35 Nora En cuanto oigo ese sonido desconocido, se me disparan los niveles de adrenalina. No sabía que alguien podía sentirse así, anestesiado e intensamente vivo al mismo tiempo. Tengo el corazón a mil y se me eriza la piel del miedo. Sin embargo, el pánico que me paralizaba antes ha desaparecido; se ha ido en algún momento entre la segunda y la tercera explosión. Al parecer una se puede acostumbrar a todo, incluso a los coches que explotan por los aires. Agarrando el arma que me dio Julian, me sujeto con la mano que me queda libre al asiento, incapaz de apartar la vista de la batalla que se libra fuera del coche. La carretera que dejamos atrás parece sacada de una zona de guerra, con coches destrozados y en llamas que se amontonan en un estrecho tramo de la autopista. Como si estuvié

