El día del parto llegó de improviso.
Julieta estaba acomodando ropa de bebé en una cómoda recién instalada cuando sintió una punzada aguda en el vientre.
—Oh, no... —jadeó, apoyándose contra la pared.
Otra contracción, más fuerte.
El pánico la envolvió. ¿Y si el bebé venía demasiado rápido? ¿Y si estaba en peligro?
Temblando, tomó su celular. Llamó a su madre: buzón de voz. Llamó a su padre: nada.
Y Valentina estaba en el colegio.
—¡Maldita sea! —gritó, con lágrimas en los ojos.
Recordó entonces a Michael.
Con dedos temblorosos, marcó su número.
—¿Julieta? —contestó él al instante.
—Michael... creo... creo que es hora —jadeó, intentando controlar el dolor.
—¡Voy para allá! ¡No te muevas!
Michael llegó en menos de diez minutos, derrapando frente a su casa.
Se bajó corriendo, la encontró encorvada en el sofá.
—¡Julieta! ¿Estás bien?
—No... —gimió ella—. Duele mucho...
—Vamos, mi amor. Ya es hora. Estoy aquí.
La cargó en brazos con una ternura brutal y la metió en la camioneta. Luego regreso por el bulto listo en la habitación de ella. Luego él conducía a toda velocidad hacia el hospital, no dejó de hablarle.
—Respira conmigo. Uno... dos... así, eso es... muy bien, princesa.
—Tengo miedo... —susurró ella, sollozando.
Michael le apretó la mano.
—Estoy aquí, Julieta. No vas a estar sola. Te lo prometí y lo voy a cumplir.
Llegaron al hospital. Michael saltó de la camioneta, corrió hacia la puerta de emergencias.
—¡Necesito ayuda! ¡Mi esposa está de parto! —gritó, olvidándose de todo protocolo.
En minutos, un par de enfermeros salieron con una camilla.
—Todo va a estar bien, amor —le dijo mientras la acomodaban—. Yo voy contigo.
Ella asintió, apretando su mano hasta casi romperle los dedos.
Justo cuando la llevaban hacia la habitación de partos, la madre Julieta llegó corriendo.
—¡Julieta! —gritó su madre.
Ella los vio entre la confusión de luces y médicos.
—Estoy bien... —logró decir, entre lágrimas—. Michael está conmigo. Esta en caja pagando el depósito.
La madre miró a Michael, y por primera vez, no vio al accionista ambicioso... sino al hombre que estaba ahí cuando más lo necesitaban. A Julieta la metieron a la habitación de cirugía.
Michael esperó en la sala como un león enjaulado.
Minutos que parecían horas.
Se levantaba, se sentaba, caminaba de un lado a otro.
Su mente no dejaba de imaginar escenarios horribles. ¿Estaría bien Julieta? ¿Estaría bien el bebé?
Un médico salió finalmente.
—¿Familia de Julieta Vargas Amador?
—¡Yo! —saltó Michael de la silla, corriendo hacia él.
—Ambos están bien. Fue un parto largo, pero todo salió perfecto. Tuvieron una hermosa niña.
Michael se quedó en shock unos segundos.
—¿Una niña?
—Sí. ¿Quiere pasar a verla?
—¡Claro que sí!
Corrió por los pasillos, guiado por el médico. Cuando abrió la puerta, allí estaba:
Julieta, pálida y cansada, pero sonriendo. La madre de Julieta había ido a su casa porque su esposo está en sillas de ruedas y tiene necesidades en donde no puede ir solo.
Y en sus brazos, una pequeña criatura envuelta en una manta rosa.
—Hola, Michael... —dijo ella, con lágrimas en los ojos.
—Hola, princesa —susurró él, acercándose.
Miró a la bebé. Tan pequeña. Tan perfecta.
—¿Quieres cargarla? —pregunta Julieta.
Michael traga saliva.
—¿De verdad?
Ella asintió, sonriendo.
Con manos temblorosas, Michael tomó a la niña, abrazándola contra su pecho.
—Hola, pequeña... soy yo, Michael —susurró, con los ojos brillando—. Y te prometo... que te voy a cuidar siempre. A ti y a tu mamá.
Julieta lloró en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo.
