14. ¿Verdad o reto?

2616 Palabras
Xander Esa noche nos las arreglamos para comer una cantidad impresionante de hamburguesas. Es una cena descuidada, deliciosa y llena de risas. Cada vez que el tomate de Madison se resbala de su sándwich, se pone nerviosa. Y, maldita sea, podría ver a esta mujer riendo por el resto de mi vida. Nunca había podido tener la boca untada con salsa de barbacoa y sentir que la mujer que esta frente a mi disfruta de verdad esa salsa. Hasta esta noche. Sus ojos brillan cada vez que le doy un mordisco a mi hamburguesa y, cuando el camarero se lleva nuestros platos, tengo la barriga llena y el corazón aún más. Este es el sentimiento que me impulso a orquestar la salida esta noche. Es porque esta mujer posee algo especial que hace que muchas partes de mi vuelvan a la vida. No pienso en el trabajo ni una sola vez durante la cena, ni siquiera cuando bromeamos sobre las evaluaciones clínicas. Ella es como seda cálida en mi mejilla, un soplo de aire fresco después de contenerlo durante años. Y después de la cena, no estoy listo para dejar que esta noche termine. —Yo pago— anuncio cuando el camarero viene de vuelta con la cuenta. Le paso un billete de cien dólares antes de que Madison pueda siquiera protestar. —Yo te invité, ¿recuerdas? — —Grecia se va a enfadar por haberse perdido esto— reflexiona Madison. Grecia, la tercer mujer de las seis que figuran en mi lista de pareja. Grecia, la mujer a la que no tengo ningún interés de conocer. —Sobrevivirá. ¿Y ahora qué dices si buscamos un bar de mala muerte con cerveza de barril a un dólar? — Su sonrisa se extiende de oreja a oreja. —Tengo ganas de eso. Pero tiene que ser cerveza de calidad inferior— —Cierto. Una completa máquina de orina— —Esta comida fue tan buena que realmente necesitamos balancear las cosas— dice. —Si. Probablemente nuestra resaca comenzara mientras aún estamos en el bar— Ella ríe con un resoplido justo cuando el camarero vuelve con el cambio. Le dejo todo lo que hay en la mesa como propina, más un billete de veinte dólares más, y nos ponemos de pie para ponernos los abrigos. Afuera, la noche se ha vuelto oscura y fría. Madison se abraza así misma y de inmediato le castañean los dientes. —¿Estás bien para caminar? — la rodeo con el brazo sin pensarlo. Es un impulso al que no pude resistirme. —Pareces tener frío— —Creo que puedo lograrlo— dice ella. —Puedo conseguir el auto si quieres— —No, no soy tan cobarde— Me da un codazo mientras caminamos a paso tranquilo. La mantengo acurrucada a mi lado. No quiero soltarla, y cuando elegimos un bar a un par de cuadras más adelante, me siento decepcionado. La llevaría en brazos durante otro kilometro si eso significara tenerla contra mí. Todo mi cuerpo esta tenso por la anticipación. Esperando la próxima oportunidad para oler de primera mano ese néctar floral que lleva puesto. Mi mirada se dirige a sus tacones de gamuza azul increíblemente sexys mientras nos acercamos a la puerta. Ya se escucha la música, de ritmo rápido, y ella me lanza una sonrisa relajada por encima del hombro cuando entramos. El lugar esta abarrotado y húmedo, con muchos grupos de pie y parejas ocupando el lugar de mesas altas esparcidas por todo el lugar. La banda esta escondida en la parte trasera del bar, un conjunto de tres integrantes, de veinteañeros con cabello largo e identidades de genero cuestionables. Agarro la mano de Madison mientras ella empieza a alejarse de mí. la quiero cerca. No porque piense que la perderé. Porque encontré mi maldita ventana. La sorpresa brilla en su rostro mientras me mira por encima del hombro. Deslizo mis dedos por su brazo, antes de apoyar mi mano en su cadera. —Quédate cerca. No quiero perderte— Su mirada azul de mar escudriña mi rostro. —No me perderé— Aprieto la mandíbula y me digo a mí mismo que no debo besarla mientras ella inclina su cabeza hacia atrás para mirarme y me hace todo tipo de preguntas en el pesado silencio que hay entre nosotros. Dios, es hermosa. Aprieto la parte superior de su cadera, como para recordarle que se mueva. Ella se pone en movimiento a trompicones. Yo sigo. Mi mano firmemente en su cadera mientras ella nos guía a través de la multitud. Cuando mi mano se desliza fuera de ella, ella busca por detrás. Sus dedos fríos se entrelazan con los míos y yo observo la parte de atrás de su cabeza, estudiando sus brillantes mechones rubio oscuro, deseando que se dé la vuelta para poder darle el beso que cuelga de mis labios para ella. Pero ella no se da la vuelta. Cuando llegamos a la barra, le suelto la mano y ocupo el espacio a su lado. Ella no me mira, solo se