Confiando.

1944 Palabras
—Él se desvive por ti, Julieta. Se le nota en cada gesto, en cada palabra... —hizo una pausa—. ¿Por qué no te casas con él? Julieta se llevó una mano a la frente, desconcertada. —Mamá... ¡Yo no lo amo! La mujer no se inmutó. —¿Y qué? —preguntó con calma—. El amor no siempre nace como una explosión. A veces se siembra... se cuida... y crece con el tiempo. —Pero... —Julieta dudó—. ¿Y si nunca llego a amarlo? Doña Teresa sonrió con ternura. —¿No ves cómo te mira? ¿No ves cómo se preocupa por ti? ¿Cómo te hace reír, cómo te consiente? Eso no es solo cariño, hija. Es amor. Tú eres tan indecisa que aún no te decides ponerle nombre a la bebé y va para dos semanas de nacida. Aún no la declaras ni dejas que él la declare. ¿Que es lo que pasa entre ustedes? ¿Me están ocultando algo? Julieta baja la cabeza. Son demasiadas preguntas. —No quiero hacerle daño...Y en cuanto a fresita quiero elegir un nombre bonito para ella. Aún no me decido porque son muchos nombres bonitos. —Entonces no lo hagas, no lo rechaces —dijo su madre, acariciándole el cabello—. Dale una oportunidad. Deja que el amor crezca. Y en cuanto a fresita si no sabes cuál ponerle pide la opinión de su padre. No se porqué están en esta situación cuando podrían estar viviendo juntos. Julieta se mordió el labio. —¿Y si me equivoco? —Todos nos equivocamos alguna vez —susurró doña Teresa—. Pero a veces, equivocarse por amor vale la pena. Si él te hizo algo perdónalo. Valentina que escuchaba solo mira a su hermana. Al día siguiente, Michael llegó como siempre, con una bolsa de pan recién horneado. —¡Huele delicioso! —exclamó doña Teresa, recibiéndolo en la puerta. Julieta, desde el sofá, lo vio entrar, tan atento, tan sencillo, tan suyo. Michael sonrió y se acercó a ella. —¿Cómo te sientes hoy? —Mejor —respondió ella, sonriéndole de vuelta sin darse cuenta. —Traje tu pan favorito. El de nuez y canela. —Eres increíble, Michael... Él se encogió de hombros, tímido. —Solo quiero que estés bien. Hubo un breve silencio. Julieta lo miró, observándolo de verdad: su cabello despeinado, su camisa arrugada, sus ojos amables. —Michael —llamó de pronto. Él se puso alerta. —¿Sí? —¿Te gustaría... quedarte un rato? —preguntó, bajando la mirada—. Tal vez... podríamos ver una película más tarde. La sonrisa de Michael iluminó toda la sala. —Claro. Me encantaría. Doña Teresa, desde la cocina, sonrió satisfecha. Y Valentina se puso contenta por su hermana. Mientras veían una película en la sala, Julieta se atrevió a acercarse un poco más a él. Sentía su brazo junto al suyo, su respiración tranquila. —Michael... —susurró de repente. —¿Mmm? —¿Por qué haces todo esto por mí? Michael giró el rostro hacia ella, serio. —Porque te quiero, Julieta y a fresita—dijo simplemente—. Desde hace mucho tiempo. Ella tragó saliva, conmovida. —¿No te cansas de esperar algo que quizá no llegue? Michael sonrió, esa sonrisa suya llena de paciencia. —Prefiero esperarte toda la vida a perderte para siempre. Y en el peor de los casos seré la figura paterna de la bebé. Julieta sintió un nudo en la garganta. —No sé si podré corresponderte como mereces... Él le acarició la mano, con infinita ternura. —No te pido que me ames ahora. Solo que me dejes estar contigo. Ella asintió, con lágrimas en los ojos. —Está bien... me gustaría que estuvieras conmigo. —¿Qué? —Lo que escuchaste. El sin creerlo aún la abraza. —Gracias. Doña Teresa, espiando desde la cocina, soltó un suspiro de alivio. Los días se transformaron