Capítulo XVII

3326 Palabras
–Esme, nadie debe saber de esto, ni Eric, ¿entendido? Debemos asegurarnos de tener más información antes de comunicarlo con los Cavendish o incluso los Reyes. Edmund miró con preocupación a su prima, ella lo miraba de la misma manera. Edmund compartió su sospecha acerca del príncipe, Esme llegó a la misma conclusión que su primo. –Esme- Se giraron para ver a Eric en la puerta. Eric vio el sobre de la carta y se acercó de inmediato, no le importo en absoluto lo que debía de hacer, o cómo se debe de comportar. Edmund intentó evitarlo, pero no lo logró. –¿Qué es esto? Necesito que me expliquen. –Eric, es algo entre Edmund y yo. –No les creo– Eric los miraba con confusión, sus ojos se llenaron de lágrimas. Él sabía que tenía algo que ver con Amanda, y no podría ser nada bueno debido a sus reacciones –. Díganme, por favor. Edmund y Esme compartieron una mirada, los dos sabían que no era conveniente decirle, sin embargo, al callar podrían causar el mismo daño, o peor. –Yo te diré– respondió Esme sintiendo un nudo en su garganta. A ella le partía el corazón ver el estado de Eric –. Edmund, tú busca a la princesa. Edmund asintió y partió, no sin antes darle una mirada a Eric, él asintió. Cuando Edmund salió en busca de la princesa, no esperó ver a los Chadburn entrando al castillo. Pasaron días desde aquella pequeña (y divertida) humillación del príncipe, desde entonces, no ha puesto un pie en el castillo, algo que tanto Alexandra como Edmund agradecen. Al entrar al pasillo de la pieza de la princesa, Edmund fue detenido, no le permitieron acercarse por órdenes de los Reyes. Los padres de Alexandra sabían que ella estaba en un estado vulnerable y no querían que situaciones del exterior le perjudicaran aún más, querían que viviera su duelo como debe hacerlo. Tanto el Rey como la Reina no sabían qué hacer, si enviar a su hija lejos, de nuevo, o mantenerla en el castillo pero que nadie entrara a su mente, sólo ella, aún así, no era lo más conveniente. Los abuelos Cavendish sabían que una tarde de té y baile podían hacer un poco de mejoría al estado de su nieta, por ello, hablaron con su hija y su yerno, los cuatro llegaron al acuerdo de hacer lo posible para que Alexandra mejore. Sin embargo, los Chadburn tenían otros planes, como lo eran ir y conversar tranquilamente con sus reyes acerca del matrimonio de sus hijos y posible reinado juntos. Alexandra no estaba en su pieza aunque todos pensaban que lo estaba, ella se escabulló, llegó a una de tantas habitaciones cerradas y olvidadas del castillo, lloró hasta el cansancio y durmió, cuando despertaba volvía al llanto. Ella sólo quería despertar de aquella pesadilla llamada realidad. Tenía muchos pensamientos en su cabeza, el dolor de su pérdida, y la incertidumbre de sus pensamientos y sentimientos hacia… exactamente, esa era la duda, no tenía en control sus sentimientos, no tenía claro nada, era como si no pudiera confiar en ella misma. –No la encontré por ningún lugar. –¿Qué hay de su alcoba? –No me dejaron pasar– Edmund pasó sus manos por su cabello con frustración. Bajaron hasta encontrar un lugar donde no había guardias, no había nada, con suerte habría un fantasma, eso no les asustaba. –¿Qué mencionó Eric acerca del príncipe? Alexandra escuchó perfectamente la pregunta de Edmund del otro lado de la puerta. Ella salió de inmediato sin poder creerlo, sus ojos rojos al igual que sus mejillas y nariz indican las horas que pasó sollozando. Esmeralda y Edmund se sorprendieron al verla salir de aquella diminuta habitación, se miraron entre ellos, con la esperanza de que la princesa no los hubiera