El atardecer en la quebrada norte teñía el cielo de rojo sangre, como si la puna misma sangrara por las heridas de la alianza recién tejida. El termal aún humeaba con ecos de nuestro ritual –vapor enroscándose perezoso alrededor de rocas salpicadas de jugos secos, el aire espeso con olor a sexo compartido y plata mística que había bebido cada gota de placer como néctar divino. Mi cuerpo palpitaba con el recuerdo: Kai embistiéndome profundo en el altar, su polla venosa latiendo en mi coño apretado mientras Zara lamía mis muslos, lengua trazando surcos violetas que se rompían en luz pura. "¡Joder, sombra, apriétame –hazme derramar pa' que la Ceniza pruebe nuestra unión!", me había gruñido él, caderas chocando brutales, semen caliente inundándome hasta rebosar, goteando por mis nalgas pa' mez

