Capitulo 7

1041 Palabras
A la mañana siguiente, el incidente ya había generado un pequeño revuelo en el edificio. Los vecinos se reunieron en el vestíbulo, un grupo heterogéneo de personas mayores, parejas jóvenes con niños y algún que otro solitario curioso que parecía disfrutar del drama ajeno. Don Ernesto, el presidente no oficial de la comunidad, estaba en el centro, gesticulando con la energía de un general harto de batallas perdidas. —¡Esto es inadmisible! —proclamó, apuntando con un dedo al apartamento de Lucas—. ¡A horas de la madrugada, golpeando ollas y haciendo ruidos insoportables! ¿Qué clase de vecino es este? Los murmullos de aprobación se extendieron por el grupo, y Amélie sintió que la tensión en el aire subía como un termómetro al sol. Ella, parada a un costado, con los brazos cruzados, trataba de mantener la compostura, aunque el corazón le latía con fuerza. —Don Ernesto… —dijo, con un tono más suave de lo que esperaba—. Creo que, tal vez, la situación no es… tan grave. Todos voltearon a mirarla con sorpresa. Amélie tragó saliva. No podía creer que acababa de tomar partido, aunque fuera en su defensa interna de Lucas, sin pensarlo demasiado. —¿Qué? —replicó Don Ernesto, frunciendo el ceño—. ¡¿Cómo que no es grave?! ¡Alguien está destruyendo nuestras paredes y torturando nuestros oídos a medianoche! —Sí, pero… él es… bueno, es creativo —Amélie continuó, luchando por no sonrojarse—. Tal vez solo estaba probando recetas. No creo que haya sido intencional. Los vecinos murmuraron entre sí. Algunos asintieron, otros parecían estar más confundidos que convencidos. Don Ernesto suspiró y se frotó la frente. —Créeme, joven, yo también valoro la creatividad —dijo con un dejo de exasperación—. Pero hay límites. ¡Si rompe otra pared, tendremos que actuar! Amélie tragó con dificultad, consciente de que acababa de lanzarse a un terreno peligroso: defender al hombre que estaba arruinando su noche de sueño y resquebrajando su paciencia con cada sonrisa y cada ruido. —Está bien… —murmuró—. Pero no creo que sea… tan problemático. Solo… accidental. Don Ernesto bufó, pero no insistió más. Amélie pudo notar la mirada de algunos vecinos dirigirse hacia ella con mezcla de curiosidad y desconfianza. No importaba, pensó. Lucas había logrado algo que ella no esperaba: provocar en ella una defensa automática, un impulso protector, incluso cuando la lógica decía que él había cometido un acto de locura culinaria. Amélie volvió a su apartamento con los hombros tensos y la cabeza llena de pensamientos contradictorios. La cocina estaba silenciosa, pero eso no la tranquilizó. Cada ruido leve parecía amplificarse, cada sombra en la pared se transformaba en una amenaza imaginaria. Croissant, como siempre, estaba en el mismo lugar, sobre la mesa del comedor, observando con ojos verdes penetrantes, casi juzgando. —Bueno, mi pequeño juez —dijo Amélie, acariciando al gato—, parece que sobrevivimos al día sin que Lucas nos matara de un infarto a ninguno de los dos. Se sirvió una taza de té, intentando calmar los nervios, pero la mente no dejaba de recorrer las imágenes de Lucas, el caos que parecía encantarlo y, a la vez, encender una chispa extraña en ella. —¿Qué me está pasando? —susurró, mientras Croissant maullaba suavemente, como si también le preguntara lo mismo. Y allí estaba, la contradicción en su pecho: irritación mezclada con diversión, enojo con curiosidad, y, sobre todo, la sensación inquietante de que algo, en Lucas, era imposible de ignorar. Los días siguientes se convirtieron en una especie de batalla silenciosa. Amélie vigilaba los horarios, esperando que Lucas descansara, pero siempre había un indicio de que no era así: un aroma de pan recién horneado que se filtraba por la pared, risas lejanas, o el repiqueteo de cucharas metálicas que la mantenía alerta. Cada vez que golpeaba la pared para reclamar, la grieta sutil que se había formado en la madrugada se hacía un poco más evidente. Y cada vez que escuchaba la voz de Lucas disculpándose o tarareando alguna canción italiana, su resistencia disminuía un poco, como un hilo fino que se estiraba demasiado. Marina, desde su oficina, no dejaba de lanzar comentarios astutos: —¿Parece que alguien disfruta demasiado de la cocina nocturna, eh? —decía, levantando una ceja mientras Amélie intentaba concentrarse en su trabajo. Amélie suspiraba, sin saber si quería darle la razón o ignorarla. La verdad era que, aunque intentaba mantener la compostura, el corazón siempre se aceleraba un poco cuando Lucas aparecía, incluso de manera indirecta. Por la tarde, el olor a pizza recién horneada flotaba por el pasillo cuando Amélie regresaba de su trabajo. Instintivamente se detuvo frente a la puerta de Lucas, escuchando el repiqueteo de utensilios y risas bajas. No sabía si debía irse, llamar a seguridad, o simplemente entrar y… ¿Qué? ¿Participar en la locura culinaria? Respiró hondo, apoyando la frente contra la puerta por un instante. La pared resquebrajada crujió bajo su peso, recordándole la madrugada fatídica. —Maledetto Lucas… —murmuró, sin fuerza, más para sí misma que para alguien más. Y, mientras se alejaba hacia su propio apartamento, no pudo evitar sonreír ante la idea de que, de algún modo, Lucas Romano ya había invadido su rutina, su espacio, y su cabeza. Sin pedir permiso, sin anunciarse, había hecho grietas en más de una pared: literal, emocional… y muy probablemente en su paciencia también. Croissant, que la seguía de cerca, saltó sobre su hombro y ronroneó, como aprobando la confesión silenciosa de su humana: resistirse a Lucas Romano se estaba volviendo mucho más difícil que cualquier receta de medianoche. Y mientras Amélie se acomodaba en el sofá, pensando en la reunión de vecinos y en cómo había defendido al caos mismo, comprendió algo más profundo: que la verdadera batalla no era contra Lucas, sino contra ella misma. Contra esa resistencia que se debilitaba con cada sonrisa torcida, cada aroma tentador y cada pequeña locura que él parecía crear a propósito… o no. La grieta en su armadura estaba creciendo, lenta pero inevitable, y Amélie Dubois, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer repararla.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR