2. Hombre lindo de la cafetería.

1576 Palabras
Alice. —Ya Tessa, quiero irme a tomar un café— le digo en un gruñido mientras tomo mi bolso y mi laptop, la meto en el mismo y la miro suspirando. Ella está de brazos cruzados mirandome reprochante. —Alice, tienes que ir a elegir los platillos de la boda— ruedo los ojos, caminando hacia la salida. —Puedes hacerlo por las dos, lo que tu eligas está bien— me detengo enfrentándola. Ella está molesta y sus fosas nasales se extienden. —Los tipos esos irán, será nuestra oportunidad de verlos. Ruedo los ojos nuevamente. —¿Estas segura?— le pregunto, cruzando mis brazos, ella titubea y aprieta los labios. —No, Ronald dijo que podría haber cambios de último momento— Deja caer sus brazos rendida —Alice, es la única vez que nos vamos a casar, solo por esta vez, pon de tu parte, hazlo por mi— me suplica posando sus manos sobre mis hombros. Yo la miro, durante unos segundos antes de suspirar rendida y dejar caer mis hombros. —Esta bien, pero ya dejame, tengo algunos documentos que enviar — ella aplaude emocionada y me da un sonoro beso en la mejilla. —No te vas a arrepentir. Ruedo los ojos y salgo directo hacia mi cafetería favorita. Hago mi pedido a la mesera que en cuanto me ve llegar solo me alza un pulgar, sabiendo de memoria lo que me gusta. Es tan simple que es fácil de recordar, un capuchino con leche de almendras y un toque de vainilla. Me siento en la mesa de siempre, junto al ventanal y cerca de la puerta, desde aquí puedo ver quien entra, y no soy tan fácil de percibir. Con pesar saco mi laptop y comienzo a redactar los documentos y contratos que aún me faltaban por revisar y corregir. La empresa de bienes raices, era la más grande del estado, con mucho esfuerzo, había logrado sacar a flote cuando esta estaba en la quiebra, su anterior dueño, sigue trabajando para mi, su familia se ha dedicado toda su vida, aunque ahora yo era la dueña completamente, el señor Chuck era el que la representaba. —Aquí tienes, Alice— le sonrío agradecida a la morena de ojos grandes y mejillas regordetas, Lisa. —Gracias, Lisa— ella asiente y continúa atendiendo mesas. Miro mi computadora, comenzando a organizar y a terminar los documentos que me hacen falta. Perdiendo la nocion del tiempo. La campanita que está encima de la puerta, suena, atrayendo mi atención al ver que un hombre ingresa, vuelvo a mis asuntos, concentrándome. Pero su voz, sonaba tan... dios no se. —Hola, ya sabes, lo de siempre— de reojo, veo como le sonríe a Lisa. —¡Hey, hermano, me alegra verte de nuevo!— la voz de Carlos, el dueño de la cafetería, resuena de alegría al ver al hombre. —Me da gusto volver, pero veo que mi mesa está ocupada— no los miro, pero puedo sentir sus miradas sobre mi, la risa de Carlos me lo confirma. —¡Hey, Alice!— volteo y le sonrio. —¿Si?— el tipo, me mira con los ojos muy abiertos y los labios entre abiertos. Lo miro detalladamente. Es guapo, de ojos verdes, cabello rubio oscuro, con nariz perfilada y la mandíbula recta. —¿Crees poder hacerle un espacio a Simon?— lo miro entrecerrando los ojos, le sonrío y asiento, retirando el montón de papeles y ordenandolos de un solo lado. Simon, se levanta luego de sonreirle falsamente a Carlos. Se sienta frente a mi, y saca su laptop de su mochila. Yo sigo haciendo como si no estuviera frente a mi. Luego de unos minutos, suspiro, estaba agotada de sentir su mirada sobre mi. —Vale, si vamos a compartir la mesa, hablame de ti— le digo sonriendo, él suelta una suave risa y asiente. —Creí que sería yo el que terminaría diciéndolo, agradezco que lo hayas hecho— dice sonriendo, posando sus brazos sobre la mesa. Suelto una suave risa. —¿Vienes seguido?— pregunto, haciéndome la que no escucho nada. El me mira entre cerrando los ojos. Pero contesta. —Si, hasta hace un par de semanas, salí por cuestiones familiares. Soy el encargado de la publicidad del café, Carlos es mi amigo desde el preescolar— Asiento. —¿Y tu?— pregunta. Abro mucho los ojos y suspiro sonoramente, el sonríe. Simon es guapo. Sacudo la cabeza alejando eso. —Huyó de mis obligaciones, y adoro el café de aqui— le digo alzando mi taza. El ríe. Su sonrisa es encantadora, pero tímida a la vez. —¿Qué clase de obligaciones son esas para que tengas que huir?