Capítulo 1: La Maldición de la Luna Solitaria

1278 Palabras
El bosque andino parecía un laberinto de sombras vivas, con la niebla enroscándose como dedos fríos alrededor de las piernas de Elara. La luna llena colgaba en el cielo como una herida abierta, derramando plata sobre las hojas húmedas y los riscos escarpados. Cada paso era un eco de su pulso desbocado, el aire cargado con el olor a pino resinoso y a su propia sangre, que goteaba del flanco herido. —¡Maldita sea, luna perra, no me sueltes ahora! —masculló entre dientes, su voz cusqueña ronca por el esfuerzo. La transformación aún latía en sus venas como un fuego mal apagado: garras retrayéndose a medias, el pelaje n***o retrocediendo bajo la piel morena, dejando tras de sí un cosquilleo que era mitad placer, mitad tortura. Diez años. Diez jodidos años huyendo de esto. De la bestia que la bruja Isadora le había clavado en el alma como un clavo oxidado. Elara se apoyó contra un ceibo nudoso, jadeando, el tatuaje lunar en su pecho palpitando como un corazón expuesto. Recordaba la noche como si fuera ayer: el claro de su manada en las faldas del Ausangate, las fogatas crepitando con cuentos de guardianes ancestrales. Su padre, Ramiro, un Alfa de hombros anchos y risa que retumbaba como un alud, la había alzado en sus brazos peludos. —Eres mi luna pequeña, Elara. La que ilumina las sombras. Su madre, con esa sangre humana que siempre había sido un secreto susurrado, le tejía chalecos con hilos de lana de alpaca, cantando huaynos quechua que hablaban de amores imposibles. Pero los imposibles llegaron de golpe. Isadora, la chamana exiliada, con ojos violeta que ardían como veneno de serpiente andina. —¡Traidores! ¡Por amar a un humano, por manchar la sangre pura! —había gritado, su voz un cántico que olía a azufre y rosas marchitas. El hechizo cayó como una tormenta: sombras que se enredaron en gargantas, garras que se volvieron contra hermanos. Ramiro luchó como un demonio, destrozando a tres lobos poseídos antes de que una daga encantada le abriera el pecho. —¡Corre, mi niña! ¡No dejes que te toque la sombra! —rugió, su último aullido un eco que Elara aún oía en las noches de luna. Ella, con apenas dieciocho primaveras, escapó arrastrándose por el barro, la marca quemándole la piel. —Cazarás errante, bestia sin manada, hasta que la luna te devore el alma. Desde entonces, era un fantasma. Vagaba por los Andes, robando chicha en tugurios de Cusco, durmiendo en cuevas que olían a musgo y soledad. La maldición la golpeaba cada plenilunio: un hambre que no era por pan, sino por sangre caliente, por el crujido de huesos bajo colmillos. Mataba ciervos, conejos... a veces, en los peores momentos, algo peor. Y cada vez, un pedazo de Elara se perdía: recuerdos de risas familiares, sueños de un compañero que la mirara sin miedo. —Soy la cazadora errante —se repetía, como un mantra roto. Pero esa noche, la caza había sido diferente. Los humanos —esos cholos avaros con rifles y linternas— no eran presas fáciles. Habían olido la plata mística en las vetas, y ella, en su furia ciega, los había enfrentado. Y ahí, en el filo de la muerte, había chocado con él. Kai Blackwood. El nombre resonaba en su mente como un tambor de guerra, sacado de rumores de tabernas shifter. El Alfa de los Silverfang, un cabrón de hierro que gobernaba las cumbres nevadas con puño de plomo y ojos que veían mentiras a leguas. Su lobo gris había sido un torbellino de plata y furia, sincronizándose con el suyo en una danza que gritaba pareja predestinada. El vínculo —ese hilo plateado que la luna les había atado— aún tiraba de su pecho, un pulso caliente que la hacía temblar. —Pruébalo, cabrón. La