Jing llevó a Leela a su casa y la dirigió hacia un pasillo que estaba al bajar unas escaleras que había en una de las salas. Allá abajo, había muchas habitaciones con puertas de madera finísimas y el pasillo era lujoso como toda la mansión. Jing acorraló a Leela contra la pared y besó sus labios. Ella acariciaba su cabello mientras disfrutaba de aquel delicioso beso. Le encantaba tocar su larga y lacia cabellera negra, pues sentía que se relajaba cuando enredaba sus dedos entre sus sedosas hebras. Jing saboreaba sus labios como si de un dulce se tratara, nublando su razón con sus atrevidos jugueteos. El príncipe era muy apasionado y medio inquieto, cosa que a Leela enloquecía. Lo amaba y lo deseaba tanto, que estaba loca por casarse y dar riendas sueltas a su pasión. El besó su cuello con

