La noche fue tormentosa para Ezra, quien no paraba de pensar cuáles serían sus próximos pasos. La frustración que sentía era imposible de parar, la incomodidad y aquella llama ardiente que se posaba en su corazón sería imposible de apagar, aquel calor abrasador quemó toda la sensibilidad en el corazón de la concubina, convirtiéndolo en dura piedra. Ezra soltó un grito, pero este se extinguió en la oscuridad de sus sueños. —Didi —llamó al eunuco. —¿Qué pasa, mi señora? —Siento que he perdido el rumbo — —Mi señora, no debe pensar tal cosa. Solo se siente traicionada. —Dime, ¿Cómo me saco este dolor del corazón? —Ahora no importa ese dolor, mi señora. Lo que necesita es consolidar su poder con un hijo varón. Ezra soltó una carcajada sonora —¿Hijo? Un embarazo no me dará la segurida

