Capitulo 6

1210 Palabras
El reloj del salón marcaba las tres y media de la madrugada cuando Amélie despertó sobresaltada. Primero creyó que era su imaginación, un sueño demasiado vívido para ser real, pero entonces lo escuchó: un sonido estridente y rítmico, acompañado de un aroma que le hizo arrugar la nariz y al mismo tiempo le recordó una escena típica de película italiana. —¿Qué demonios…? —murmuró, sentándose de golpe en la cama, con las sábanas enredadas en torno a su cuerpo. Era un ruido constante, una mezcla de golpes metálicos, salpicaduras líquidas y el ruido de cucharas chocando contra ollas. Y, por supuesto, risas y tarareos. Sí, tarareos. La voz inconfundible de Lucas, alegre y despreocupada, resonaba como un coro desafinado que no dejaba dormir ni al gato más paciente del mundo. —Monsieur Croissant… —susurró Amélie, abrazando a su gato con fuerza—, esto no puede estar pasando. El aroma de aceite caliente, ajo y algo que olía a… ¿Salsa de tomate?, invadía el pequeño apartamento. Amélie se levantó, caminando descalza sobre el frío suelo de madera, y se acercó al balcón. Podía ver, a través de la ventana que los separaba, la silueta de Lucas encorvado sobre la encimera de su cocina, moviendo cucharas con una precisión caótica y tarareando la misma canción italiana de siempre. —¡No puede ser! —resopló, llevándose las manos a la cara. Al principio intentó ignorarlo, convencida de que mañana todo sería un recuerdo molesto y que ella podría culpar a su imaginación. Pero cuando los golpes se intensificaron y el olor a comida quemada empezó a filtrarse por las rendijas de la pared, Amélie perdió la paciencia. Con los pies aún fríos, se dirigió a la pared compartida y golpeó con fuerza, usando el puño envuelto en un cojín para amortiguar el impacto: —¡Señor Romano! —gritó, tratando de sonar firme y autoritaria, aunque con un hilo de irritación—. ¡Es la madrugada! ¡Basta ya! El silencio no duró más de cinco segundos. Luego, un “¡Maledetta!” distante, seguido de un golpe cómico contra una olla, le hizo rodar los ojos. Amélie no estaba segura si debía enojarse más o reír ante la situación. Decidida a acabar con la locura, volvió a golpear, más fuerte esta vez. Pero entonces sucedió lo inesperado: un crujido profundo, casi teatral, recorrió la pared, como si la estructura misma se quejara de su ira. Polvo y pequeñas grietas se formaron en la superficie blanca. —¡Oh, mon dieu…! —Amélie retrocedió, horrorizada, mientras Croissant saltaba asustado, escondiéndose bajo la cama. Unos segundos más tarde, la voz de Lucas llegó con un tono entre disculpa y diversión: —¡Amélie! ¡Creo que rompiste el muro! —¡Claro que lo rompí! —exclamó ella, con las manos en la cabeza—. ¡¿Quién cocina a estas horas?! —Bueno… —la voz se suavizó, y casi pudo sentir la sonrisa traviesa que siempre lo acompañaba—, estaba experimentando con una nueva receta. Prometo que no volverá a pasar… esta noche. Amélie rodó los ojos, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se asomara en sus labios. La mezcla de frustración y diversión era confusa, casi dolorosamente encantadora. Amélie se dejó caer sobre la cama, todavía con el puño temblando un poco del golpe que había dado a la pared. Croissant se acurrucó sobre su pecho, ronroneando como si intentara transmitirle que todo estaba bajo control, aunque el mundo fuera un desastre de sartenes y risas lejanas. —Tranquilo… —susurró ella, acariciando su lomo—. Solo un rato más, ¿sí? Se acurrucó entre las sábanas, intentando concentrarse en su respiración, inhalando el aroma familiar de la almohada, el colchón y la tela de lino recién lavada. Su cabeza, sin embargo, no dejaba de girar. La imagen de Lucas inclinado sobre la encimera, manos cubiertas de harina, cabello despeinado y tarareando aquella melodía italiana, se repetía una y otra vez. Incluso sus risas, contenidas y brillantes, parecían resonar todavía entre las paredes de su apartamento. Amélie cerró los ojos con fuerza, tratando de expulsarlas de su mente, pero era inútil. Cada intento solo parecía hacer que la imagen se fijara más. —Maledetto… —murmuró entre dientes, esta vez con un tono menos irritado, casi divertido—. ¿Por qué es tan… imposible? Croissant la miró con un ojo abierto, como si la entendiera perfectamente. Amélie suspiró y se dejó abrazar por la manta, aceptando que, al menos por un instante, no había manera de huir de la sensación extraña que Lucas había empezado a provocar en ella. Pasaron minutos, y luego horas, y la quietud nocturna finalmente comenzó a envolverla. La respiración profunda reemplazó a los pensamientos acelerados, y la mente de Amélie, cansada, empezó a ceder. El sonido de su propio corazón se convirtió en un ritmo calmante, y el ronroneo de Croissant, en un metrónomo silencioso que la arrullaba. En algún momento, sus párpados se hicieron pesados, y la sonrisa pequeña que había aparecido al recordar la voz de Lucas permaneció como un recuerdo tibio en sus labios. Amélie se permitió, por fin, relajarse. Su cuerpo, antes tenso y rígido, se hundió en el colchón con un alivio que no había sentido en días. Se despertó con la luz pálida del amanecer filtrándose por la ventana, los ojos aún pesados, pero con una sensación extraña: paz mezclada con anticipación. Su pecho todavía latía con fuerza, pero no por irritación, sino por una emoción que no estaba lista para nombrar. —Bien… —susurró, sentándose lentamente, dejando que los rayos de sol tocaran su piel—… un par de horas de tranquilidad. Eso es todo lo que necesito. Croissant saltó a sus pies, estirando las patas y moviendo la cola como un banderín. Amélie sonrió, y por un instante, permitió que esa pequeña tregua la llenara de esperanza. Quizá Lucas había aprendido la lección… o quizá solo era una pausa temporal en la guerra silenciosa que llevaban desde el primer encuentro. Mientras se preparaba un desayuno ligero, notó que su mente ya planeaba estrategias para los próximos días. Cómo lidiar con Lucas sin perder la calma, cómo mantener la compostura cuando lo viera en el ascensor, cómo no reírse frente a sus ocurrencias mientras caminaban por el pasillo. Pero, sobre todo, cómo mantener esa pequeña parte de ella que, sin darse cuenta, empezaba a disfrutar de sus locuras. La cafetera silbó suavemente, y el aroma del café recién hecho se mezcló con la brisa de la mañana. Amélie se permitió cerrar los ojos un segundo, respirando profundo, disfrutando de aquel momento de paz que había ganado tras una madrugada caótica. —Solo un par de horas… —murmuró, mientras se sentaba junto a la ventana con la taza caliente entre las manos—. Luego vendrá otra aventura con Lucas… pero por ahora… silencio. El gato, acurrucado sobre su regazo, parecía asentir. La casa estaba en calma, y por primera vez, Amélie pudo sentir que, aunque el mundo alrededor estuviera lleno de caos, había pequeños momentos que le pertenecían solo a ella. Momentos que, curiosamente, incluían pensamientos sobre Lucas, pero esta vez, sin enojo.
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