Eran las doce de la noche. Artemisa vestía una pijama de short azul, con una blusa escotada de tirantes color blanca. Su cabello rubio trigo, sus brillantes ojos ámbar y su seductora figura de modelo, le otorgaban una belleza divina. Caminaba por su mansión y llegó hasta el cuarto de vigilancia donde se hallaban los guardaespaldas que cuidaban la casa por las noches; eran dos los elegidos, los que se quedaban a observar las cámaras de videos que, por mandato de Héctor Walton, solo había afuera y cubrían el patio delantero, el trasero, la cochera y la entrada. Cargaba en sus manos un cheque con la elevada cifra de quince mil dólares. Sabia que ellos se turnaban, por lo que solo debía encontrarse a uno solo despierto. Movió la manija con cuidado y vio como había en muchas pantallas de televi

