Le explico a Brisa lo que haremos una vez que ingresemos al laboratorio, detallando cada paso del procedimiento con palabras sencillas que pueda entender. Le acaricio suavemente el cabello mientras le aseguro que todo estará bien, que será rápido y sin ningún tipo de dolor. Ella asiente con esa docilidad tan característica suya, no discute, no hace preguntas incómodas ni muestra señales de temor, porque le he dicho que no le sacarán sangre, sino que, simplemente, le revisarán la boca. Y como ella ama ir al dentista, no tenemos problema con su resistencia. Sus ojos brillantes denotan curiosidad más que miedo, y sus pequeñas manos se aferran a las mías con confianza. Cuando ingresamos, los ojos de Oliver y de aquel anciano se posan en ella, escrutándola, analizando cada uno de sus ras

