CAPITULO 1

1228 Palabras
“Todavía estoy vivo, pero apenas respiro rezándole a un Dios en el que no creo. Porque tengo tiempo mientras ella tiene libertad y eso es algo que no puedo perdonar” AMBROSE Tres años el día de hoy, 36 meses, más de 150 semanas, 1095 días y tantas pesadillas que deje de contar. Cientos de personas que van y vienen, mujeres que pasan, pero nunca se quedan; negocios, papeles y decretos familiares que debo cumplir, porque la vida sigue y el dinero no se puede ir. Una pequeña espina en el pecho, que molesta un poco más los días como hoy, y la sed de justicia que no me abandona ni un solo segundo, porque no es venganza lo que quiero, es justicia. Son 28 el día de hoy, pero mi cabeza se quedo anclada en los 25, en tu mirada azul perdiendo color hasta apagarse por completo y para siempre, en la sangre corriendo sin que pudiera detenerla manchando aquellos zapatos que recibí y nunca pude agradecer. Aún sigo estancado en ese último suspiro que diste en mis brazos, en la necesidad de obtener aire que te agoto hasta el final y en el apellido que me jode la vida desde aquel día. Hoy también hay una fiesta, en un lugar distinto y con gente diferente. Desde aquí puedo ver al menos cien invitados, tal vez doscientos o un poco más, realmente deje de llevar la cuenta de las personas que dicen celebrarme cuando la única que me importaba se murió. Ellos bailan, gritan y corean mi nombre como si su presencia tuviera relevancia en mi vida o viceversa. Choco mi copa con los más cercanos e ignoro al resto, deseando que está estúpida canción termine de inmediato para volver a mi oficina y permitir que ellos se sigan frotando entre sí sin necesidad de usar mi nombre como excusa. -¡Bichito! ¿Crees que ya nos podemos ir?- Aprieto la copa en mis manos cuando el sonido agudo y desesperante de aquella voz que odio me perfora los tímpanos, intentando contabilizar mentalmente cuantas veces le pedí que no me llame de esa manera sin éxito alguno y me giro deseando poder matarla en este mismo instante. -Puedes irte si lo deseas, sería grosero que lo yo lo haga- Me interesa una mierda el festejo, la gente y lo que piensen de mí, pero mucho menos me interesa irme con ella. Puedo verla protestar como si fuera una niña pequeña y no deja de sorprenderme lo inmadura que puede llegar a ser. -Bichito, todos aquí saben que no quieres quedarte, tu cara de asco lo demuestra. Eso es grosero también, que te vayas conmigo no va a hacer la diferencia- Suspiro, intentando tomar un poco de aire, porque no sé exactamente cuanta paciencia le queda a mi cuerpo para soportarla. El diablo sabe que me estoy aguantando las ganas de arrastrarla hasta borrar ese apelativo ridículo y esa sonrisa complemente maquillada de sus labios. -Penny, cariño, dejemos que Ambrose disfrute lo que queda de su día. Te llevaré a casa- Son pocas las veces que agradezco la presencia y la vida de Frederick, hoy es una de ellas. -¡Oh, Fred! Tenía la esperanza de robármelo y darle el obsequio que tenía para él- ¡Dios me libre de recibir tal obsequio! -Mañana pasaré por ti a la universidad y tendremos el resto de la tarde para los dos, puedes dármelo entonces- Penny sonrío tan empalagosa como siempre y se despidió de mí con un corto abrazo que no devolví, mi padre la siguió de cerca y el bullicio de alrededor de repente me pareció encantador sin su presencia, aunque me tomé el atrevimiento de correr a mi oficina y dejar de disfrutarlo. Desde la tranquilidad absoluta, con la copa intacta aún en mi mano, observe el comportamiento de la gente y no deje de preguntarme cual era la diversión que encontraban en el hecho de mezclarse con desconocidos y compartir sudor y saliva, hasta que mi mente pidió un descanso. Estaba dando por terminada la noche, o al menos eso creí hasta que de reojo la vi perdida entre la multitud, con un vestido rojo que resaltaba de entre todos los que la rodeaban y una luz que solo ella me hacía ver. No hacía el menor esfuerzo para ser vista y aun así lograba captar la atención de todos a su alrededor, solo por el simple hecho de existir. -Señor, el automóvil lo espera- Asentí, consciente de que era hora de partir. Pero entonces ella comenzó a moverse y el tiempo se volvió imprudente, destructivo y entrometido. Movía sus caderas suave, lento, con delicadeza, borrando segundo a segundo todo aquello que la rodeaba hasta dejarnos a ambos en una intimidad en la que me sentía cómodo, a gusto. Solo era yo, en mi trono, mirando su show y deleitándome con el regalo que la naturaleza me daba; por momento incluso parecía que sus ojos se dirigían directo a mi persona y era justo ahí cuando siempre despertaba, porque eran la replica exacta de la maldición que traía consigo. -¡Vámonos!- Kasper, Neal, Ronan y Murray me siguieron de inmediato y el camino arrastramos a Jack, quien venía con dos rubias en los brazos que se vio obligado a soltar. -¿Por qué eres tan aguafiestas Ambrose?- Lo escuché a través de la música de milagro, pero no fue hasta que estuvimos afuera que le respondí. -No soy aguafiestas Jack, puedes divertirte todo lo que desees mientras estes dentro, pero no creo que a tu esposa le haga gracia alguna que llegues a casa con dos mujeres que manosean sin descaro lo que le has prometido en el altar para toda la vida ¿O si?- Jack se metió en el coche en silencio y partimos de inmediato a su hogar, por supuesto que su esposa no iba a estar feliz de recibirlo ebrio y con dos rubias de colgante. Me lo hizo saber la expresión en su rostro al recibirlo cual paquete. -Gracias por traerlo a casa Ambrose, deseo que hayas tenido un cumpleaños maravilloso- Asentí y me despedí, continuando viaje hasta el departe en el que vivía desde hace casi tres años. El trayecto desde la casa de Jack no era largo, pero la necesidad de llegar era mucha y eso no ayudaba a mi malhumor en constante crecimiento. La idea de regresar a mi propia casa, al menos por hoy, cruzo fugaz por mi mente, aunque la descarte de inmediato cuando vino acompañada de los recuerdos que ese lugar albergaba y lo que representaba para mí el sitio que ahora debía llamar hogar. Me dedique entonces a admirar los edificios que iban quedando atrás en el camino, las luces que parecían parpadear y las pocas personas que caminaban aún por calles peligrosas como si tuvieran la vida comprada. -Hemos llegado señor- Baje del automóvil en la entrada de la torre como lo hacia cada día, dispuesto a acabar mi noche, pero ella apareció en mi campo de visión y lo que sea que haya estado pensando antes desapareció. Su sola presencia era suficiente para recargar mis energías y reafirmar mis ganas de seguir adelante. -Buenas noches, señor Wood- Su sonrisa podría obnubilar a cualquiera, era como la aparición de un ángel en la tierra. -Buenas noches, señorita Martin-
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