pone a trabajar y establece contacto visual con el camarero. El baterista es lo único que puedo escuchar por encima del ruido de mi lujuria apenas reprimida. Tum, tum, tum. La voz del cantante es un gemido andrógino distante. Lo único que puedo ver es a Madison. El calor de su cadera contra mi mano prácticamente dejó marcas de quemaduras en ella. Llega la camarera y ella se inclina hacia adelante sobre la barra para gritar su pedido, ofreciéndome la tentadora curva de su trasero con esa falda tubo. La miro con deleite. Ya pasé el punto en el que podía hacer lo correcto. —Yo pago— le digo cuando se pone de pie de nuevo— deja la cuenta abierta— —Demasiado tarde— dice ella, pestañeando —Tengo la primera ronda— Una ronda, lo que significa que deja la puerta abierta para más. Un momento después, llega una jarra de cerveza con dos vasos de plástico. Ella lo recoge todo y me lanza una mirada significativa. —¿Puedo confiar en que no te perderás entre la multitud? — —Seguiré los tacones de gamuza azul— le prometo. Me ofrece una pequeña sonrisa y comienza a abrirme paso entre la multitud. Sigo los tacones tanto como su figura de reloj de arena. Mi pene está atrapado bajo la hebilla de mi cinturón y me siento aliviado cuando nos lleva a una mesa redonda con dos taburetes altos frente a la banda. Deja todo en el suelo y me quito el abrigo, colocándolo sobre el taburete antes de sentarme. —Bebe un vaso— ordena, quitándose la chaqueta de cuero, —Y luego quiero escuchar una confesión— —¿Una confesión? ¿De qué? — —De lo que tu elijas— sirve dos vasos de plástico llenos de orina de primera calidad. —Tú decides— Levanta su vaso para brindar y nuestras bebidas se tocan. Tiene un brillo travieso en los ojos que podría observar durante casi el resto de mi vida, y si estar con ella significa sentirme así con cierta regularidad, me casaría con ella en el acto. Eso resolvería mi problema con la fundación y me daría la ventaja adicional de pasar el resto de mi vida con una bomba ingeniosa y brillante. Los pensamientos sobre la próxima entrevista con la fundación hacen que mi pecho se apriete. Bebo un trago de cerveza y me concentro en la banda, que termina su canción con un toque de platillos. La multitud que nos rodea estalla en vítores. Cuando me da un codazo, sé que he tardado demasiado en responder a su pregunta. —Vamos, doctor Xander— —¿Qué es esto, ¿verdad o reto? — Una ceja se levanta. —Tal vez lo sea— —Entonces elijo un reto— Ella se burla. —Está bien. Te reto a que desabroches otro botón de tu camisa— Hago exactamente lo que me pide y su mirada se fija en la franja de pecho que acaba de quedar descubierto. Parece que a Madison le gusta lo que ve. Y. Dios, a mí me encanta mostrárselo. —Eso fue demasiado fácil— digo. —Y ahora me toca a mí, ¿verdad o reto? — Ella entrecierra los ojos. —Verdad— La miro a la cara mientras me esfuerzo por pensar en la mejor pregunta. Hay tantas cosas inapropiadas que quiero preguntarle. La primera en mi lista es: ¿vendrías a casa conmigo? Pero en vez de eso pregunto: —Alguna vez te has acostado con un cliente? — Sus mejillas se sonrojan. No sé si es culpa mía o pura vergüenza. —Nunca. Y nunca lo haré— Golpe sordo. Ese es el sonido de la puerta cerrándose de golpe entre nosotros. Excepto que estoy bastante seguro de que se cómo abrir la cerradura. —Nunca digas nunca— le digo mientras sirvo más cerveza en mi boca. —Si quiero seguir siendo relevante en esta industria, tiene que ser así, nunca. Ahora tu. ¿Verdad o reto? — —Verdad— Ladea la cabeza justo cuando la banda empieza a tocar una nueva canción: una interpretación gutural y rockera de “Back to Black” al estilo de Amy Whinehouse. De repente, el cantante principal lleva una peluca con forma de colmena. —¿De verdad quieres el puesto en la junta directiva? — Su pregunta es como una lanza bondadosa que se me clava en mi pecho. Mi mirada se posa en la cerveza color ámbar claro que tengo en la taza y la hago girar un par de veces. ¿Qué tengo que perder si le miento? Por una vez, me parece bien abrirme un poco. Afloja las cuerdas que atan mi corazón todo el día, todos los días. —No— Tomo otro trago de cerveza, la verdad brota más rápido de lo que puedo controlar. —Son un grupo prestigioso de putas con estatus. Pero haré historia si lo consigo. Y eso es lo que estoy buscando— Ella me mira por un momento, apoyando su barbilla en la palma de su mano. —¿Qué preferirías estar haciendo? — —No te saltes tu turno. Es mi turno— He dicho demasiado, así que tengo que avanzar rápidamente. —¿Verdad o reto? — Levanta las palmas de las manos. —Lo siento. Reto— —Baila