— Sonrío con los labios cerrados. Tomo entre mis dedos el anillo que me había quitado para sentirme libre por un par de horas, y lo coloco en mi dedo anular. Simon alza las cejas dejandose caer en el respaldo de su silla. —Wow, eso es... si, es para huir— carraspea y yo sonrio. —Si...— es todo lo que digo. Simon se queda en silencio. —Y yo que quería invitarte otro cafe— dice, haciendo qué ambos terminemos riendo. Miro mi teléfono al escucharlo vibrar. —Mierda...— murmuró, comenzando a guardar mis cosas, el tiempo se me fue volando —Lo siento Simon, debí haberme ido hace media hora, mi hermana va a matarme— Simon asiente, y me da una leve sonrisa. Cuelgo mi bolso en mi hombro, saco unos billetes pero la mano de Simon me detiene. —No, déjame pagar esta vez— le sonrío, el me regresa la sonrisa. —Te veré después, Simon — asiente sonriendo y salgo del café, para adentrarme a mi auto. Conduzco con prisa, maldiciendo a cada semáforo en rojo que me detienen. Cuando llego por fin al lugar, entro como un tornado, corriendo y mirando el lugar, aunque no me tomo el tiempo para detallarlo porque me topo con los ojos centellantes de furia de Tessa. —Llegas tarde, Alice — me reclama con los brazos cruzados. —Lo siento, de verdad, no fue mi intención, perdí la noción del tiempo — saco la silla y me acomodo, miro a todos lados y no veo a los desconocidos —¿No han llegado?— Tessa suspira y deja caer sus hombros. —No van a venir— pica la comida que tiene frente a ella. —¿Qué? Tampoco esto van a escoger, realmente son unos imbéciles— comienzo a sentir la furia crecer en mi cuerpo. Esto estaba comenzando a hartarme, toda esta situación comenzaba a sobrepasarme, y ver la decepción en los ojos de Tessa, me dolía. Tomo su mano por encima de la mesa, apretando sus dedos. —Estoy aquí, hermana, no los necesitamos— ella asiente dándome una sonrisa de labios cerrados. Luego de un par de horas debatiendo exactamente que queríamos, valiéndonos tres pepinos lo que ellos quisieran, y si llegarán a ser alérgicos a algo, escogimos los platillos de la boda, incluido el pastel. Ahora mismo, solo sería nuestra boda, y nosotras escogeriamos lo que quisiéramos, pagando con su dinero. Despilfarrando a diestra y siniestra. **** Dylan. Miro a Ronald frente a mi. —¿Cómo que no sabes a quien se las diste?— pregunto con el ceño fruncido. Drew se carcajea pasándose la mano por el cabello, me sorprende porque de los dos, es el más serio, al ser el mayor, la corona le pesa más. Yo suspiro tallandome los ojos. —Dios santo, Ronald, ¿Y si se las diste a la hermana equivocada?— Miro a Drew. —¿Qué demonios pusiste en la nota?— el sonríe de lado y me entre cierra los ojos. —Solo que no me gustaban las rosas— se encoje de hombros despreocupado, dudo mucho que solo eso le haya puesto. Suspiro. —Esto de verdad es una mierda, debemos saber quien es quien, consigue fotografías de ambas, por favor— le pido a Ronald, asiente y sale de la oficina. —¿Qué diferencia habría? Ambas son hermanas, no tengo ningún problema con compartirlas, Dylan— sonríe cínico, ruedo los ojos. —Aun no puedo creer que esto sea necesario para recibir nuestro dinero y las acciones de la empresa, papá debía de estar loco, y el señor Renaldi también, mira que comprometer a sus hijas con dos desconocidos— me recuesto en mi silla, comenzando a moverme en ella. Drew abre demasiado los ojos y suspira. —Si tenemos algo de suerte, serán bonitas— sonríe de lado. Vuelvo a rodar los ojos. —Te veo emocionado— le digo con sarcasmo alzando una ceja, el niega. —Ni te imaginas— —Señor, llamaron del restaurante, dicen que hoy era la degustacion de los platillos de la boda— Ronald vuelve a entrar y yo maldigo. —Joder, eso nos suma más puntos con ellas— dice suspirando Drew, yo asiento con el ceño fruncido. —Gracias, Ronald, discúlpanos con las hermanas— el asiente y sale de nuevo. —Maldición, Dylan, esto se está saliendo de control, ellas deben de odiarnos ahora mismo— Sacudo la cabeza. —Total, solo faltan dos meses— el asiente y con un resoplido, se encoje en su silla. Vaya impresión la que le damos.
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