Julieta, paralizada por la escena que se desarrollaba frente a ella, intentó decir algo, pero no pudo. La sorpresa y el miedo la dejaron sin palabras.
Su madre, que estaba observando todo con una expresión de desconcierto, fue la primera en reaccionar.
—¿Qué está pasando aquí, Michael? —pregunta, algo confundida—. ¿Julieta está embarazada?
Michael, sin dudarlo, asintió con la cabeza.
—Sí. Y, después de pensarlo mucho, quiero darle a Julieta una oportunidad. Quiero ayudarla, no solo con el bebé, sino con todo lo que venga. Y lo más importante, quiero estar a su lado.
El padre de Julieta, con los ojos abiertos de par en par, también pareció impactado, pero no dijo nada. Sabía que la situación era difícil, pero al mismo tiempo, comprendía que esta era una oportunidad para que su hija no enfrentara este momento tan complejo sola. Ve a Michael como un buen partido. Además lo había visto incontables veces rondando a su hija.
Julieta miró el anillo, y una parte de ella sentía que quizás no tenía otra opción. Sabía que, si aceptaba la propuesta de Michael, podría tener el apoyo y la estabilidad que tanto necesitaba, pero al mismo tiempo, su corazón aún deseaba que Scott estuviera allí para ella. ¿Sería injusto darle una oportunidad a Michael cuando todavía sentía algo por Scott?
¡No....es una locura! Este bebé ni siquiera es de él!—piensa ella.
Valentina, viendo la indecisión de su hermana, y sabiendo la verdad de quién es el padre, se acerca a ella y le susurra al oído.
—Tienes que aceptarlo, Julieta. Él te está dando todo lo que necesitas. Es lo que más importa ahora.
Julieta miró a su madre, luego a su padre, y finalmente, a Michael, que la observaba con esperanza.
—No puedo... —dijo, su voz quebrada—. No puedo aceptar esto ahora. No estoy lista para tomar una decisión tan importante.
Michael se acercó a ella, tomándola suavemente de las manos.
—Te doy el tiempo que necesites, Julieta. Lo único que quiero es que sepas que siempre estaré aquí para ti, para ti y para nuestro hijo. —Le susurra, mientras la miraba con ternura—. Si alguna vez decides que lo nuestro es una oportunidad, yo estaré esperando. Pero acepta el anillo. Cuando lo pienses bien, úsalo.
—No puedo.
Julieta lo mira, sintiendo una mezcla de emociones. Sabía que sus decisiones no solo afectarían su vida, sino también la de su bebé. Aun así, sentía que necesitaba tiempo para procesar todo lo que estaba sucediendo y tomar una decisión que fuera lo mejor para ella y para su futuro.
Mientras tanto, en lo más profundo de su ser, algo le decía que debía seguir adelante con su vida, pero no sabía si estaba lista para dejar ir todo lo que había soñado.
Días después, Julieta observaba el pequeño test de embarazo con las manos temblorosas.
Una, dos, tres veces lo había repetido. Todas daban el mismo resultado: positivo.
El corazón le latía tan fuerte que pensaba que podría desmayarse en cualquier momento.
—No puede ser... —susurra, sentándose en el borde de la bañera, sintiendo que el mundo entero se inclinaba bajo sus pies.
Se lleva una mano a la boca, luchando por contener un sollozo. No sabía si llorar de miedo, de felicidad, o de pura incertidumbre. Su mente bullía: ¿qué haría? ¿Qué pasaría con su trabajo como porrista? ¿Qué pasaría con Scott? ¿Y con ella misma?
Se miró al espejo, viendo su reflejo.
Se veía igual, pero dentro de ella, ya todo era diferente.
Esa tarde, Julieta reunió a sus compañeras de animación en el gimnasio, su santuario durante tantos años. Cada paso hacia el centro del círculo de chicas la sentía como una despedida amarga.
—Chicas... —su voz se quebró apenas comenzó.
Todas la miraron, expectantes. Y sus enemigas sonrientes. Pamela se encargó de regar la noticia a su conveniencia.
