La luna colgaba baja, hinchada, casi roja en el borde. Yo estaba en el risco, piel humana, viento cortando los pezones. Kai subió cojeando, sangre fresca en el costado izquierdo, pelaje medio retraído. —Elara. —Kai, joder, ¿qué te pasó? —Cazadores nuevos. No Blackthorn. Traen rifles con plata líquida. Me rozaron tres. —Ven aquí, déjame ver. Me arrodillé, abrí la herida con dedos. Olía a quemado. —Duele como la mierda, pero viviré. —Calla. Apesta a veneno. —Los espíritus gritaron toda la noche antes de que saliera. Decían “eclipse rojo viene, la veta sangrará”. —Los oí también. Me despertaron a las tres. Susurraban tu nombre y “herida de hierro”. —Entonces ya lo sabes. —Sé que estás sangrando en mi regazo y no me gusta. —Escucha. El chamán viejo bajó del Ausangate. Trajo esto.