en semanas. Michael seguía visitándola, ayudándola a caminar, cocinándole sopas, contándole historias para distraerla. A veces Julieta lo sorprendía mirándola con devoción cuando él pensaba que ella no lo veía. Una tarde, mientras Michael le enseñaba a hacer figuras de origami en el jardín, Julieta se rió por primera vez en mucho tiempo. La bebé dormía en su corrar. —¡Mira qué fea me quedó la grulla! —se burló de sí misma. —No importa —rió él—. Es tu primera vez. Lo importante es que lo intentes. Julieta soltó una carcajada sincera, tan alegre que Michael la contempló embobado. —¿Qué? ¿Qué miras? —preguntó ella, sonrojándose. Michael sonrió. —Nada... Solo que... me encanta verte reír. Julieta bajó la mirada, sintiendo que algo cálido crecía en su pecho. Esa noche, en su habitación, Julieta pensó en las palabras de su madre. "El amor se siembra." "Se cuida. Crece." —Quiero que la bebé se llame Aura Anaís. El la mira y le da un beso en la frente. —Aura Anaís suena perfecta. Me gusta. Quizás, solo quizás, ya había una pequeña semilla plantada en su corazón. Y tal vez... solo tal vez... estaba empezando a florecer. La noche era fresca y tranquila, el cielo lleno de estrellas acompañaba la ilusión que Michael llevaba en el pecho. Había planeado esa salida durante días, pensando cada detalle, cada palabra que quería decirle. Se presentó en la casa de los padres de Julieta puntual, con el auto limpio, un ramo de flores y una sonrisa nerviosa. Julieta salió al porche, con Aura Anaís en brazos, vestida con un sencillo vestido azul que le hacía ver aún más hermosa. Michael la miró, sintiendo cómo el corazón le latía a mil por hora. —¿Lista? —pregunta, sonriendo de oreja a oreja. Julieta le devolvió una sonrisa tímida y asintió. —Dame un segundo —dijo—. Voy a dejar a Aura con mamá. Michael asintió, viendo cómo desaparecía en la casa. Poco después, regresó sola, luciendo un poco nerviosa. —¿A dónde vamos? —Sorpresa —dijo él, abriendo la puerta del auto para ella. Durante el trayecto, Julieta trató de adivinar el destino, pero Michael sólo reía y esquivaba las preguntas. Finalmente, llegaron al cine del centro. —¿Al cine? —pregunta ella, sorprendida. —Hace mucho que no ves una película tranquila, ¿no? —sonrie—. Pensé que te vendría bien desconectarte un rato. Julieta sonrió de lado, sintiéndose más ligera. —Está bien —acepta—. Vamos. Entraron al cine, compraron palomitas y refrescos, y se sentaron en las filas de atrás, donde había menos gente. La película era una comedia romántica simple, pero los dos apenas le prestaban atención. Michael no podía evitar mirarla de reojo, maravillado de cada pequeño gesto de Julieta: cómo reía bajito, cómo jugaba con su cabello, cómo abrazaba sus rodillas cuando algo la emocionaba. Sentía que el pecho le iba a estallar. En una de las escenas más románticas de la película, donde los protagonistas se besaban bajo la lluvia, Michael se armó de valor. Se giró hacia ella, la miró fijamente, y susurró: —Julieta... Ella giró la cabeza, encontrándose con sus ojos, y el tiempo pareció detenerse. Michael se inclinó despacio, dándole espacio para rechazarlo si quería. Pero Julieta no se apartó. Sus labios se encontraron en un beso dulce, tierno, tembloroso. Un beso lleno de preguntas, de sueños, de miedo... y de esperanza. Cuando se separaron, Michael apoyó su frente en la de ella, cerrando los ojos. —He esperado tanto tiempo para hacer esto —susurra. Julieta traga saliva, con su corazón palpitando desenfrenado. —Michael... —Te