Cap. 1 Ochenta mil
La atmósfera en la suite de hotel era opresiva, cargada de una calidez artificial que le recorría las venas. Alejandro luchaba por mantener la lucidez, con los nudillos blancos al aferrarse al borde de la mesa.
—Jefe, ese afrodisíaco es brutal —la voz de su asistente, Marcos, sonaba distorsionada, como bajo el agua.
—Necesito un hospital —la voz de Alejandro era un rugido ronco.
—Y cuando descubra quién fue el responsable, espero que haya hecho las paces con su Dios.
La niebla en su mente se espesaba.
—Si va al hospital, sus enemigos dirán que consume sustancias ilícitas. Sabe que con la salida a bolsa de la empresa en juego, el escándalo sería letal —argumentó Marcos.
Alejandro, con un hilo de voz ya teñido de pánico, cedió.
—¿Qué sugieres?
—Me han hablado de unas jóvenes... limpias, puras, mayores de edad. Podrían aliviar su... malestar. De todas, hay una en particular que parece ser especial.
—¿Cuándo? —escupió Alejandro, impaciente.
—Ochenta mil —susurró Marcos, casi disculpándose.
—¿Solo eso? —ironizó el hombre, con una sonrisa torcida.
—Está bien. Que sea seguro. Ella no debe poder revelar nada.
Ante el asentimiento de su jefe, Marcos salió disparado hacia la habitación donde, le habían asegurado, la joven esperaba.
Al otro lado de la suite, en una habitación que olía a flores recién cortadas y soledad, Luna aguardaba. Sus ojos, de un ámbar dorado que parecía guardar el último destello del ocaso, estaban nublados por una resignación profunda. A sus veinte años, poseía una belleza frágil y exquisita, enfatizada por el camisón de algodón blanco que vestía.
Era elegante, nada revelador, un recordatorio cruel de que su rol allí era el de un antídoto, un mero remedio fisiológico. Pero en el fondo de su alma, sabía la verdadera naturaleza de aquel trato y lo que eso haría de ella a partir de esa noche.
Sin embargo, el rostro pálido de su madre, postrada en un hospital y agonizando entre tubos, se impuso una vez más en su mente. Ya lo había perdido todo: la casa, los muebles, hasta la dignidad de tener más de dos mudas de ropa. Solo quedaban un par de sillas desvencijadas y una cama prestada en un cuartucho que una vecina le permitía ocupar por lástima. Se había matado a trabajar en dos turnos, pero las facturas del hospital eran un monstruo insaciable.
El dinero apenas alcanzaba para la internación básica y unas pocas medicinas. La cirugía que podría salvarla era una cifra astronómica, un sueño inalcanzable. Ochenta mil. Esa era la llave. La llave que sellaba su destino, pero que quizá abriría la puerta a la supervivencia de su madre.
La puerta se abrió con un clic siniestro.
Alejandro se apoyaba contra el marco, su silueta alta y poderosa recortándose contra la luz del corredor. La furia por su vulnerabilidad y la necesidad física luchaban a golpes en su pecho. Su mirada, nublada por el veneno que recorría su sangre, barrió la habitación hasta posarse en ella.
Y el mundo se detuvo un instante.
Luna se había puesto de pie de un salto, como un cervatillo acorralado. Sus manos se aferraban al borde de la silla, los nudillos blancos. El sencillo camisón blanco ahora le parecía la prenda más reveladora del mundo bajo esa mirada que lo escudriñaba todo. El aire se espesó, haciéndose casi irrespirable.
—Sal —le gruñó Alejandro a Marcos, sin apartar los ojos de Luna. La puerta se cerró, y el sonido del pestillo al caer resonó como un disparo.
Él dio un paso al frente, tambaleándose levemente. El afrodisíaco era una lava en sus venas, distorsionando sus sentidos, pero incluso a través de la niebla, una parte lúcida de su cerebro registró la extrañeza de la situación.
—No pareces... una de ellas —logró decir, su voz, un rumor ronco que erizó la piel de Luna.
Ella no pudo responder. Las palabras se habían secado en su garganta. Solo podía observar cómo él se acercaba, un depredador herido pero no menos peligroso. Su cuerpo emanaba un calor que ella podía sentir a dos metros de distancia.
—Ochenta mil —masculló él, más para sí mismo, como si intentara aferrarse a la lógica de la transacción.
—Por ti.
Las palabras, tan crudas, la atravesaron. Un rubor de vergüenza y rabia le encendió el rostro. Eso era lo que valía su dignidad.
Alejandro alargó una mano, no para tocarla, sino para apoyarla en la pared justo detrás de ella, encerrándola. Su aroma, una mezcla de sudor, una costosa colonia amaderada y algo áspero y químico, la envolvió.
—Tienes miedo —constató. No era una pregunta. En sus ojos dorados, él no veía la lujuria calculada que esperaba, sino el puro, incontestable terror.
Luna apretó los párpados, dispuesta a que todo terminara pronto. Pero en lugar del contacto brutal que anticipaba, solo sintió el calor de su aliento cerca de su mejilla.
—Mírame —ordenó, y su voz, aunque quebrada por el deseo artificial, tenía una autoridad que era imposible de desobedecer.
Luna abrió los ojos. Sus miradas se encontraron, y en ese cruce de ámbar y oscuridad, algo cambió. No era deseo. Era más profundo, más primitivo. Un reconocimiento extraño y perturbador, como si una parte olvidada de su alma gritara que aquel momento, aquella persona, estaba destinada a ser un cataclismo en su vida.
Antes de que pudiera procesarlo, la lucidez de Alejandro se quebró por completo. El veneno reclamó su presa.
—No puedo... —fue lo único que atinó a decir, antes de que sus piernas flaquearan y todo su peso, cálido y sólido, cayera sobre ella, llevándolas a ambas al suelo en un tumulto de telas blancas y un jadeo ahogado.
Yaciendo atrapada bajo su cuerpo inconsciente, con el corazón martilleándole en el pecho, Luna comprendió que su destino no había sido cumplir un trato, sino comenzar una pesadilla de la que ya no habría de despertar.
La primera conciencia que tuvo Alejandro fue un dolor sordo en las sienes. La segunda, el peso de la sábana de seda sobre su cuerpo. La tercera, un aroma a vainilla y jabón simple que no le era familiar.
Abrió los ojos. La suite estaba en silencio, bañada por la luz grisácea del amanecer. Y entonces, la vio.