conmigo— Su rostro se sonroja y sus ojos se abren como si no pudiera creer lo que escucha. —¿Qué dijiste? — —Vamos a bailar— Me levanto y le ofrezco la mano para que no se dé cuenta de mis intensiones. Hay parejas colgando unas de otras alrededor de la barra, incluido un pequeño grupo de personas justo en frente de la banda. No tenemos que ir muy lejos. Solo necesito tocarla, de cualquier manera, posible. “We only said goodbye with words. I died a hundred times” (Solo nos despedimos con palabras. Mori cien veces) canta el cantante. Ella frunce el ceño mientras deja el vaso y se desliza del taburete. Coloca su pequeña mano en la mía con vacilación y la atraigo hacia mi hasta que nuestros pechos se tocan. —No te preocupes, no voy a hacer ningún baile de salón— murmuro en su cabello, sobre su oreja. Su dulce aroma floral llena mis sentidos y, por un momento, todo mi cuerpo vibra y se calienta, esperando más. Empujo mi palma sobre la parte baja de mí, nuestros dedos se entrelazan mientras comenzamos un lento baile de ida y vuelta. —Definitivamente no te habría identificado como un bailarín de salón— —¿No te dijo River? Nuestra madre nos inscribió a todos los chicos en clases de baile cuando éramos más jóvenes— las curvas femeninas de su cuerpo presionado contra el mío hacen que la sangre me corra por la ingle. Empujo mi mano un poco más abajo, necesitando eliminar cualquier vestigio de espacio entre nosotros. Ella inclina la cabeza hacia atrás para mirarme. —¿Cuál era tu especialidad? — Sonrió. —Polka— Ella resopla. —¿En serio? — —Una año, cuando tenía diez años, participe en un concurso de polka. Ella y mi abuela Rose querían que participara— —¿Ganaste? — Sacudo la cabeza. —No. Quede en segundo lugar. Mi padre estaba enojado. El segundo lugar en la familia Parker solo significa primer perdedor. Y River no me dejó olvidarlo durante un año. —Así que ustedes dos nunca se han llevado bien— —Siempre nos las arreglamos, aunque no nos llevaremos bien, si es que eso tiene sentido. Competir seguirá siendo nuestra forma de unirnos— hago una pausa y más palabras surgen en mi interior. No debería admitir eso, pero me siento bien al decirlo. —Y es mejor que el resentimiento y el silencio, que es lo que tenemos ahora— —Puedes cambiar eso, ¿sabes? — Me estoy perdiendo en su linda mirada azul. Porque es demasiado fácil enamorarse de ella. Porque haría casi cualquier cosa que me pidiera en este momento. —Así que nunca respondiste a mi pregunta— dice de repente, y el calor de su aliento golpea mi barbilla. Nuestros labios estan tan cerca que podría inclinarme hacia adelante y conseguir que me bese. Mi corazón late fuerte, cada centímetro de mi cuerpo esta alerta y la desea. —¿Qué pregunta? — —¿Qué estarías haciendo ahora si pudieras? — Mi mirada se desvía hacia ella mientras la música va aumentando en intensidad en el bar. —Y volveré a…— —Abriría una clínica en Bahía Azul— digo bruscamente. Nunca había dicho estas palabras en voz alta, pero es un pensamiento que me ha venido a la mente más veces de lo que quisiera mencionar. —Quizás sea algo a tiempo parcial— Una sonrisa secreta tira de sus labios. —Aww. Extrañas tu casa— —Es una población marginada en Wisconsin— digo, pero cuando veo que ella entrecierra los ojos añado. —Y si, quizás extraño un poco Bahía Azul— —A veces el pent-house no es suficiente, ¿eh? — La música se detiene y los aplausos aumentan a nuestro alrededor. No tenía idea de cuánta razón tiene. Mi pent-house es una triste excusa para un hogar. Pero sin nadie con quien llenarlo, sin calidez, ni tradiciones, ni tiempo para follar, no hay muchas otras opciones. Disminuimos la velocidad de nuestros movimientos, pero no la suelto y ella no se aparta. Libero mis dedos de los suyos y la envuelvo con mi otro brazo, sin poder detenerme. Se le escapa un suspiro entrecortado y me agarra el dorso de los brazos. El pent-house no me basta. Del mismo modo que ya no me basta con no tener a Madison entre mis brazos. —Tengo sed— dice de repente, escapándose de mis brazos. El aire frío la reemplaza, dejándome con una sensación de vacío. Se desliza sobre el taburete y me envía una sonrisa de disculpa antes de echarse un poco de cerveza en la boca. Me aclaro la garganta, sentándome a su lado. No me equivoco en lo que siento entre nosotros. Lo veo en las miradas culpables. En la forma que juega con su collar. En su cuello sonrojado y en el número de veces que se pasa los dientes por el labio inferior. Ella quiere más, pero no se lo permite. Excepto que planeo mostrarle que no necesita nada más.
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