luna ya decidió —le había escupido, con una sonrisa lobuna que ocultaba el pánico. ¿Salvación o ruina? La profecía susurraba en su cabeza: La sombra y el hierro se unirán, o el mundo arderá en lunas rojas. Pero el bosque no daba tregua. Un crujido la sacó de su trance: no era un ciervo, sino pasos coordinados, aullidos bajos que vibraban en el aire como un muro invisible. Patrulleros. Los Silverfang no perdonaban intrusos; las historias hablaban de cuerpos colgados de riscos como advertencia. Elara maldijo en quechua, un juramento que mezclaba rabia y resignación. —¡Inti, no me jodas así! —se irguió, ignorando el ardor en el flanco, y corrió. El terreno se inclinaba cuesta arriba, raíces traicioneras enganchándole las botas, la niebla espesándose hasta que solo veía siluetas grises acechando. —¡Detente, errante! ¡Por orden del Alfa! —rugió una voz grave desde la bruma. Era un beta fornido, pelaje gris opaco asomando en los bordes de su forma humana, ojos grises fríos como el hielo puneño. Thorne, reconoció por los rumores: el hermano celoso de Kai, un lobo que mordía por envidia más que por lealtad. Detrás, dos más —lobos medianos, colmillos reluciendo bajo la luna. Elara no se detuvo. Saltó un risco, aterrizando con un gruñido que era mitad dolor, mitad desafío. La bestia en ella se agitó, tentándola: Transforma. Mata. Corre. Pero el vínculo con Kai latía, un ancla que la hacía dudar. ¿Y si huir significaba romperlo antes de entenderlo? Un lazo encantado —hecho de enredaderas trenzadas con runas plateadas— silbó desde la oscuridad, enredándose en su tobillo como una serpiente viva. Cayó de bruces, el barro salpicándole la cara, y antes de que pudiera rodar, garras la inmovilizaron contra la tierra. Thorne se cernió sobre ella, su aliento caliente oliendo a traición y pino amargo. —La sombra de la profecía —murmuró, sus ojos grises brillando con algo oscuro. ¿Temor? ¿Codicia?—. El Alfa querrá verte... o destriparte. Elara forcejeó, sus uñas clavándose en la tierra, el tatuaje lunar ardiendo como un hierro al rojo. —Dile a tu Alfa que la luna trae lo que quiere, no lo que pide —escupió, su voz un ronroneo gutural que hizo erizar el pelaje del beta. Los patrulleros la alzaron como a un trofeo, arrastrándola hacia el corazón del yermo Silverfang. El bosque se cerraba alrededor, aullidos lejanos saludándola como a una prisionera... o a una reina caída. En su mente, el rostro de Kai flotaba: ámbar intenso, cicatrices que invitaban a trazar con los dedos. ¿La querría viva? ¿O sería su primer sacrificio al destino? La guarida subterránea se abría ante ella como una boca de lobo: cuevas talladas en la roca andina, iluminadas por cristales de plata que pulsaban con magia ancestral. Olía a manada: sudor, fuego de fogatas y un matiz de deseo reprimido. Thorne la empujó al centro de una cámara amplia, donde lobos en forma humana la miraban con ojos curiosos y hostiles. Lira, la beta de pelo rizado y ojos miel, frunció el ceño con algo que parecía empatía. Y allí, en un trono de raíces entrelazadas, estaba él. Kai Blackwood, despojado de la chaqueta de cuero, su torso desnudo marcado por cicatrices que contaban batallas ganadas y perdidas. Sus ojos ámbar la clavaron en el sitio, el vínculo tirando como una cadena ardiente. —Bienvenida a los Silverfang, sombra —gruñó, su voz un trueno bajo que vibró en el pecho de Elara, despertando un calor traicionero entre sus muslos—. Ahora, cuéntame... ¿qué caos traes a mi puerta? Elara alzó la barbilla, su sonrisa un desafío lobuno. La luna, testigo silenciosa, se hundía en el horizonte, pero el verdadero eclipse apenas empezaba.
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