escuchado. –¿Mencionó al príncipe Chadburn? Ninguno de los primos contestó. Eric llegó al mismo lugar que ellos, se sorprendió al ver a la princesa. –Princesa, usted no debería estar aquí. –Eric, ¿por qué sospechan del príncipe? Él no hizo nada. Eric miró a los primos sin saber qué decir, no sabía si era prudente, y por la manera en que la princesa lo cuestionó, supone que no le agradó. –Princesa, es un tema delicado, no es conveniente que lo conversemos ahora. –Me lo dirán, ahora– ordenó sintiendo su pecho calentarse. –Yo tengo la sospecha de que el príncipe Chadburn hizo algo, porque- –¿Me está diciendo que Noah envenenó a Amanda? ¿Es lo que está diciendo?– Alexandra mira a Edmund con enojo –. ¿Está escuchando lo que dice? Es una total barbaridad, está equivocado, no conoce al príncipe. –Escúcheme, princesa– Edmund dio un paso hacia ella, todos se sorprendieron por su atrevimiento –. Cuando dieron la noticia del fallecimiento, lo vi vomitar en una maceta, algo de lo que no puedo juzgar, pero Esme vio cómo su padre le gritó y lo regañó el día del funeral. –¿Esa es su sospecha? ¿Un padre enojado y una reacción ante un momento traumático? ¿Es esa su gran conspiración? Alexandra no podía contener las lágrimas, sentía que su pecho ardía y en cualquier momento se desvanecerá. –Princesa– Esmeralda quiso intervenir pero Alexandra la miró sin gracia, tenía dolor en su mirada. –Ninguno intente acercarse a mí, yo descubriré quién le hizo daño a mi Amanda. Salió corriendo de aquel estrecho pasillo entre lágrimas. A Edmund se le rompió el corazón al verla salir, no sabía qué hacer, estaba tan confundido que se enojaba con facilidad. Mientras tanto, los Chadburn tuvieron una interesante conversación con los Reyes, se decidió que le darían un par de semanas a la princesa para decidir su futuro, si llegaría al trono comprometida o si lo haría sin ningún anillo en su mano. Los Reyes no estaban seguros de querer que su preciada hija cargara con la responsabilidad de reinar y ser una esposa, su responsabilidad fue cuidarla para llevar el trono con honor, no para desposar. Los primos y Eric siguieron en su búsqueda de información, se mantenían lejos de todos, no querían ser vistos, llamar la atención de las personas que pasaban por esos grandes e infinitos pasillos. Estuvieron reuniendo información valiosa, debían asegurarse de tener más antes de presentarse ante el Rey. Noah se cansó de esperar, él sabía que todo su futuro estaba en las manos de la princesa, no podía desperdiciar su tiempo en pensar, en arrepentirse, debía actuar, por ello, una noche decidió subir al balcón de la princesa. Alexandra se despertó por pequeños golpes provenientes de su balcón, se levantó y ahogó un grito al ver a Noah colgando en el balcón, esperando un poco de ayuda de su parte, como pudo, lo levantó y entraron a su pieza. –¿Qué hace aquí? Es totalmente imprudente que usted esté- Se calló cuando Noah se arrodilló y la rodeó con sus brazos. Todas las reglas escritas quedaron anuladas en ese momento, no sabía cómo reaccionar, qué decirle, estaba ahí parada con el príncipe escondido entre sus ropas. –Princesa mía, usted es todo lo que he deseado, no puedo dormir, no puedo comer, no puedo ni abrir ni cerrar mis ojos sin que su rostro aparezca en mi mente– fingió un sollozo –, permítame ser parte de su vida como el hombre que la ama febrilmente. Yo siempre la amaré, su presencia es lo único que me mantiene con vida, acabe con mi agonía, princesa mía. Alexandra lo miraba con incredulidad, estaba es un estado de choque, no sabía qué decir, aquellas palabras eran todo lo que alguna vez quiso escuchar, pero por alguna