Cuando terminé de vestirme, no quedaba ni un sólo resquicio para que se viese la piel, las manos cubiertas por guantes, la cabeza por el neopreno y el resto de la cara con la máscara. Parecía un buzo de esos que se introduce a grandes profundidades y necesita que no se filtre el agua por su traje. ―¿Y ahora qué? ―pregunté algo aturdida por aquello que podía parecer asfixiante. ―Ahora tienes que dirigirte al norte, deberás de atravesar una garganta, siguiendo un sendero de árboles negros que dejan libre un antiguo camino que ya nadie utiliza. Cuando salgas del desfiladero, continúas unos kilómetros más hasta salir de entre las montañas del valle, y ya una vez, veas de nuevo una gran llanura, estarás al otro lado de las montañas, con lo que podrás quitártela máscara de oxigeno, pues ya est

