Eros dio un paso más hacia adelante. No le dijo nada, solo se concentró el precioso rostro de Atenea. Había estado pensando en ella y en el recuerdo del beso que se habían dado. Ahora ella era quien venia a él y le decía que la besara. No sabía que quería hacer, pero la complacería con el mayor de los gustos. La rodeó con sus brazos por la cintura. Había estado así de cerca en ocasiones pasadas, pero no podía haberle dado un beso. Le veía a la cara; notaba detalles en la piel de Atenea; era limpia, blanca y perfecta. Se quedó observándole los labios rosados; se le entreabrían con ligereza. Sentía la respiración de Atenea en su rostro. Ella solo un poco más baja y entre las tres hermanas era la más alta. Fue inclinando su cabeza y de nuevo, por segunda vez, volvía a percibir los labios de A

