Gael
Lo único bueno de mi niñez fue él, Gael, mi mejor amigo.
A él lo conocí cuando tenía cuatro años, vivía al frente de la casa en que nací, esta casa era verde y enorme, era en él prado. Recuerdo su casa, era grandísima, la más grande de la calle y la que tenía miles de flores por fuera. Su madre todas las tardes salía con su overol de mezclilla, su camisa blanca, la azul, o la verde y su sombrero de paja. Con filosas tijeras recortaba las ramas sobrantes de sus matorrales, regaba las plantas y sembraba algo nuevo todos los domingos, por eso tenía tantas flores hermosas que con sus vivos colores, adornaban la calle.
El era un par de años mayor que yo, pero aún así éramos muy cercanos por su forma descomplicada y alegre de ser. ¡Es que mentalmente no había ninguna diferencia de edad! ¡Fue un niño de ocho años desde el día en que lo conocí hasta el último día en que lo vi!
Vivía con sus padres y el señor Ángel, su padre, era el mejor amigo de mi papá y tenían muchos negocios juntos, no sé de qué eran, pero me imagino que no serían de nada bueno. Gael también tenía un hermano que vivía en otro país con una de sus tías. Recuerdo su cabello marrón, las pecas de sus mejillas y sus ojos cafés, mismos que siempre les dibujaba a los príncipes de mis historietas y el dibujaba los míos a las sirenas que pintaba en su pared. Él era gordito y usaba unos lentes rojos que me gustaban muchísimo, pero él los odiaba. Decía que parecía un estúpido y que todos en su clase lo miraban como si fuera un perdedor, pero yo no lo veía así, ¡es que cómo lo adoraba! No hay palabras suficientes para describir lo mucho que lo quería. Pensar en él y esperar a la hora de verlo, era lo único que me hacía feliz en el día, no pensaba en nada más. Él era lo único que me sacaba de mi horrible realidad.
Siempre él iba a tocar a mi ventana, se trepaba tortuosamente por el árbol del frente y saltaba a mi techo cada vez que papá no estaba. A pesar de lo mucho que se le dificultaba subir a mi ventana, nunca dejó de hacerlo. Después de que llegaba, salíamos a jugar en el parque, montábamos los columpios o manejábamos bicicleta hasta que llegábamos al vecindario country, pero ahí nos regresábamos porque no conocíamos más allá de ese vecindario y además, él le temía a la mujer que vivía en la esquina de esa calle que era la frontera imaginaria para nosotros. Ella siempre estaba asomada por la ventana y solo se veía medio rostro de ella, creo que era ciega porque el único ojo que lográbamos ver era de un tono azul tan claro que parecía blanco. Por esto él le temía y decía que ella era la patasola, pero yo no creía que fuera así.
Las horas se pasaban volando junto a él. Otro de nuestros lugares era su habitación, dónde vivíamos pintando mascotas, viendo Doraemon o Sakura, o jugábamos con su video consola.
Trepábamos árboles, jugábamos a la guerra, teníamos lugares que solo eran de nosotros, así como la rama del cerezo que estaba al final del parque. Este era el único árbol así en la ciudad y nosotros siempre lo trepábamos, era nuestro lugar. Cada vez que él estaba triste iba ahí, también yo y fue justo debajo de este, dónde casi pudimos besarnos… pero lastimosamente esto no sucedió. Esa tarde estábamos leyendo un libro que tenía diez cuentos de terror que era de mi papá, yo tenía diez años, el catorce en ese momento, aunque no los aparentaba porque poco se había desarrollado y jugaba con los cochecitos aún.
Al finalizar el segundo cuento, estábamos muertos de miedo, o al menos el lo demostraba porque yo no, fingía estar bien. Además el día nublado y con viento, no ayudaba mucho a que esa fea sensación de que algo te va a agarrar por detrás, se vaya.
Él iba a empezar a leer el tercer cuento, cuando cerró el libro de repente y me miró a los ojos.
-Muero de miedo Belén, si no estuvieras conmigo, te juro que me habría hecho encima.
-¿Se te quita el miedo cuando estoy?
- Sí, soy menos tonto. – Dijo y reí. Miré la hora en mi reloj y me percaté de que era muy tarde. Papá llegaba a las seis y faltaban solo diez minutos. Me mataría si supiera que salí con él, siempre lo hago a escondidas o podría golpearme en serio.
- Es tarde. – Me puse de pie, me di la vuelta para subirme en mi bicicleta, pero el sujetó mi mano antes de que lo hiciera. Sentí miles de mariposas en mi estómago y me paralicé, nunca nadie había sujetado mi mano, nunca nadie me miró de la forma en que él lo hacía ese día.
- Tal vez estoy un poco enamorado de ti. – Dijo mirando hacia abajo con vergüenza. No respondí, no sabía que decir. Que él me dijera eso, era lo que había esperado desde que lo vi por primera vez, al bajar las cajas del camión de mudanza, había soñado con este momento más de cien veces y tenía numerosas respuestas que decir, pero no dije nada, moría de la vergüenza, estaba tan nerviosa que pensé que me iba a caer. - ¿Tú también… ya sabes?