razón, se sentía confundida, no tenía la emoción que imaginó en algún momento. –Póngase de pie. Noah se levantó derramando lágrimas de desesperación, las cuales pasaban desapercibidas por lágrimas de amor. Alexandra lo miró con asombro, nunca imaginó tener frente a ella al hombre más deseado de Aureum llorando por su amor. –Príncipe Noah, no he estado en mi mejor estado, le pido que- –Princesa– murmuró entre lágrimas mientras tomaba sus manos –, quiero estar con usted, quiero que usted sepa que mi amor por usted puede hacer maravillas, yo quiero permanecer a su lado cuando esté en su mejor estado y cuando no, lo que quiero es mi vida a su lado. Respeto su decisión de esperar, pero quiero que sepa que no piense que me asustará convivir con usted, pues, es todo lo que deseo. Alexandra sonrió débilmente. Vio emoción, amor, romance; pero no sintió nada de eso. Ciertamente, el único deseo de Noah era que ella aceptara, lo que ella no sabe es la intención de su deseo, no era amor, tal vez era romance, pues, Noah siempre pensó en ella como una joven atractiva y no dudaba en querer permanecer a su lado, sin embargo, no la amaba. –Príncipe, dígame si está dispuesto a mantener mi respuesta en silencio, en espera para anunciar a la corte. Los ojos de Noah se iluminaron, él asintió con su cabeza. –Sus deseos son lo único que quiero cumplir, mi princesa. Alexandra sonrió mientras Noah besaba sus manos. Era una sensación agridulce, ninguno de los dos estaba completamente seguro de lo que estaban diciendo, de lo que estaban pidiendo. –Mi amada princesa– Noah se arrodilló en una rodilla tomando las manos de Alexandra –. ¿Me haría el honor de desposarla? Alexandra abrió sus ojos con sorpresa al ver el anillo de compromiso que Noah sacó de su bolsillo. Un precioso diamante azul frente a sus ojos. Era el tesoro familiar, la piedra de Caeruleum, el diamante que tiene más años que el mismo reino, una hermosa piedra azul engarzada en un anillo de plata pura, la más fina de todo el reino. –No tengo palabras, príncipe. No puedo aceptar el anillo. –Mi madre lo ha retirado de su mano porque ahora le pertenece, princesa. La presión de aquella petición era demasiada, Alexandra no podía mantener su cabeza ligera, pareciera que todo dentro de ella era una contradicción. ¿Qué era lo que quería? Simplemente regresar a ser la misma persona, regresar el tiempo atrás donde no le preocupaba nada, donde ciertamente ignoraba muchas situaciones, pero no se sentía tan agobiada como en ese momento. El príncipe arrodillado frente a ella, con sudor en su frente, esperando ansiosamente una respuesta afirmativa, los dos querían que sus pesadillas terminaran. Eran dos jóvenes inexpertos y llenos de ideas que no eran suyas, aquel era un factor demasiado importante ante la neblina que había en sus mentes. –Acepto– murmuró con lágrimas en sus ojos. Noah, al igual que ella, tenía lágrimas en sus ojos, no podía creerlo, lo logró, salvó a su familia, se salvó a sí mismo de la humillación de su padre, aún mejor, su padre estará orgulloso de él. Con cuidado colocó el anillo en el dedo anular de la princesa. Besó su mano y se levantó, se miraron, los dos sin poder creerlo, los dos con diferentes pensamientos en su cabeza. Él vio su realidad frente a él, su vida sería ella, gobernar junto a ella, no lo veía mal, sin embargo, deseó por un segundo ser él quien decidiera su futuro, a quién amar. Ella, por el contrario, sí sabía a quién amaba pero no quería admitirlo, se sorprendió al ver que en el momento en que el anillo fue puesto en su dedo, el rostro de Edmund apareció. Sus pensamientos no tenían sentido, su vida no tenía