La muerte de Asha no fue un final. Fue un estallido. Un destello oscuro atravesó el valle, una marea de humo brillante que envolvió su cuerpo como un sudario. La nieve tembló. Las piedras vibraron. Y en el último segundo, cuando su sombra se quebró para siempre, un fragmento —un hilo de luz rota— voló hacia mí como un rayo. Lo sentí entrar en mi pecho. Caliente. Violento. Vivo. Caí de rodillas, agarrándome el corazón mientras la marca ardía como un hierro recién forjado. Kai gritó mi nombre, pero su voz se alejaba, como si hubiera caído al fondo de un pozo. Mi visión se volvió blanca. Luego negra. Y cuando los colores regresaron… ya no estaba en el valle. Estaba de pie sobre un océano de sombras líquidas, bajo un cielo que se abría y cerraba como un monstruo respirando. A lo le

