Eros percibió el ardor de la piel en las mejillas de Hera. La respiración caliente de ella, chocaba en su palma con ardor. Sus ojos la veían con complicidad; como un cazador que había capturado a su presa. Los parpados de Hera se ensancharon y la negra pupila estaba dilatada de gran manera. Se subió con cuidado en la cama y se ubicó al costado de ella. Extendió su brazo hasta la entrepierna de la mujer madura, que era la gran señora de la casa, y agarró el dildo. Le quitó la mano izquierda de la boca y puso el dedo índice sobre la de él, para indicarle que hiciera silencio y no dijera nada. Movió con ligereza el consolador hacia dentro y luego hacia afuera, y repitió el movimiento durante los siguientes minutos. Hera había quedado sin habla. No pudo decirle y las palabras no salían de su

