El rugido de los motores del portaaviones resonaba como un eco cavernoso mientras Pavel se preparaba para descender a las profundidades abisales. La luz blanquecina de la cubierta iluminaba una situación crítica: había un submarino varado a quinientos metros bajo el agua, y el tiempo se desgastaba como el hilo de una telaraña expuesta a los elementos. Todos sabían que la comunicación con la superficie se había perdido, y el último mensaje antes de la tragedia había sido un grito de auxilio que reverberaba en su mente. La situación resultaba aún más desesperante debido a un malware que había tomado el control del sistema del submarino, dificultando toda posibilidad de rescate. Los ojos de Pavel se posaron en el grupo de especialistas que lo acompañaba. Eran los mejores en su campo, pero lo

