablaran en un idioma que ninguno de los dos necesitaba aprender.
Él acariciaba cada centímetro de su piel como si fuera algo sagrado por segunda vez.
Ella se entregaba, confiando plenamente en ese hombre que le había dado paz cuando su mundo era un caos.
La noche se llenó de susurros, besos, gemidos y caricias.
Horas después, cuando el cansancio los venció, Julieta estaba recostada sobre el pecho de Michael, dibujando círculos sobre su piel con los dedos.
—¿Sabes? —murmuró ella, medio adormilada—. No me arrepiento de nada.
Michael sonrió, besando su frente.
—Yo tampoco, amor.
Julieta suspiró.
—Eres mi hogar.
Michael cerró los ojos, apretándola un poco más contra él.
—Y tú eres mi vida junto a tu hija.