Andrómeda. — Debería calmarse Srta. Monroe – miro al Dr. Serrano como si tuviese cuernos. Recuesto la cabeza contra la almohada violentamente. — ¿Qué diablos se ha creído? No tiene derecho a retenerme aquí ¿sabe el peligro que corren? – el doctor suspira entrecortado. — Creo que aquí se encuentra a salvo como dijo el Jefe de Fiscales, no es un abogado cualquiera, conoce los riesgos – resoplo enojada. — Esos dos son solo el principio, atacarán la Clínica y matarán a todos – niega. — ¿Si tiene conocimiento de donde se encuentra? – me mira sonriendo —. Esto es de la policía de Seattle – ruedo los ojos. — Ya entraron matasanos ¿o no los vio? – sonríe y asiente — Si no pueden entrar van a disparar desde fuera y ¿adivine qué? – levanta una ceja —. Matarán a todos – digo sonriente. — Ya a