Asentí con la cabeza, usar palabras en ese momento era imposible para mí.
-Pensé que dirías que soy muy tonto y feo para ti.
- No lo eres… - Dije en susurros y pensé que no me había escuchado, pero sí lo hizo. Me miró sonriendo y me abrazó, sentí que mis piernas temblaban y mi rostro hervía.
- ¿Serías mi novia? – Preguntó sin soltarme, asentí, me apretó más fuerte e hice lo más estúpido que pude hacer. Me puse a llorar, no lo soporté, los nervios me ganaron. Estaba conmocionada, estaba tan feliz esa tarde que lloré. – No pasa nada, no debes estar nerviosa.
- Lo siento. – Secó mis lágrimas y me miró a los ojos.
- ¿Puedo besarte?
- Sí… - Sujetó mi rostro con sus manos las cuales temblaban. Evitaba mirarme a los ojos y sus mejillas estaban enrojecidas, se acercó a mí y cerré los ojos. Tardó unos segundos y luego, besó mi frente.
- Perdón, tengo miedo. – Me miró una última vez con el rostro rojísimo y se echó a correr.
Sí, fuimos “novios” desde ese día, pero nunca nos besamos. El intentó hacerlo mil veces, pero al final decidimos que el día definitivo sería cuando el cumpliera la mayoría de edad, para que tuviera mucho tiempo para quitarse los nervios y se atreviera al fin.
Gael siempre supo mis problemas, yo le contaba todo lo que me pasaba, así que cuando papá me tocó por primera vez, el lo supo, así también cuando me violó, las veces que me golpeó e incluso, supo de la primera vez que bailé en el club, en el cual aún estoy. El odiaba a mi papá, lo odiaba tanto que no soportaba estar cerca de él y lloraba mucho al ver las cosas que me sucedían.
Yo siempre estuve enamorada de él y él siempre lo estuvo de mí. Siempre me enviaba cartas y odiaba cuando lo hacía. Por un lado me gustaban mucho porque me decía muchas cosas que sé que en persona no habría sido capaz de decir, pero más odiaba cuando me las enviaba, porque le daba tanta pena, que no me hablaba en varios días.
Cuándo el cumplió diecisiete y yo trece, que empecé en el club, me dijo que me escapara con él. Que nos fuéramos lejos, que el me cuidaría.
Planeamos irnos juntos ese verano a Valledupar, dónde vivía uno de sus amigos. Todo lo teníamos planeado, solo serían cuatro meses más que el cumpliera la mayoría de edad legal, obtuviera la identificación para conseguir los tiquetes y así poder irnos. Pensamos que todo saldría bien, su familia tiene mucho dinero, también yo tenía mucho ahorrado por el año que llevaba trabajando y por esto el me decía que podríamos estar bien…pero no fue así. Tan solo un par de semanas antes de irnos, sus padres decidieron irse del país y se lo llevaron lejos. Salieron literalmente huyendo, no sé de qué ni porqué.
Pero nunca lo volví a ver.
Lloré mucho cuando Gael se fue, me había quedado sola, sola en el maldito mundo. Solo con la compañía de mi padre. No sabía cómo soportar los días, como hacer para dejar de sentir tanto dolor. Me sentía vacía, acabada, sin ganas de vivir. Extrañarlo era poco comparado con todo lo que sentía. Maldición, ¡cómo lo amaba! ¡lo amaba más que a nada en el mundo! Tal vez muchos pensarán que estaba muy niña, que aún no sabía nada del amor, pero nadie sabe lo que es tener una vida tan mierda como la mía y que el único destello de luz y felicidad que conocía, te lo arrebaten lejos. Gael era mi única compañía, mi único amigo, fue el único que me escuchó, me cuidó y que me amó de verdad, ¡es que él fue el único que le importó mi existencia y me quiso de verdad! ¿Qué sería de mí sin él?
Decidí que no lo olvidaría, el fue lo mejor de mi vida y por esto no iba a olvidarlo, nunca lo haría. No podría aunque quisiera.
Toda mi vida siguió jodida hasta que cumplí dieciséis años que me mudé a este departamento. Por fin dejé de dormir con papá, ni con sus miles de súplicas porque me quedara me retracté. Al fin podía intentar ser una persona normal. No sé por cuánto tiempo esperé saber algo de Gael, esperé que regresara por mí, que me escribiera una carta o algo, no sé cuándo me cansé de esperar, tal vez fue cuando pasaron los años y me di cuenta que el no volvería por mí. ¿Será que habrá pensado que soy una horrible persona? ¿Qué soy una puta a fin de cuentas y que le esperaba un mal futuro a mi lado? ¿Será que por esto dejó de quererme y nunca volvió por mí?
Todas estas dudas pasaban por mi mente, pero decidí imaginar algo mejor. Que él está bien donde quiera que esté, que es feliz y que nunca me olvidó, así sea esto mentira, debía aferrarme a algo para no desfallecer.
Tenía fotos suyas y mías por doquier, así nunca lo iba a olvidar.