Por primera vez, sentía que estaba exactamente donde debía estar.
Y en ese instante, en esa pequeña sala de hospital, sin contratos, sin estadios, sin fama ni poder... nació una familia.
Michael fue por los padres de Julieta para que conozcan a su nieta.
La voz de Michael resonó en el hospital mientras hablaba con la recepcionista.
—¿Puede avisarles que ya llegaron? Son los padres de Julieta.
La mujer sonrió amable y asintió. Michael se volvió hacia ellos, dos adultos mayores de semblante preocupado.
—Tranquilos —dijo con una sonrisa serena—. Ella está mucho mejor. Ya pueden verla.
La madre de Julieta, doña Teresa, apretó las manos de su esposo, don Alberto, y siguieron a Michael por el largo pasillo.
Cuando llegaron a la habitación, Julieta los vio y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Mamá! ¡Papá! —sollozó, estirando los brazos hacia ellos.
Doña Teresa corrió a abrazarla con ternura mientras don Alberto le acariciaba la cabeza con suavidad.
Michael se apartó en silencio, dándoles espacio. Observó desde la puerta, sonriendo de manera cálida.
—Te ves mejor, hija —dijo don Alberto, su voz temblando de emoción. desde su silla de ruedas.
—Me siento mejor... —Julieta susurra, secándose las lágrimas—. Michael me ha cuidado mucho...
La madre de Julieta alzó la vista hacia el joven, quien rápidamente bajó la mirada, algo sonrojado.
—Él ha sido un ángel, Julieta —dijo doña Teresa, acercándose a Michael para tomarle las manos—. Gracias, muchacho. No sabemos cómo agradecerte.
—No tienen que agradecerme nada —respondió él, algo incómodo—. Lo hice porque... porque me importa.
Julieta lo miró en silencio, notando el brillo sincero en sus ojos.
Dos días después, el médico les dio buenas noticias.
—Puede irse a casa —anunció el doctor—, pero debe seguir reposo y cuidado estricto.
Michael se encargó de todo. Firmó los papeles de alta, cargó las maletas y la ayudó a subir al auto con infinita paciencia.
Durante el camino, Julieta rompió el silencio.
—No tenías que hacer todo esto...
—Claro que sí —contestó él sin mirarla—. No iba a dejarte sola.
Ella bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre su regazo, sintiendo algo extraño en el pecho, mientras mira a su bebé en su sillita de bebé a su lado.
Llegaron a la casa de sus padres, una casa modesta con jardín delantero. Don Alberto salió a recibirlos y Michael bajó de inmediato para abrirle la puerta a Julieta.
—Bienvenida a casa—le dice, ofreciéndole la mano.
—Gracias —responde ella, tomando su mano con timidez.
Doña Teresa apareció en el umbral y exclamó:
—¡Nuestra niña de vuelta!
Michael ayudó a Julieta a entrar, acomodándola en el sofá con cojines y mantas.
—¿Quieres algo? ¿Té? ¿Agua? —preguntó, inquieto.
—Estoy bien, gracias —murmura Julieta, sintiendo sus mejillas calentarse.
Doña Teresa observaba la escena con una sonrisa misteriosa.
Los días pasaron.
Michael visitaba todos los días, sin falta, llevando flores, postres, medicinas o simplemente su presencia tranquila.
Una tarde, mientras Julieta dormitaba en el sofá, escuchó a su madre susurrar en la cocina con su padre.
—Ese muchacho está enamorado de ella, Alberto. Se le nota hasta en la forma en que le acomoda la manta.
—Sí... —admitió don Alberto en voz baja—. Y no cualquiera hace tanto por alguien que no ama.
Doña Teresa suspiró, preocupada.
—Pero nuestra hija sigue con la cabeza dura...
Julieta, fingiendo estar dormida, frunció el ceño.
Esa noche, cuando Michael se fue, su madre se sentó a su lado.
—¿Puedo hablar contigo un momento, hija?
—Claro, mamá —respondió Julieta, enderezándose en el sofá.
Doña Teresa la miró intensamente.
—¿Qué piensas hacer con Michael?
Julieta parpadeó, sorprendida.
—¿Hacer? ¿A qué te refieres?