sentido en ese momento, pensó que al aceptar el matrimonio, volvería a sentirse como lo hizo antes del verano, pero eso no pasó. Sospechó que al volver a ver aquellos ojos azules, su sentimiento regresaría a las primeras mañanas del año, donde su único pensamiento era el matrimonio, pero nada de eso pasó. –Alexandra, no puedes hacerlo. –¿Por qué no? Ustedes se casaron cuando tenían mi edad, yo deseo hacer lo mismo. –Hija, todo es reciente, tu cumpleaños es en un par de semanas, tu coronación es después, han pasado solo semanas desde el fallecimiento de Amanda, no queremos que te abrumes. El enojo dentro de Alexandra sólo se hacía más grande. –Ustedes querían que creciera, que fuera una buena gobernante, lo seré, estoy haciendo mis decisiones. ¿Cómo quieren que reine si no me dejan escoger al hombre con quien pasaré el resto de mi vida? –Esa es la cuestión, hija mía– la reina tomó asiento a lado de ella y tomó de su mano –, no creemos que sea un buen momento para que tomes esta decisión que es para toda tu vida, queremos que te adaptes a tus nuevas responsabilidades, una vez allí, lo decidirás. –Queremos a los Chadburn, pero creo que no es una buena opción. –Dominic– lo reprendió su esposa. –Oh– musitó Alexandra encajando todas las piezas del rompecabezas –. No es realmente lo que creen, el tiempo es sólo una excusa, no quieren que me case con él. Los reyes hicieron evidente la respuesta con sus reacciones. –De acuerdo– musitó después de segundos de silencio –, acataré sus órdenes. Buenas noches, Su Majestad. Alexandra salió con un nudo en su garganta, sintiendo la sangre en su boca por haber mordido su lengua. Ella sabe que su coronación será en menos tiempo de lo que quisiera, entonces podrá hacer válidas sus decisiones, ¿por qué están en contra de su casamiento? ¿Es por su juventud? ¿O es por el príncipe? Nada tenía sentido, ni siquiera su propio pensamiento de querer casarse con Noah, eso era lo que le confunde, lo que le hace hacer cosas sin pensarlas, porque cuando las piensa, no tienen sentido. “¿Por qué siento que alguien más ha decidido por mí?”, pensó antes de fundirse en su pieza esperando conciliar el sueño. Sin más, se levantó y buscó aquel dibujo extraño, donde está la flor azul y gris, al encontrarlo y llevarlo a su escritorio notó el significante cambio de color, era gris, por donde se pudiera ver, en cualquier ángulo, tanto la flor como el dibujo. No lo entendía. ¿Qué significa? ¿Acaso la luz de la luna hace que la flor se vea gris? ¿Es por eso que durante aquel día soleado vio la flor de un color azul? ¿O sólo está imaginando? Caminó hacia su balcón, miró el cielo, las miles de estrellas viéndola, mirando cómo su vida había cambiado en cuestión de días, pero había un par de ojos observándola, ella bajó la mirada para observar a Edmund en el jardín, mirando en su dirección. “¿Qué hace ahí?” se preguntó sin saber por qué estaba molesta. La idea de su casamiento fue la primera en aparecer, sólo ella, Noah y Dios eran testigos de la palabra que dio, eso le revolvió el estómago. No podía mirar a Edmund con el conocimiento de que está comprometida, por ello, Alexandra no comprendía por qué iba bajando los escalones con rapidez para encontrarse con Edmund durante aquella noche. –Princesa. –Joven Dubois, no debería estar aquí, debe estar en su pieza. –Por ello usted vino hasta aquí a decírmelo, agradezco su preocupación. Los ojos de Alexandra se oscurecieron, estaba molesta, no sabía de dónde provenía, pero sólo quería gritarle a Edmund. Por el contrario, Edmund sólo quería tomarla en sus brazos hasta que los dos cayeran en un sueño profundo, él no ha dormido en días, y puede suponer que le sucede lo mismo a la princesa. –Princesa, ¿usted qué hace aquí?