amo —dijo él, casi en un suspiro—. Amo todo de ti. Tu risa, tu fuerza... Amo a Aura como si fuera mía. Para mí, lo es. Julieta sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse. —¿De verdad...? —De verdad —repitió con firmeza—. No me importa lo que diga la gente. No me importa que anden diciendo que la niña es mía, o que digan que estoy loco por ti. Yo sé lo que siento. Yo sé lo que quiero. Se tomó un segundo para tomar aire. —Quiero ser tu novio, Julieta. Quiero caminar contigo, cuidar de ti y de Aura. Quiero construir una familia contigo. Julieta soltó un leve sollozo, cubriéndose la boca con la mano. Michael le acarició la mejilla, apartando una lágrima. —¿Me darías esa oportunidad? —pregunta—. ¿Me dejarías amarlas como se merecen? Quiero que vengan a vivir conmigo. Julieta cerró los ojos, temblando. —Michael... tengo miedo. —Yo también —admitió él con una sonrisa triste—. Pero prefiero enfrentar el miedo contigo que quedarme toda la vida preguntándome qué hubiera pasado. Ella abrió los ojos y lo vio: la sinceridad, la paciencia, el amor incondicional. —Está bien... —susurra—. Vamos a intentarlo. Michael sonrió como un niño, se inclinó y la abrazó con fuerza, sintiendo que, por fin, todo tenía sentido. —Te prometo que nunca te fallaré —le dijo, apretándola contra su pecho. Julieta cerró los ojos, dejando que esa promesa la envolviera. Los días pasaban, y Michael cada vez se sentía más unido a Julieta y a Aura. Iba todos los días a verla. Se quedaba horas en la casa, ayudando a bañar a la bebé, a darle de comer, incluso aprendiendo a cambiar pañales torpemente. Cada pequeño gesto de Julieta, cada sonrisa de Aura, le hacían sentir que valía la pena todo. Pero no era tonto. Sabía que afuera, en el mundo, los rumores corrían como pólvora. "Michael es el papá de la niña." "Seguro Julieta lo atrapó." "¡Esa tipa es una perr@!" Y aunque a veces esos susurros lo hacían apretar los puños de impotencia, al final miraba a Julieta y todo se disipaba. No le importaba. Ella valía todo. Aura valía todo. Una tarde, mientras jugaba con la bebé en la sala, la madre de Julieta se acercó. —¿Puedo hablar contigo, mijo? —preguntó, sentándose junto a él. —Claro, señora —respondió, dejando a Aura en su cunita. —Mi hija es muy terca... —dijo la mujer con una sonrisa—. Tiene miedo de muchas cosas. Especialmente del amor. Michael asintió, comprendiendo. —Yo estaré aquí —prometió—. No importa cuánto tarde. No importa cuántas veces tenga que demostrarlo. La mujer lo miró, conmovida. —Eres un buen hombre, Michael. No dejes de luchar por ellas. No se qué pasó entre ustedes. Pero lo estás haciendo bien. Él sonrió, sintiendo renovadas fuerzas. —No pienso rendirme. Una noche, Michael pasó a buscar a Julieta para llevarla a caminar. La llevó a un parque iluminado, donde los árboles se mecían suavemente con el viento. Se sentaron en una banca, viendo a Aura dormir en su cochecito. —¿Sabes? —dijo él, rompiendo el silencio—. A veces escucho lo que la gente dice. Julieta frunció el ceño. —¿Qué dicen? Michael rió sin humor. —Que soy un idiota por dejarme engatusar. Que me atrapaste. Que soy un iluso. Dices cosas horribles de ti. Julieta bajó la mirada, dolida. —Lo siento... Él negó rápidamente. —No. No te disculpes. No me importa lo que digan. —Se inclinó hacia ella—. Lo único que me importa es lo que siento cuando estoy contigo. Y cuando veo a Aura... sé que estoy exactamente donde quiero estar.
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