La luna llena renacida se erguía sobre la puna como una diosa redimida, su plata inundando las cumbres del Ausangate en un baño de luz que hacía relucir la niebla como velo de encaje tejido con hilos de memoria, el viento susurrando promesas de cierre entre las vetas de la cueva principal, llevando ecos de aullidos lejanos que no eran amenazas, sino celebraciones de lazos templados en verdades compartidas. La veta mística latía con un pulso constante y sereno, su fulgor plateado ahora un faro inquebrantable que iluminaba las paredes rocosas como si la plata misma respirara en armonía con la manada, amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes entrelazados en un tapiz de lealtad que había resistido amenazas humanas y mecánicas, y ahora florecía en paz profun

