La semana había pasado tranquila desde aquella primera vez.
Michael seguía tratándola con el mismo respeto y paciencia de siempre. Aunque ahora, había algo diferente entre ellos. Algo más intenso, más eléctrico.
Era un sábado por la tarde. Julieta dormía una siesta ligera en la habitación, mientras Michael, sintiendo la sangre arderle en las venas, decidió encerrarse en el baño como de costumbre.
Cerró la puerta con cuidado. Se apoyó en el lavabo, respirando hondo.
—Es normal... —se dijo a sí mismo en voz baja—. Es normal sentir esto. No quiero presionarla... no quiero apresurarla... es la única forma de aguantar y contenerme.
Pensar en Julieta, en su sonrisa, en su cuerpo cerca del suyo... era una tortura dulce. Sus pechos, sus caderas, su espalda. Desea hundir sus labios en su humedad y poseerla. Hacerla gemir hasta desmayar.
Se dejó caer en el borde de la tina, cerrando los ojos, dejando que la imaginación lo envolviera.
Sus manos bajaron lentamente, buscando alivio. Saca su vìrìlidäd y empiesa a acariciarse.
Pero le tomaría tiempo venirse.
Julieta despertó poco después, estirándose perezosamente. Se puso de pie, notando que Michael no estaba en la habitación.
—¿Michael? —llamó en voz baja.
No obtuvo respuesta.
Caminó hasta él baño. Notó la puerta del baño entreabierta.
Iba a llamarlo de nuevo, pero un pequeño gemido sofocado la detuvo.
Se quedó helada unos segundos.
Se acercó con cautela, empujando la puerta apenas unos centímetros más.
Allí estaba Michael, sentado en el borde de la tina, su cabeza echada hacia atrás, sus mejillas enrojecidas, su mano moviéndose lentamente sobre su eje.
Julieta se cubrió la boca para no hacer ruido.
Un calor desconocido subió por su cuello hasta su rostro.
Sintió el corazón latirle desbocado.
No sabía si debía irse, pero algo en ella la impulsó a entrar.
Empujó la puerta, haciéndola rechinar levemente.
Michael abrió los ojos, sobresaltado.
—¡Julieta! —se incorporó de inmediato, intentando cubrirse, con su rostro rojo como el fuego—. Lo siento... yo... no quería que vieras esto... no debí ocupar el baño tanto tiempo.
Ella, con las mejillas encendidas, cerró la puerta tras de sí.
—¿Por qué haces eso...? —pregunta en un susurro, acercándose.
Michael traga saliva, apretando los ojos, aparentemente mortificado.
—Porque... —dijo en voz baja—. Es difícil estar cerca de ti... sentirte tan cerca y no desearte. Pero no quiero presionarte, Julieta. No quiero que pienses que sólo me importas por... esto. Así que... prefiero arreglarlo yo solo.
Julieta se detuvo frente a él, con su corazón golpeándole las costillas.
—¿Te reprimes... por mí? —murmura.
—Siempre —admitió Michael, mirándola a los ojos con deseo—. Te amo, Julieta. Y si tengo que esperar una eternidad, lo haría. Pero soy hombre, también... y verte, tenerte tan cerca... a veces me supera. Es la única forma de desahogarme y no lanzarme a ti.
Ella sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
Michael, siempre tan fuerte, tan paciente, también sufría. También la deseaba.
Se arrodilló frente a él, tomando sus manos temblorosas.
—No quiero que sufras, Michael.—susurra.
—No estoy sufriendo —sonrió él, acariciando su mejilla—. Eres lo mejor que me ha pasado. No te debes sentir obligada a nada, ¿sí?
Julieta negó con la cabeza.
—No es obligación... —dijo con un brillo en los ojos—. Es... deseo.
Michael la miró, sus pupilas dilatándose.
—¿Deseo? —repitió, como si la palabra fuera demasiado buena para ser verdad—¿Entonces puedes ayudarme a venirme?
Julieta asintió, acercándose más, hasta sentir el calor de su cuerpo.
—Quiero... —susurra ella—. Quiero que me enseñes cómo se siente amarnos... sin miedo... sin reservas. Somos esposos y es mi deber como esposa satisfacerte.
Michael soltó un gemido casi inaudible, cerrando los ojos.
—Julieta... no sabes cuánto soñé con oír eso.
Ella sonrió tímidamente, tomando su rostro entre sus manos.
—Enséñame... cómo hacerte sentir bien—susurra contra sus labios.
Él la besó con toda la ternura que había guardado por tanto tiempo, como si besarla fuera respirar.
La cargó en sus brazos, llevándola de regreso al cuarto.
La habitación estaba bañada por la luz tenue de la tarde. Julieta, sentada al borde de la cama, sentía el corazón latirle como si cada latido fuera una advertencia. Michael estaba frente a ella, observándola con esos ojos oscuros que parecían desnudarla sin necesidad de tocarla.