—Voy a dejar el equipo —soltó de golpe, cerrando los ojos unos segundos.
Hubo un murmullo generalizado. Alguien preguntó:
—¿Pero por qué? ¡Eres nuestra mejor animadora!—le dice Babel.
Julieta respiró hondo. No quería esconderse.
—Me dedicaré a otra cosa, retomaré mis estudios—confesó, dejando que las palabras cayeran como una bomba en la sala.
Un silencio espeso se instaló. Luego, poco a poco, las chicas comenzaron a acercarse. Una le tomó la mano, otra le acarició el brazo. No había odio ni reproche, solo sorpresa... y apoyo.
—Te vamos a extrañar —dijo Natalia.
—Eres valiente, Julieta —agregó Sofía.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Yo también las voy a extrañar.
La decisión de alejarse de Scott no fue fácil.
Ni un poco.
Pasaba las tardes acostada mirando el techo, preguntándose si debería llamarlo, decirle. Pero no podía. El mundo de Scott estaba lleno de presiones, de promesas de grandeza que no incluían un embarazo no planeado.
—Debes protegerte a ti y al bebé —se repetía una y otra vez.
Así, empezó a construir su mundo sola. O al menos, eso pensaba... hasta que Michael apareció nuevamente.
Una tarde cualquiera, mientras Julieta barría el patio de su casa, una bocina sonó desde la calle.
Se asomó, y allí estaba Michael, bajando de una camioneta negra brillante, cargando cajas enormes.
—¡Michael! ¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida, soltando la escoba.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Traje algo para ti... y para nuestro bebé —dijo, enfatizando "nuestro" como si fuera la cosa más natural del mundo. O que ella lo daba por sentado que iban a estar juntos.
—Michael... yo no sé...
—Shhh... —la interrumpió, cruzando la reja como si fuera su casa de toda la vida—. No tienes que decir nada. Déjame ayudarte, ¿sí?
Antes de que pudiera protestar, él entró cargando cajas: una cuna hermosa de madera blanca, juguetes suaves, mantitas de colores pasteles, ropa diminuta que parecía sacada de un catálogo de sueños.
—Michael, esto es demasiado —dijo ella, conmovida hasta el borde de las lágrimas.
—No es suficiente —replicó él—. Tú mereces todo esto, Julieta. Tú y tu bebé.
Ella bajó la mirada, abrumada.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
Michael dejó una caja a un lado, se acercó y le levantó el rostro con dos dedos.
—Porque te amo, Julieta. Porque desde que te vi supe que eras diferente. No me importa quién sea el padre de ese bebé... quiero ser yo quien esté a tu lado. Yo deseo criarlo ¿Me dejarías?
Julieta tragó saliva, incapaz de hablar.
En los días que siguieron, Michael estuvo en cada momento.
Citas médicas, compras de última hora, arreglos en la casa.
—Vamos a pintar la habitación del bebé de color menta —dijo un día, mientras se subía a una escalera con un rodillo en la mano.
—¿No es muy neutro? —bromea Julieta desde abajo.
—Perfecto para quien todavía no sabe si será futbolista o bailarina de ballet —rió él, manchándose la nariz de pintura.
Julieta soltó una carcajada, por primera vez en semanas.
Era fácil estar con Michael. Fácil reír. Fácil soñar.
Una noche, después de cenar juntos en la vieja mesa de su casa, Michael se acercó más, serio.
—Julieta, quiero preguntarte algo.
—¿Qué cosa?
Él metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña cajita de terciopelo azul.
El corazón de Julieta se detuvo.
—No es lo que piensas —dijo él rápidamente, riendo—. Es un regalo... algo simbólico.
Dentro de la caja había una cadenita de oro, con un pequeño dije en forma de estrella.
—Para que recuerdes que, pase lo que pase, tú y tu bebé son mi luz.
Julieta lloró, incapaz de contenerse. Se lanzó a sus brazos, abrazándolo fuerte, sin palabras.
Michael la sostuvo, protegiéndola del mundo.