– dio un paso al frente. Alexandra de manera nada disimulada giró su cabeza para ver alrededor suyo, no había ni un alma rondando por allí, sólo la luz de la luna y Edmund frente a ella. –No he podido dormir y me ha dado curiosidad saber qué hace usted aquí, y por qué ha puesto a todos en contra mía. –Nadie está en contra suya, princesa. Pero, no pienso negar el hecho de que en este momento no me agrada. Alexandra abrió su boca con sorpresa. Ni porque en cuestión de semanas ella sería coronada Reina, Edmund mostraba respeto, un mínimo respeto por su título. –¿Qué sigue haciendo aquí? Edmund frunció el ceño ante la extraña pregunta. Alexandra retiró un mechón de su cabello que se entrometió en su vista, ella no notó que lo hizo con la mano que lleva el anillo de su nuevo compromiso; pero él sí lo notó. –¿Usted lo hizo?– la voz de Edmund se quebró al hacer consciente aquel pensamiento que lo abrumaba por las noches, y en ese momento, vio el anillo de un azul particular en el dedo anular de la princesa. Alexandra siguió la mirada perdida de Edmund y observó el anillo, olvidó retirarlo antes de irse, ahora todo está arruinado, no por su plan de casamiento, eso era lo que menos le importaba, de alguna manera, recordó que el anillo al colocarse en su dedo lo único que vio fue al joven frente a ella. “¿Qué estoy haciendo?” se reclamó con su mirada perdida en su mano. –Veo que ha escogido, dígame, ¿se rio de mí cuando me confesé con usted? Alexandra sube su mirada sin poder articular alguna palabra. Edmund retenía con fuerza las lágrimas en sus ojos, su corazón se acelera, retira su mirada y de manera brusca retira las lágrimas que salieron de sus ojos. –Yo… –Quise hacer a un lado mis vagos pensamientos acerca de la monarquía, que era esa la razón por la que usted se detuvo, por lo que pensaba acerca de mí, acepté que era demasiado lo que puse sobre sus hombros, lo entendí– Edmund bajó el tono de su voz al mismo tiempo que su corazón subía el ritmo de sus latidos. –No, me rehúso a escuchar cómo piensa que yo tomo mis decisiones. Edmund rodó con molestia sus ojos. –¿Cree que las sospechas sobre el príncipe eran por mis propios intereses? Alexandra no supo de qué manera responder ante la mirada herida de Edmund. –Usted no conoce al príncipe, ha sido una aberración sospechar de él. –Es claro que no tengo la dicha de conocerlo de la misma manera que usted, será posible que no le interese porque no sea el futuro heredero al trono, ¿no lo cree? Alexandra frunció su ceño sin saber de qué contexto ha comentado. –Lo que le diré es un pensamiento sólo mío– dio un paso hacia la princesa sintiendo cómo su pecho ardía más por cada segundo que pasaba –. El príncipe no la ama, ama la idea de reinar con usted, ama la idea de ser Rey, no ama a Alexandra. Alexandra levantó su mano y golpeó con fuerza la mejilla de Edmund. Ella se tapó la boca con su mano, está sorprendida de lo que hizo, está llena de enojo y de miedo. Él, se giró lentamente tocando la comisura de su labio con un poco de sangre, está sonriendo, su corazón está en su bolsillo hecho pedazos, lo único que le quedaba era sonreír ante la derrota. Sentía el sabor amargo de un amor no correspondido, el cual extrañamente era parecido al de la sangre en su boca. Miró a Alexandra, ella con susto en su mirada, con confusión, con enojo; él sólo la miró para recordar las facciones de aquella bella mujer que alguna vez imaginó en besar, pero ahora era una fantasía estúpida. –Buenas noches, princesa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR