Ella estaba de pie, junto a la puerta, ya vestida con unos jeans sencillos y una sudadera. Parecía pálida, frágil, con esa belleza exótica de ojos dorados que ahora evitaban mirarlo directamente. En sus manos, apretaba con fuerza su pequeño bolso. Estaba lista para irse.
Memorias fragmentadas lo golpearon: la mirada aterrada, la caída, la oscuridad. Una ola de vergüenza y furia lo recorrió. Furia por su vulnerabilidad, por haber sido reducido a eso.
—¿Qué pasó? —Su voz sonó áspera como lija, una demanda dirigida más al universo que a ella.
Ella se estremeció, pero alzó la mirada por un segundo.
—Se desmayó. No pasó nada más —dijo, con una voz tan baja que era casi un susurro, pero cargada de una verdad incontestable.
La frase "nada más" debería haberlo aliviado. En cambio, alimentó su irritación. ¿Quién era ella para estar allí, recordándole su fracaso, su pérdida de control?
Con un movimiento brusco, Alejandro se levantó, envolviéndose en la sábana. Ignoró el mareo y caminó hacia su chaqueta. En lugar de la chequera, sacó una cartera de piel fina y extrajo una tarjeta de débito negra y sencilla.
—La clave es 4589 —dijo, tendiéndosela. Su tono era impersonal, como si pagara por un servicio de habitaciones.
—Está vinculada a una cuenta. Ahí está el dinero. Retíralo y destrúyela.
Luna miró la tarjeta plástica. Era tan fría y impersonal como la transacción. No había un cheque que romper, solo números en un sistema. Con la barbilla casi pegada al pecho, extendió una mano temblorosa y la tomó. Sus dedos, helados, rozaron los de él por una fracción de segundo. Ella los retiró como si la hubiera quemado.
—La cirugía de mi madre es hoy —murmuró, casi para sí misma, como si esa fuera la única justificación que necesitaba para aceptar aquello.
Y entonces, sin una mirada atrás, giró el picaporte y salió de la habitación. La puerta se cerró con un sonido suave y definitivo.
Alejandro se quedó inmóvil, escuchando el eco de sus pasos apresurados alejándose por el corredor. La habitación, de repente, le pareció enorme y vacía. El aroma a vainilla se mezclaba con el resto de su resaca química, creando un cóctel nauseabundo.
La furia, ahora sin un blanco directo, se reconvirtió en un propósito frío y obsesivo. Su mirada se posó en el vaso de agua medio vacío de la noche anterior, el vehículo del afrodisíaco.
Alguien había osado jugar con él. Alguien había provocado esta cadena de eventos que lo había llevado a ese cuarto de hotel, a esa situación denigrante, a entregarle una tarjeta a una desconocida de ojos tristes.
Apretó los puños. La confusión y los vestigios de la droga se disiparon, reemplazados por una lucidez gélida.
"Que la disfrutes", pensó con amargura, dirigiendo el pensamiento a la chica que ya se perdía en la ciudad. Pero su verdadero objetivo estaba en otro lugar.
Tenía una cita con quien fuera que hubiera envenenado su copa. Y no iba a ser una reunión amistosa.
POV Luna Mendizábal
El camino se me hizo eterno. Marqué al médico con manos temblorosas para anunciarle que estaba en camino, que tenía el dinero para la cirugía. El Dr. Anselmo, quien me había preguntado veinte veces si estaba segura de poder conseguir semejante suma, escuchó mi "sí" con una mezcla de alivio y preocupación.
Mi corazón latía a un ritmo desbocado, intoxicado por una mezcla nauseabunda de culpa y remordimiento, pero sobre todo, por una esperanza feroz y aferrada que gritaba más fuerte: mi madre viviría.
Llegué e hice la transferencia en la ventanilla. El sonido del tecleo final fue el clic que sellaba mi destino. La cirugía fue programada para esa misma noche. Con todo, casi listo, me quedé en el hospital todo el día, suspendida en un limbo de suspiros y silencio. La cuidé, le mojé los labios, arreglé sus sábanas. La observaba dormir, su rostro pálido y sereno, y rogaba que, al despertar, el mundo fuera un lugar menos cruel para las dos.
Cuando llegó la hora, sentí cómo mi corazón se hundía hasta el suelo de la sala de espera. Los nervios me atenazaban el estómago. El Dr. Anselmo se acercó, posó una mano tranquilizadora en mi hombro y me aseguró que haría absolutamente todo para que saliera bien, aunque sus ojos no pudieron ocultar la cruda verdad: mi madre estaba terriblemente débil.
Y entonces, en medio de esa angustia insoportable, llegó él. Raúl, mi novio de la universidad, a quien apenas había visto en meses por la enfermedad de mamá, apareció jadeante en la sala de espera. Pero no corrió a abrazarme. No preguntó por ella. Su mirada no era de preocupación, sino de puro desprecio.
Antes de que pudiera articular palabra, su mano se estrelló contra mi mejilla con una fuerza brutal. El golpe, seco y resonante, me hizo perder el equilibrio y caer al frío suelo de linóleo. El mundo giró.
—¡Luna! Nunca pensé que serías tan inmoral como para acostarte con viejos ricos por dinero —escupió, su voz, un látigo que cortó el silencio sagrado del hospital.
—¡Como una prostituta cualquiera!
Aturdida, con el rostro ardiendo y el sabor a sangre en mi labio, cerré los ojos. No para contener las lágrimas, sino para buscar un segundo de calma en la tormenta. Y entonces, surgió desde lo más hondo de mi ser, un pensamiento claro y cortante como el cristal: ¿Él? ¿Precisamente él me viene a hablar de lealtad?
Un sonido ronco y amargo se escapó de mi garganta. No era un sollozo. Era una carcajada seca, un "Ja..." desprovisto de toda alegría.
Qué chiste. Qué chiste tan macabro.
El sonido de mi risa seca, ese "ja..." carente de todo humor, pareció congelar el aire a nuestro alrededor. Incluso Raúl retrocedió un centímetro, desconcertado por una reacción que no era la sumisión que esperaba.