—¿Sabes lo que provocas en mí, Julieta? —susurra él, caminando hacia ella con pasos lentos pero seguros—. Desde que entraste en mi vida, no hay día que no te imagine solo mía. Cada maldito día...
Ella levanta la vista, tragando saliva. Podía sentir el peso de su mirada, cómo se apoderaba de ella sin pedir permiso, pero lo más desconcertante era que no quería huir.
—Michael...
Sintió miedo al verlo ërectö cuando se quitó el pantalón.
—No me digas que ya te arrepentiste—interrumpió él, deteniéndose justo frente a ella, mientras la devoraba con la mirada. Le tomó el mentón con una mano firme, pero suave—. No me digas que me calme, que lo piense. No sabes cuánto me contengo para no devorarte cada vez que te acercas. Pero esta vez... no voy a detenerme, Julieta. Tu me lo pediste.
Julieta respiró hondo. Había algo en la forma en que él la miraba que le quitaba el aliento. Tenía miedo y deseo. Deseo por experimentar como será hacer el amor con él. ¿Que tan diferente sería de su antiguo amor?
Mierda...no debió recordarlo.
Ya no hay vuelta atras. Esa sería una rendición suave al fuego que él representa en su vida actual.
—¿Continua, no quiero que te detengas? —susurra ella, apenas audible.
Una sombra de placer cruzó por el rostro de Michael. La atrajo hacia sí, haciéndola quedar de pie frente a su pecho, que subía y bajaba con fuerza contenida.
—Entonces, escúchame bien —dijo, acercándose a su oído—. Cuando te tenga, será como yo quiera. A mi ritmo. A mi manera. Serás mía, cuerpo y alma.
Julieta cerró los ojos, estremeciéndose. No sabía en qué momento había dejado de resistirse. Tal vez nunca lo hizo. Tal vez, desde que lo conoció, su destino había sido caer en esa red invisible que él tejía con palabras y miradas.
Michael la besó con fuerza, apoderándose de sus labios como si fueran la última fuente de oxígeno en el mundo. La levantó en brazos con facilidad, llevándola de regreso hacia la cama sin romper el beso.
—Quiero que lo recuerdes siempre, está es nuestra primera vez —murmura, mientras la depositaba entre las sábanas con la devoción que lo caracteriza cuando acaba de ganar algo—. Nadie te tocará como yo. Nadie te amará como yo. Porque tú eres mía.
—Y tú... —susurra Julieta, perdida en sus ojos—. Tú eres mi esposo.
Michael sonrió, satisfecho, con la certeza de que ya no había vuelta atrás. Había ganado su corazón... y con él, todo lo demás.
El la desnuda y comienza su ritual de apareamiento. La lamió, la mordió y la chupo por todos lados.
Julieta se vino en su boca, luego cuando el la pënëtrö lentamente disfrutando cada segundo.
Julieta aún no se había recuperado del estremecimiento cuando Michael volvió a besar su cuello, como si no pudiera despegarse de ella.
—No he terminado contigo, cariño—susurró contra su piel—. No sé si algún día pueda hacerlo.
Ella lo miró, con las mejillas encendidas, intentando recuperar el aliento. Su interior estaba muy caliente.
—Michael… —susurra, temblando al sentir cómo su cuerpo volvía a reaccionar ante él—. Apenas puedo moverme.
Él sonríe con esa expresión oscura y embriagadora que siempre la desarmaba.
—Entonces no te muevas. Déjame hacerlo todo… otra vez.
—Estás insaciable —murmura ella, apenas conteniendo una sonrisa.
Michael deslizó los labios por su clavícula mientras hablaba con voz ronca:
—Lo soy… de ti. Me muero por tu piel, por tu olor, por la forma en que gimes mi nombre. No quiero aire, no quiero agua, solo a ti. Julieta… me volviste loco desde el primer día. Ahora soy un hombre perdido y tú eres mi única dirección.
Ella le acarició el rostro, sintiendo cómo vibraba de necesidad.
¿Acaso esa manera de amar era sana?
—¿Y si un día me canso de ti?
Michael la miró fijo, deteniéndose en seco. Su voz salió baja, casi grave:
—Entonces te seguiré amando… desde lejos. Pero si te tengo cerca, Julieta, te lo advierto… —le sujetó el rostro con una pasión contenida y algo de presión—. No te dejaré escapar. Eres mía. Aunque intentes alejarte, tu cuerpo ya me pertenece. Y lo voy a reclamar… cada noche.
Julieta sintió que su corazón latía como un tambor.
—Eres tan intenso…
—No sé amar de otra forma —susurra él—. Y tú despertaste lo peor y lo mejor en mí.